domingo, 26 de febrero de 2017

Principio 25: Los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación.

PRINCIPIO 25

Los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación. La Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo.


Este Principio hace referencia, por primera vez en el Curso, al término Expiación y nos lo presenta como la meta hacia la que nos conduce nuestros actos de perdón. Como bien determina más adelante el Curso con relación a la Expiación, es la lección final.

Antes de adentrarnos en su desarrollo, creo necesario hacer un inciso para analizar una cuestión que, en la fase inicial del estudio, preocupa a los estudiantes, especialmente a aquellos que han adquirido una educación religiosa.

Expiación es la acción y efecto de expiar. Este verbo hace referencia a purificarse de las culpas mediante algún sacrificio, a cumplir con una pena impuesta por las autoridades o a padecer ciertos trabajos a causa de malas acciones.
En el ámbito de la religión, la expiación es una forma de satisfacción de un pecado, a través de la cual el sujeto queda absuelto de la culpa al cargar con su pena. El pecado es tomado como un obstáculo entre el hombre y Dios, y la expiación es aquello que permite eliminar dicha obstáculo para volver a clarificar la relación.
La teología explica que la expiación demuestra que Dios es benevolente (ofrece un camino al pecador) y justo (demanda un castigo por el pecado). Quien se somete a la expiación, limpia su pecado, accede al perdón de la culpa y se libera del castigo.
Dentro del ámbito religioso, tenemos que subrayar que también existe lo que se conoce como la expiación de Jesucristo. Se trata de un término que se utiliza para dejar patente el sacrificio que llevó a cabo esta figura con el claro objetivo de poder salvar a la humanidad de los pecados. En concreto, lo que hizo fue sufrir en su piel no sólo la tortura de una crucifixión sino también su propia muerte.

La anterior definición del término expiación, nos dibuja el perfil del ego, el cual trata de desvanecer la culpabilidad otorgándole primero realidad, y luego expiando por ella.

Otro error que recoge la definición aceptada por el ego de la expiación y que se encuentra inscrito en el inconsciente colectivo de la humanidad, es que la crucifixión estableció la Expiación. Un Curso de Milagros nos enseña que fue la resurrección la que lo hizo. Dejaremos este maravilloso tema para otra ocasión. Ahora expondremos las ideas que nos ofrece el Curso sobre la Expiación, ya que como tendremos ocasión de comprobar, se convierte en la piedra angular de las lecciones que debemos aprender.

La Expiación no existiría si no hubiese necesidad de ella. Si como hemos adelantado, la Expiación es la lección final, la consecuencia de haber sido capaces de perdonar todos nuestros errores, debemos decir, igualmente, que dicha labor no puede ser completada por nosotros mismos. No desaparecerán de nuestra mente sin la Expiación, remedio éste que no es obra nuestra.

El Curso nos indica, que el milagro se une a la Expiación al poner a la mente al servicio del Espíritu Santo. De este modo, se establece la verdadera función de la mente y se corrigen sus errores, que son simplemente una falta de amor.

La falta de amor, da lugar al miedo y todo miedo se reduce, en última instancia, a la básica percep­ción errónea de que tenemos la capacidad de usurpar el poder de Dios. Por supuesto, no podemos hacer eso, ni jamás pudimos ha­berlo hecho. En esto se basa el que podamos escaparnos del miedo. Nos liberamos cuando aceptamos la Expiación, lo cual nos permite darnos cuenta de que en realidad nuestros errores nunca ocurrieron.

Nuestra identificación con el miedo, con el temor a Dios, nos lleva a proyectar un mundo fuera de nosotros al cual culpar y atacar al recordarnos que hemos desobedecido a nuestro Padre. Ese ataque, en realidad,  es un mecanismo de defensa fabricado por el ego, para no ser consciente de su propia culpa, de su creencia en el pecado.

“La Expiación es la única defensa que no puede usarse destruc­tivamente porque no es un recurso que hayamos inven­tado. El principio de la Expiación estaba en vigor mucho antes de que ésta comenzara. El principio era el amor y la Expiación fue un acto de amor. Antes de la separación los actos eran innecesa­rios porque no existía la creencia en el tiempo ni en el espacio. Fue sólo después de la separación cuando se planearon la Expia­ción y las condiciones necesarias para su cumplimiento. Se nece­sitó entonces una defensa tan espléndida que fuese imposible usarla indebidamente, aunque fuese posible rechazarla. Su rechazo, no obstante, no podía convertirla en un arma de ataque, que es la característica intrínseca de otras defensas. La Expia­ción, pues, resulta ser la única defensa que no es una espada de dos filos. Tan sólo puede sanar.
La Expiación se instituyó dentro de la creencia en el tiempo y en el espacio para fijar un límite a la necesidad de la creencia misma, y, en última instancia, para completar el aprendizaje. La Expiación es la lección final”. (T-2.II.4-5:2)

Hemos interpuesto un obstáculo entre la Expia­ción y nosotros. Nadie puede tolerar el miedo si lo reconociese, aunque en nuestro trastornado estado mental no le tenemos miedo al miedo. No es nuestro deseo de atacar lo que realmente nos asusta. Nuestra hostilidad no nos perturba seriamente. La mantenemos oculta porque tenemos aún más miedo de lo que encubre. No es de la crucifi­xión de lo que realmente tenemos miedo. Lo que verdaderamente nos aterra es la redención.
Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tenemos miedo. Pues este recuerdo nos restituiría instantáneamente al lugar donde nos corresponde estar, del cual nos hemos querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tenemos al amor.

Cuando tenemos miedo, estamos reconociendo que estamos necesitados de la Expiación. Tener miedo significa que hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor. Ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación. La necesidad del remedio inspiró su estableci­miento. Mientras nos limitemos a reconocer únicamente la necesidad del remedio, seguiremos teniendo miedo. Sin embargo, tan pronto como aceptemos el remedio, habremos des-hecho el miedo. Así es como tiene lugar la verdadera curación.

La Expiación deshace todos los erro­res, y de esta forma extirpa las raíces del temor. Unirse a la Expiación es la manera de escapar del miedo. El Espíritu Santo te ayudará a reinterpretar todo lo que percibes como temible, y te enseñará que sólo lo que es amoroso es cierto.

Tanto la Expiación como el Espíritu Santo adquirieron protagonismo, como medió de protección, al producirse la separación. Antes de eso no había necesidad de curación, pues nadie estaba desconsolado. La Voz del Espíritu Santo es la Lla­mada a la Expiación, es decir, a la restitución de la integridad de la mente. Cuando la Expiación se complete y toda la Filiación sane, dejará de haber una llamada a retornar. El Espíritu Santo es la Mente de la Expiación. Representa un estado mental lo suficien­temente próximo a la Mentalidad-Uno como para que la transfe­rencia a ella sea finalmente posible.

El Espíritu Santo expía en todos nosotros des-haciendo y de esta manera nos libera de la carga que le hemos impuesto a nuestra mente. Al seguir al Espíritu Santo se nos conduce de regreso a Dios, que es donde nos corresponde estar.

El papel del Espíritu Santo y la Expiación es esencial en el estudio que estamos realizando. Un Curso de Milagros, dedica un Capítulo en el que profundiza sobre el Plan de perdón del Espíritu Santo.

La Expiación es para todos porque es la forma de desvanecer la creencia de que algo pueda ser únicamente para ti. Perdonar es pasar por alto. Mira entonces más allá del error, y no dejes que tu percepción se fije en él, pues, de lo contrario, creerás lo que tu percepción te muestre. Acepta como verdadero sólo lo que tu hermano es, si quieres conocerte a ti mismo. Percibe lo que él no es, y no podrás saber lo que eres porque lo estarás viendo falsa­mente. Recuerda siempre que tu Identidad es una Identidad compartida, y que en eso reside Su realidad.

Tienes un papel que desempeñar en la Expiación, pero el plan de la Expiación en sí está más allá de ti. No sabes cómo pasar por alto los errores pues, de lo contrario, no los cometerías. Creer que no los cometes, o que los puedes corregir sin un Guía cuyo propósito es corregirlos, no sería más que otro error. Y si no sigues a ese Guía, tus errores no podrán ser corregidos. El plan no lo elaboraste tú debido a las limitadas ideas que tienes acerca de lo que eres. De esta sensación de limitación es de donde emanan todos los errores. La forma de deshacerlos, por lo tanto, no procede de ti, sino que es para ti.

La Expiación es una lección acerca de cómo compartir, que se te da porque te has olvidado de cómo hacerlo. El Espíritu Santo simplemente te recuerda el uso natural de tus capacidades. Al reinterpretar la capacidad de atacar como la capacidad de com­partir, Él transforma lo que tú inventaste en lo que Dios creó. Si quieres, alcanzar esto por medio de Él, no puedes contemplar tus capacidades a través de los ojos del ego, o las juzgarás como él lo hace. El daño que puedan ocasionar reside en el juicio del ego. El beneficio que puedan aportar reside en el juicio del Espíritu Santo”. (T-9.IV.1-3:6)

¡Uauu! ¡Qué maravilla! Perdonad esta licencia.

Tenemos un papel que desempeñar en la Expiación, nos revela el punto anterior. Dicho papel ha de llevarnos a aceptar la inocencia de nuestro hermano, de esta manera estaremos viendo la Expiación en él. Al proclamarla en él hacemos que sea nuestra. Podemos decir, que su inocencia es nuestra Expiación.

Todo el mundo tiene un papel especial en la Expiación, pero el mensaje que se le da a cada uno de ellos es siempre el mismo: El Hijo de Dios es inocente.

Nos enseña el Curso, que “la única responsabilidad del obrador de milagros es aceptar la Expia­ción para sí mismo. Esto significa que reconoces que la mente es el único nivel creativo, y que la Expiación puede sanar sus errores. Una vez que hayas aceptado esto, tu mente podrá solamente sanar”.

Con relación a la curación, el milagro es el medio, la Expiación el principio y la curación el resultado. Hablar de "una curación milagrosa" es combinar impropiamente dos órdenes de realidad diferentes. Una curación no es un milagro. La Expiación -el último milagro- es un remedio, y cualquier clase de curación es su resultado. Es irrelevante a qué clase de error se aplique la Expiación. Toda curación es esencialmente una liberación del miedo. Para poder llevarla a cabo, debemos estar libres de todo miedo. Un paso importante en el plan de la Expiación es deshacer el error en todos los niveles.

El valor de la Expiación no reside en la manera en que ésta se expresa. De hecho, si se usa acertadamente, será expresada ine­vitablemente en la forma que le resulte más beneficiosa a aquel que la va a recibir. Esto quiere decir que para que un milagro sea lo más eficaz posible, tiene que ser expresado en un idioma que el que lo ha de recibir pueda entender sin miedo. Eso no signi­fica que ése sea necesariamente el más alto nivel de comunica­ción de que dicha persona es capaz. Significa, no obstante, que ése es el más alto nivel de comunicación de que es capaz ahora. El propósito del milagro es elevar el nivel de comunicación, no reducirlo mediante un aumento del miedo.

¿Cómo debemos solicitar la Expiación?

Antes de pasar a dar una respuesta a esta cuestión, me gustaría aportar algunas pistas que nos servirán de orientación sobre este tema.

Reaccionar ante cualquier error, por muy levemente que sea, significa que no se está escuchando al Espíritu Santo. Él simple­mente pasa por alto todos los errores, y si nosotros le damos importancia, es que no lo estamos oyendo a Él. Si no lo oímos, es que estamos escuchando al ego, y mostrándonos tan insensato como el hermano cuyos errores percibimos. Esto no puede ser corrección. Y como resultado de ello, no sólo se quedan sus errores sin corregir, sino que renunciamos a la posibilidad de poder corregir los nuestros.

Cuando un hermano se comporta de forma demente sólo lo podemos sanar percibiendo cordura en él. Si percibimos sus errores y los aceptamos, estamos aceptando los nuestros. Si queremos entregarle nuestros errores al Espíritu Santo, tenemos que hacer lo mismo con los suyos. A menos que ésta se convierta en la única manera en que lidiamos con todos los errores; no podremos entender cómo se deshacen.
No nos podemos corregir a nosotros mismo. ¿Cómo íbamos a poder entonces corregir a otro?
Nuestra función no es cambiar a nuestro hermano, sino simplemente acep­tarlo tal como es. Percibir errores en alguien, y reaccionar ante ellos como si fueran reales, es hacer que sean reales para nosotros.
Los errores que nuestro hermano comete no es él quien los comete, tal como no somos nosotros  quienes cometemos los nuestros. Si consideramos reales sus errores, nos estaremos atacando a nosotros mismo. Cualquier intento que hagamos por corregir a un hermano significa que creemos que podemos corregir, y eso no es otra cosa que la arrogancia del ego. La corrección le corresponde a Dios, Quien no conoce la arrogancia.

Aquí todos estamos unidos en la Expiación, y no hay nada más en este mundo que pueda unirnos. Así es como desaparecerá el mundo de la separación, y como se restablecerá la plena comunicación entre Padre e Hijo.

Otras de las referencias del Curso, nos revela: “La Expiación no te hace santo. Fuiste creado santo. La Expia­ción lleva simplemente lo que no es santo ante la santidad, o, en otras palabras, lo que inventaste ante lo que eres”.

“La Expiación te enseña cómo escapar para siempre de todo lo que te has enseñado a ti mismo en el pasado, al mostrarte única­mente lo que eres ahora”.

Retomando la cuestión que nos habíamos planteado, respondemos a cómo podemos solicitar la Expiación:

Nuestro papel consiste simplemente en hacer que nuestro pensamiento retorne al punto en que se cometió el error, y en entregárselo allí a la Expiación en paz. Repitamos para nuestros aden­tros lo que sigue a continuación tan sinceramente como podamos, recordando que el Espíritu Santo responderá de lleno a nuestra más leve invitación:

Debo haber decidido equivocadamente porque no estoy en paz.
Yo mismo tomé esa decisión, por lo tanto, puedo tomar otra.
Quiero tomar otra decisión porque deseo estar en paz.
No me siento culpable porque el Espíritu Santo, si se lo permito  anulará todas las consecuencias de mi decisión equivocada.
Elijo permitírselo, al dejar que Él decida en favor de Dios por mí.


El título de este Principio nos advierte que la Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo. Desde este punto de vista, la creencia en la separación forma parte del tiempo pasado, identificándose como el origen, la causa que ha dado lugar al mundo de la ilusión y a la hegemonía del ego.

La Expiación es el medio a través del cual puedes liberarte del pasado, ya que desvanece los erro­res que cometiste en él, haciendo de este modo innecesario el que sigas volviendo sobre tus pasos sin avanzar hacia tu retorno. En este sentido la Expiación ahorra tiempo, pero al igual que el milagro al que sirve, no lo abole. Mientras siga habiendo necesidad de Expiación, seguirá habiendo necesidad de tiempo. Pero la Expiación, en cuanto que plan que ya se ha completado, tiene una relación única con el tiempo. Hasta que la Expiación no se complete, sus diversas fases evolucionarán en el tiempo, pero la Expiación en su totalidad se encuentra al final del tiempo. En ese punto el puente de retorno ya se ha construido.

viernes, 24 de febrero de 2017

Principio 24: Los milagros te capacitan para curar a los enfermos...

PRINCIPIO 24

Los milagros te capacitan para curar a los enfermos y resucitar a los muertos porque tanto la enfermedad como la muerte son invenciones tuyas, y, por lo tanto, las puedes abolir. Tú mismo eres un milagro, capaz de crear a semejanza de tu Creador. Todo lo demás no es más que tu propia pesadilla y no existe. Sólo las creaciones de luz son reales.


Si la enfermedad es separación, la decisión de curar y de ser curadores, por lo tanto, es el primer paso en el proceso de reconocer lo que verdaderamente queremos. La curación es señal de que queremos reinstaurar la plenitud, la unidad.

Sírvanos, lo anterior, como introducción para desarrollar de una manera más amplia la idea de la curación, tema que ya tuvimos ocasión de analizar, aunque brevemente, en el Principio 8, en el que veíamos como los milagros curan al suplir una falta.

Existe una preocupación muy compartida en el seno de los estudiantes del Curso, cuando se acercan por primera vez a la idea de la curación desde el punto de vista aportado por los milagros. ¿Cómo debemos actuar cuando nos encontramos enfermos? ¿Debemos utilizar las medicinas o como lo llama el Curso los principios mágicos para curarnos?

El Curso nos responde a esta cuestión de la siguiente manera: 

“Todos los remedios materiales que aceptas como medicamento para los males corporales son re-afirmaciones de principios mági­cos. Éste es el primer paso que nos conduce a la creencia de que el cuerpo es el causante de sus propias enfermedades. El segundo paso en falso es tratar de curarlo por medio de agentes no-creati­vos. Esto no quiere decir, sin embargo, que el uso de tales agentes con propósitos correctivos sea censurable. A veces la enfermedad tiene tan aprisionada a la mente que temporalmente le impide a la persona tener acceso a la Expiación. En ese caso, tal vez sea pru­dente usar un enfoque conciliatorio entre el cuerpo y la mente en el que a algo externo se le adjudica temporalmente la creencia de que puede curar. Esto se debe a que lo que menos puede ayudar al que no está en su mente recta o al enfermo es hacer algo que aumente su miedo. De por sí ya se encuentra en un estado debili­tado debido a éste. Exponerle prematuramente a un milagro podría precipitarle al pánico, lo cual es muy probable que ocu­rriese en aquellos casos en que la percepción invertida ha dado lugar a la creencia de que los milagros son algo temible”. (T-2.IV.4:10)

Bien, queda claro que los medicamentos o magia no es el uso más correcto de la mente, pero si tenemos miedo de usar la mente para curar, no debemos intentar hacerlo.

Curar es una habilidad que se desarrolló después de la separa­ción, antes de la cual era innecesaria. Es temporal al igual que todos los aspectos de la creencia en el tiempo y en el espacio. Mientras el tiempo continúe, no obstante, la curación seguirá siendo necesaria como medio de protección. Esto se debe a que la curación se basa en la caridad, y la caridad es una forma de perci­bir la perfección en otro aun cuando no puedas percibirla en ti mismo.

El Curso en el Capítulo 5 dedicado a la Curación y a la Plenitud, nos advierte en su introducción, que curar es hacer feliz. La razón de ello radica, en que para poder actuar de todo corazón, la verdadera fuerza que nos cura, tenemos que ser felices. Curar o hacer feliz es, por lo tanto, lo mismo que integrar y unificar.

Curar no es crear; es reparar. El Espíritu Santo fomenta la curación mirando más allá de ella hacia lo que los Hijos de Dios eran antes de que la curación fuese necesaria, y hacia lo que serán una vez que hayan sanado.

La Expiación nos confiere el poder de una mente que ha sanado, pero el poder de crear es de Dios. Por lo tanto, aquellos que han sido perdonados deben dedicarse en primer lugar a curar, pues al haber aceptado la idea de la curación, deben compartirla para así conservarla.

Curar es el único tipo de pensamiento en este mundo que se asemeja al Pensamiento de Dios, y por razón de los elementos que ambos tienen en común, el Pensamiento de Dios puede transfe­rirse fácilmente a él. Cuando un hermano se percibe a sí mismo enfermo, se está percibiendo como un ser incompleto, y, por ende, necesitado. Si nosotros también lo percibimos así, lo estamos viendo como si realmente no formase parte del Reino y se encontrase separado de él, con lo cual el Reino queda velado para ambos.
Curar es, por consiguiente, corregir la percepción de nuestro her­mano y la nuestra compartiendo con él el Espíritu Santo.

“La capacidad de curar es la única capacidad que cada persona puede y debe desarrollar si es que se ha de curar. Curar es el medio de comunicación del Espíritu Santo en este mundo, y el único que acepta. No reconoce ningún otro porque no acepta la confusión que el ego tiene entre mente y cuerpo. Las mentes se pueden comunicar, pero no pueden hacer daño. El cuerpo, al servicio del ego, puede hacer daño a otros cuerpos, pero eso no puede ocurrir a no ser que ya se le haya confundido con la mente. Esta situación, no obstante, puede usarse en beneficio de la curación o de la magia, pero debes recordar que la magia siempre implica la creencia de que la curación es algo perjudicial. Esta creencia completamente irracional es su premisa y, por consiguiente, no puede sino proceder irracionalmente.

La curación tan sólo fortalece. La magia siempre procura debi­litar. La curación no percibe nada en el sanador, que todos los demás no compartan con él. La magia ve siempre algo “especial” en el sanador, que él cree que puede ofrecer como regalo a aque­llos que no lo tienen. Puede que dicho sanador crea que ese regalo procede de Dios, pero resulta evidente que no entiende a Dios si cree tener algo que los demás no tienen.

El Espíritu Santo no actúa al azar, y toda curación que procede de Él es siempre eficaz. A menos que el sanador cure siempre por mediación Suya los resultados variarán. Sin embargo, la curación en sí es consistente, puesto que sólo la consistencia está libre de conflicto, y sólo los que están libres de conflicto son íntegros. Cuando el sanador admite que hay excepciones, y que unas veces puede curar y otras no, está obviamente aceptando la inconsisten­cia. Está, por lo tanto, en conflicto, y eso es lo que está enseñando. ¿Sería posible que lo que es de Dios no fuese para todos y para siempre? El amor es incapaz de hacer excepciones. Sólo si hay miedo parece tener sentido idea de las excepciones. Las excepciones son amedrentadoras porque las engendra el miedo. La expresión "sanador temeroso" es una contradicción intrínseca y es, por lo tanto, un concepto que sólo para una mente en conflicto podría tener sentido.

El miedo no produce alegría. La curación sí. El miedo siempre hace excepciones. La curación nunca las hace. EI miedo produce disociación porque genera separación. La curación siempre pro­duce armonía porque procede de la integración. Es predecible porque se puede contar con ella. Se puede contar con todo lo que es de Dios porque todo lo que es de Dios es completamente real. Se puede contar con la curación porque la inspira Su Voz, y pro­cede de acuerdo con Sus leyes. Mas si la curación es consistente tu entendimiento acerca de ella no puede ser inconsistente. El entendimiento significa consistencia porque Dios significa consis­tencia. Puesto que ése es Su significado, es también el tuyo. Tu significado no puede estar en desacuerdo con el Suyo porque todo lo que significas y lo único que significas procede de Su signifi­cado y es como el Suyo. Dios no puede estar en desacuerdo Con­sigo Mismo, y tú no puedes estar en desacuerdo con Él. No puedes separar tu Ser de tu Creador, Quien te creó al compartir Su Ser contigo.

El sanador que no ha sanado desea la gratitud de sus herma­nos, pero él no les está agradecido. Ello se debe a que cree que les está dando algo y que no está recibiendo algo igualmente deseable a cambio. Lo que enseña se ve limitado por lo poco que está aprendiendo. Su lección de curación se ve limitada por su propia ingratitud, que es una lección de enfermedad. El verda­dero aprendizaje es constante, y tan vital en su poder de producir cambios que un Hijo de Dios puede reconocer su propio poder en un instante y cambiar el mundo en el siguiente. Ello se debe a que al cambiar de mentalidad, produce un cambio en el instrumento más poderoso que jamás se le haya dado para cambiar. Esto no contradice en modo alguno la inmutabilidad de la mente tal como Dios la creó, pero mientras sigas aprendiendo a través del ego creerás que has efectuado un cambio en ella. Esto te pone en una situación en la que tienes que aprender una lección aparentemente contradictoria: tienes que aprender a cambiar de mentalidad con respecto a tu mente. Sólo así puedes aprender que tu mente es inmutable.

Eso es exactamente lo que estás aprendiendo cuando llevas a cabo una curación. Estás reconociendo que la mente de tu her­mano es inalterable, al darte cuenta de que es imposible que él hubiese podido efectuar un cambio en ella. Así es como percibes al Espíritu Santo en él. El Espíritu Santo en él es el único que nunca cambia Su Mente. Tu hermano tal vez piense que él puede cambiar la suya o, de otro modo, no se percibiría a sí mismo como enfermo. No sabe, por lo tanto, lo que es su Ser. Si sólo ves en él lo inalterable en realidad no lo has cambiado. Al cam­biar de mentalidad acerca de su mente por él, le ayudas a anular el cambio que su ego cree haber efectuado en él”. (T-7.V.3:8)


De la misma manera en que nuestra función en el Cielo es crear, aquí en la tierra es curar. La curación no se puede llevar a cabo en el pasado. Tiene que llevarse a cabo en el presente para así liberar el futuro.

Debemos cambiar la creencia de que el cuerpo puede enfermar. De ello se deriva la afirmación de que no tiene necesidad de que se le cure. El que goce de buena salud o esté enfermo depende enteramente de la forma en que la mente lo percibe y del propósito para el que quiera usarlo.

Para curarnos, debemos desear curarnos. Si tenemos miedo, ya lo hemos adelantado, la curación no podrá tener lugar, de hecho, lo único que se requiere para que se efectúe una curación es que no haya miedo. Los temerosos no se han curado, por lo tanto, no pueden curar. Esto no quiere decir que para que puedas curar tenga que haber desaparecido el conflicto de tu mente para siempre. Pues si así fuese, no habría entonces necesidad de curación. Mas sí quiere decir que, aunque sólo sea por un instante, tienes que amar sin atacar. Un instante es suficiente. Los milagros no están circuns­critos al tiempo.

Antes de finalizar este análisis, vamos a realizar un acercamiento al Libro de Ejercicios y haremos mención a la Lección 137:


LECCIÓN 137
Cuando me curo no soy el único que se cura.

1. La idea de hoy sigue siendo el pensamiento central sobre el que descansa la salvación. 2Pues la curación es lo opuesto a todas las ideas del mundo que tienen que ver con la enfermedad y con los estados de separación. 3Aislarse uno de los demás y rehusar la unión es lo que da lugar a la enfermedad. 4Ésta se convierte en una puerta tras la cual se encierra a un ser separado, y donde se le mantiene aislado y solo.

2. La enfermedad es aislamiento. 2Pues parece mantener a un ser separado del resto, para que sufra lo que los otros no sienten. 3Le otorga al cuerpo poder absoluto para hacer que la separación sea real y mantener a la mente en solitario confinamiento, dividida en pedazos y sujeta por una sólida muralla de carne enfermiza que no puede trascender.

3. El mundo acata las leyes que la enfermedad apoya, pero la curación opera aparte de ellas. 2Es imposible que alguien pueda curarse solo. 3En la enfermedad, él no puede sino estar aparte y separado. 4Mas la curación es el resultado de su decisión de ser uno solo nuevamente, y de aceptar su Ser con todas Sus partes intactas e incólumes. 5En la enfermedad, su Ser aparenta estar desmembrado y desprovisto de la unidad que le da vida. 6Mas la curación se logra al él comprender que el cuerpo no tiene el poder de atacar la universal unicidad del Hijo de Dios.

4. El propósito de la enfermedad es demostrar que las mentiras son verdad. 2Mas la curación demuestra que sólo la verdad es verdad. 3La separación que la enfermedad pretende imponer en realidad jamás ha tenido lugar. 4Curar es meramente aceptar lo que siempre ha sido la simple verdad, lo cual seguirá siendo exactamente como siempre fue. 5No obstante, a los ojos acostum­brados a las ilusiones se les debe mostrar que lo que contemplan es falso. 6Así pues, la curación, que la verdad nunca necesitó, tiene que demostrar que la enfermedad no es real.

5. La curación podría considerarse, por lo tanto, como un anti-sueño que desplaza al sueño de enfermedad en nombre de la verdad, pero no en la verdad en sí. 2Así como el perdón pasa por alto todos los pecados, que nunca se cometieron, la curación desvanece las ilusiones que jamás tuvieron lugar. 3Y así como el mundo real emergerá para ocupar el lugar de lo que nunca suce­dió realmente, la curación ofrecerá restitución para los estados imaginarios e ideas falsas que los sueños han ido tejiendo y con­virtiendo en cuadros de la verdad.

6. Mas no pienses que curar no es algo digno de ser tu función aquí. 2Pues el anti-Cristo se vuelve más poderoso que el Cristo para aquellos que sueñan que el mundo es real. 3El cuerpo parece ser más sólido y más estable que la mente. 4Y el amor se convierte en un sueño, mientras que el miedo continúa siendo la única rea­lidad que puede verse, justificarse y entenderse plenamente.

7. Así como el perdón desvanecerá con su luz todo pecado y el mundo real ocupará el lugar de lo que has fabricado, asimismo la curación reemplazará las fantasías de enfermedad con las que nublas la simple verdad. 2Cuando se haya visto desaparecer la enfermedad, a pesar de todas las leyes que sostienen que es real, todas las preguntas habrán quedado contestadas. 3Y entonces se dejará de valorar y obedecer dichas leyes.

8. La curación es libertad. 2Pues demuestra que los sueños no prevalecerán contra la verdad. 3La curación es algo que se com­parte. 4Y mediante este atributo demuestra que las leyes que son diferentes de las que sostienen que la enfermedad es inevitable son más poderosas que las leyes enfermizas que sostienen lo contrario. 5La curación es fuerza. 6Pues con su tierna mano se supera la debilidad, y las mentes que estaban amuralladas en un cuerpo quedan liberadas para unirse a otras .mentes, y así ser fuertes para siempre.

9. La curación, el perdón y el feliz intercambio del mundo del dolor por uno en el que la tristeza no tiene cabida, son los medios por los que el Espíritu Santo te exhorta a que lo sigas. 2Sus dulces lecciones te enseñan cuán fácilmente puedes alcanzar la salva­ción y cuán poca práctica necesitas para dejar que Sus leyes reemplacen a las que tú promulgaste para mantenerte prisionero de la muerte. 3Su vida se vuelve la tuya propia, al tú extender la poca ayuda que Él te pide para liberarte de todo lo que jamás te causó dolor.

10. Y a medida que te dejas curar, te das cuenta de que junto con­tigo se curan todos los que te rodean, los que te vienen a la mente, aquellos que están en contacto contigo y los que parecen no estarlo. 2Tal vez no los reconozcas a todos, ni comprendas cuán grande es la ofrenda que le haces al mundo cuando permi­tes que la curación venga a ti. 3Mas nunca te curas solo. 4Legiones y legiones de hermanos recibirán el regalo que tú recibes cuando te curas.

11. Los que se han curado se convierten en los instrumentos de la curación. 2Y no transcurre tiempo alguno entre el instante en que son curados y aquel en que toda la gracia de curación les es dada para que ellos a su vez la den. 3Lo que se opone a Dios no existe, y aquel que no lo acepta en su mente se convierte en un refugio donde los que están cansados pueden hallar descanso. 4Pues ahí es donde se otorga la verdad, y ahí es donde todas las ilusiones se llevan ante la verdad.

12. ¿No le ofrecerías refugio a la Voluntad de Dios? 2Pues con ello sólo estarías invitando a tu Ser a estar en su propia casa. 3¿Y podría acaso rechazarse semejante invitación? 4Pide que ocurra lo inevitable y jamás fracasarás. 5La otra opción es pedir que lo que no puede ser, sea, y esto es algo que jamás podrá tener lugar. 6Hoy pedimos que sólo la verdad ocupe nuestras mentes; que los pensamientos de curación vayan en este día desde lo que ya se ha curado a lo que todavía tiene que curarse, conscientes de que ambas cosas ocurrirán al unísono.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Principio 23: Los milagros reorganizan la percepción y colocan todos los niveles en su debida perspectiva.

PRINCIPIO 23

Los milagros reorganizan la percepción y colocan todos los niveles en su debida perspectiva. Esto cura ya que toda enfermedad es el resultado de una confusión de niveles.


Para entender correctamente la enseñanza que se comparte en este Principio, es necesario aclarar lo que se quiere decir cuando se hace referencia al término “niveles”.

En su sentido más general, el término “nivel” hace referencia a una altura relativa a otra altura; generalmente se toma como punto de referencia una base. Este significado, nos sugiere que para llegar a esa apreciación es preciso percibir y la percepción, como sabemos, surge como consecuencia de la creencia en la separación. Analicemos esta reflexión.


Sabemos, que la conciencia -el nivel de la percepción- fue la primera divi­sión que se introdujo en la mente después de la separación, con­virtiendo a la mente de esta manera en un instrumento preceptor en vez de en un instrumento creador.


Ahora bien, antes de que la separación introdujese las nociones de gra­dos, aspectos e intervalos, la percepción no existía. El espíritu no tiene niveles, y todo conflicto surge como consecuencia del con­cepto de niveles. 

La religión nos ha enseñado que Dios se manifiesta en Su Aspecto Trino: El Padre; El Hijo y El Espíritu Santo. Sin embargo, los Niveles de la Trinidad gozan de Uni­dad, a diferencia de los niveles creados por la separación que no pueden sino estar en conflicto. 

La mente elige dividirse a sí misma cuando elige inven­tar sus propios niveles. Pero no puede separarse completamente del espíritu, ya que de éste es de donde deriva todo su poder para fabricar o para crear. Aun en la creación falsa la mente está afir­mando su Origen, pues, de otro modo, simplemente dejaría de existir. Esto último, no obstante, es imposible, ya que la mente le pertenece al espíritu que Dios creó, y que, por lo tanto, es eterno.

El poder del milagro para ajustar niveles genera la percep­ción correcta que da lugar a la curación, ya que la enfermedad, como bien se recoge en el título de este Principio, no es más que el resultado de una confusión de niveles.

Kenneth Wapnick nos indica con relación a este Principio lo siguiente:

“Los niveles que se están confundiendo son los niveles de la mente y del cuerpo. El ego toma el problema de la culpa en nuestras mentes, que es la verdadera enfermedad, y dice que no es la mente la que está enferma, que es el cuerpo el que está enfermo. Cambia del nivel de la mente al nivel del cuerpo. El milagro regresa el problema adonde comenzó, y afirma que no es el cuerpo el que está enfermo, es la mente la que está enferma. Eso es todo lo que hace el milagro. Regresa el problema adonde radica”.

En el Curso nos enseña que la percepción de niveles surgió tras el error original de que uno puede estar separado de Dios. Veámoslo:

“La única carencia que realmente necesitas corregir es tu sensa­ción de estar separado de Dios. Esa sensación de separación jamás habría surgido si no hubieses distorsionado tu percepción de la verdad, percibiéndote así a ti mismo como alguien necesi­tado. La idea de un orden de necesidades surgió porque, al haber cometido ese error fundamental, ya te habías fragmentado en niveles que comportan diferentes necesidades. A medida que te vas integrando te vuelves uno, y tus necesidades, por ende, se vuelven una. Cuando las necesidades se unifican suscitan una acción unificada porque ello elimina todo conflicto.

La idea de un orden de necesidades, que proviene del error original de que uno puede estar separado de Dios, requiere corrección en su propio nivel antes de que pueda corregirse el error de percibir niveles. No te puedes comportar con eficacia mientras operes en diferentes niveles. Sin embargo, mientras lo hagas, la corrección debe proceder verticalmente, desde abajo hacia arriba. Esto es así porque crees que vives en el espacio, donde conceptos como "arriba" y "abajo" tienen sentido. En última instancia, ni el espacio ni el tiempo tienen ningún sentido. Ambos son meramente creencias”. (T-1.VI.2:5)

Con relación a lo ya reseñado de que la enfermedad es el resultado de una confusión de niveles el Curso nos indica lo siguiente:

“Un paso importante en el plan de la Expiación es deshacer el error en todos los niveles. La enfermedad o "mentalidad-no-recta" es el resultado de una confusión de niveles, pues siempre com­porta la creencia de que lo que está mal en un nivel puede afectar adversamente a otro. Nos hemos referido a los milagros como un medio de corregir la confusión de niveles, ya que todos los errores tienen que corregirse en el mismo nivel en que se originaron. Sólo la mente puede errar. El cuerpo sólo puede actuar equivo­cadamente cuando está respondiendo a un pensamiento falso. El cuerpo no puede crear y la creencia de que puede -error básico- ­da lugar a todos los síntomas físicos”. (T-2.IV.2:6)

Interesante lección la que nos enseña este Principio. Nuestra percepción de la enfermedad está muy identificada con el cuerpo y nos resulta extraña la idea de que la verdadera causa de toda enfermedad se encuentra en la mente. A pesar de esta resistencia, ya se vislumbran en la sociedad nuevos paradigmas que se basan en métodos en los que el cuerpo pasa a ocupar su papel esencial, la de comunicar los mensajes procedentes de la mente. El milagro, sitúa la causa en la mente y el efecto en el cuerpo, lo que pone fin a la falsa percepción de que cuerpo y mente se encuentran separados.

lunes, 20 de febrero de 2017

Principio 22: Crees que lo que no puedes ver con los ojos del cuerpo no existe.

PRINCIPIO 22

Los milagros se asocian con el miedo debido únicamente a la creencia de que la oscuridad tiene la capacidad de ocultar. Crees que lo que no puedes ver con los ojos del cuerpo no existe. Esta creencia te lleva a negar la visión espiritual.


"Lo opuesto al amor es el miedo, pero aquello que todo lo abarca no puede tener opuestos”.

Esta frase tan esclarecedora, la encontramos en la introducción del Curso, como si nos quisiera advertir  de uno de los Principios sobre el cual debemos levantar nuestro “edificio”, que no es otro que el de la Verdad.

Dios no tiene opuesto. Dios es todo Amor. Pero Su Hijo, ha fabricado, ha proyectado otra realidad donde la unicidad de Su Padre se fragmenta, ilusoriamente, dando lugar a la dualidad, a la separación. Desde ese instante, la mente, puede servir al amor, es decir, a la luz o puede servir al miedo, es decir, a la oscuridad.

Bien, este Principio nos invita a profundizar en temas de gran calado, como son el miedo, la oscuridad y la proyección. A pesar de expresarse con nombres distintos, todos ellos se refieren a la misma idea original, la que se desprende de la falsa creencia en el “pecado”. En este sentido, podemos hacer uso de la siguiente afirmación:

“La oscuridad es falta de luz de la misma manera en que el pecado es falta de amor”.

Inicialmente, nos vamos a centrar en el análisis de la oscuridad y ello nos lleva a plantearnos la siguiente cuestión: ¿podemos escapar de la oscuridad?

Sí, podemos hacerlo y el Curso nos describe a este respecto, lo siguiente:

“Escapar de la oscuridad comprende dos etapas: Primera, el reconocimiento de que la oscuridad no puede ocultar nada. Este paso generalmente da miedo. Segunda, el reconocimiento de que no hay nada que desees ocultar aunque pudieses hacerlo. Este paso te libera del miedo. Cuando ya no estés dispuesto a ocultar nada, no sólo estarás dispuesto a entrar en comunión, sino que entenderás también lo que es la dicha y la paz”. (T.1-IV.1:5)

Siempre que la luz irrumpe en la oscuridad, la oscuridad de­saparece. Sin embargo, es necesario recordar que nuestra creencia en la oscuridad y en la ocultación es la razón de que la luz no pueda pasar.

Somos el Reino de los Cielos, pero permitimos que la creencia en la oscuridad se infiltre en nuestra mente, por lo que ahora necesitamos una nueva luz. El Espíritu Santo es el resplandor al que debemos permitir que desvanezca la idea de la oscuridad.

El Espíritu Santo nos enseña que la luz no ataca a la oscuridad, pero la desvanece con su fulgor. Si la luz nos acompaña a todas partes, es decir, si permitimos que el Espíritu Santo ocupe nuestra mente, juntos, disiparemos la oscuridad.

La oscuridad es el mundo del ego, y si el mundo del ego no es real, deduciremos que la oscuridad tampoco es real. Por lo tanto, debemos preguntarnos ¿cómo podemos encontrar luz analizando la oscuridad? Si lo hacemos, estaremos haciendo real lo que no lo es.

Cuando una mente cree en la oscuridad y se niega a abando­narla, la luz no puede entrar. La verdad no lucha contra la igno­rancia, ni el amor ataca al miedo.

La falsa creencia en el “pecado”, ya lo hemos adelantado, es la causa primera o pensamiento original que ha dado lugar al miedo y con ello a la oscuridad. Uno de los efectos que ha originado el “pecado” es la culpa. Ese falso sentimiento, al igual que el miedo, permanece oculto y delegado a nuestra oscuridad, lo que en el terreno de la psicología se conoce como inconsciente. Desde este enfoque, el inconsciente se convierte en la fortaleza del ego, pues mientras que lo alimentemos con emociones derivadas de ese falso pensamiento original, miedo, culpa, ira, odio, temor, ataque, venganza, castigo, dolor, enfermedad, muerte, etc, asegurará su existencia y no le faltará su alimento favorito.

Una de las enseñanzas favoritas del ego, es que las defensas nos protegen y que la oscuridad puede ocultar. Esto, pues, aumenta el miedo de que si renunciamos a la oscuridad, nos exponemos completamente a la culpa y vamos a tener dificultades.

Kenneth Wapnick, en su análisis sobre este Principio nos dice lo siguiente:

“El propósito de todas nuestras defensas es protegernos de nuestra culpa. Lo que el ego jamás nos dice es que mientras más invirtamos en una defensa, más afirmamos, de hecho, que hay algo horrible dentro de nosotros. Si yo no tuviera esta culpa horrorosa, no tendría que molestarme con la defensa. Por lo tanto, mientras más invierta en tener una defensa contra mi culpa, a la cual le temo, más temeroso me voy a sentir porque el hecho de que tengo una defensa me dice: "Mejor te cuidas; hay algo dentro de ti que es vulnerable”.

El ego enseña que si nos desprendemos de nuestras defensas, se desatará el mismo infierno, literalmente. Los psicólogos caen en la misma trampa cuando enseñan que si usted no tiene defensas se pondrá psicótico. Es realmente lo contrario. Si usted no tiene defensas se sanará, no se volverá psicótico. Pero eso no quiere decir que usted despoje a la gente de sus defensas. El proceso tiene que ser muy suave y amoroso, y el terapeuta a menudo tiene que ser muy paciente. Para repetir, esto no significa que debamos despojarnos de todas las defensas. Lo que sí quiere decir es que si usted sigue la dirección del Espíritu Santo, la meta será no tener defensas. Y luego cuando mire introspectivamente, usted no verá pecado; verá que no hubo pecado. Ese es el final del viaje".

Ya lo adelantábamos, debemos entregar al Espíritu Santo la dirección de nuestra mente, lo que significa que debemos llevar ante Él todos los secretos que le hayamos ocultado. Debemos abrirle todas las puertas y pedirle que entre en la oscuridad y la desvanezca con Su luz. Si lo invitamos, Él entrará gustosamente. Y llevará la luz a la oscuridad si le franqueamos la entrada a ella. Debemos saber, que Él no puede ver lo que mantenemos oculto. Él ve por nosotros, pero a menos que miremos con Él, Él no puede ver.

Nos dice el Curso, que “la visión de Cristo no es sólo para Él, sino para ti y para Él. Llévale, por lo tanto, todos tus pensamientos tene­brosos y secretos, y contémplalos con Él. Él abriga la luz y tú la oscuridad. Ambas cosas no pueden coexistir cuando las contempláis juntos. Su juicio prevalecerá, y Él te lo ofrecerá cuando unas tu percepción a la Suya”.

Decíamos al comienzo de este análisis que hablaríamos de la oscuridad y también de la proyección. Dejaremos, para otra ocasión, el tema del miedo, aunque lo estemos tocando de pasada.

El Curso nos enseña que el acto creador de Dios le llevó a Expandir su Mente y de dicho acto, emanó su Filiación, el Hijo de Dios. De esta forma, El Padre, establece el modo en cómo  debemos actuar cuando se manifieste la Voluntad de Crear.

El uso inadecuado de la extensión, se conoce como proyección y tiene lugar cuando creemos que existe en nosotros alguna carencia o vacuidad, y que podemos suplirla con nuestras propias ideas, en lugar de con la verdad. Esto fue lo que le ocurrió al Hijo de Dios, y el intento de sustituir la Verdad de Dios con su propia verdad, le llevó a fabricar –proyectar- una falsa realidad.

Estamos ante el génesis de la separación, o lo que es lo mismo, ante la división de la mente, ante el rechazo de una parte de ella misma.

En el Capítulo 6 del Curso de Milagros, dedica un apartado titulado “La alternativa a la proyección” que nos enseña su importante alcance.

"La plenitud de Dios, que constituye Su paz, no puede ser apreciada salvo por una mente íntegra que reconozca la plenitud de la creación de Dios. Mediante ese reconocimiento, dicha mente conoce a su Creador. Exclusión y separación son sinónimos, al igual que separación y disociación. Dijimos ante­riormente que la separación fue y sigue siendo un acto de disociación, y que una vez que tiene lugar, la proyección se convierte en su defensa principal, o, en otras palabras, el mecanismo que la mantiene vigente. La razón de ello, no obstante, puede que no sea tan obvia como piensas.           
Repudias lo que proyectas, por lo tanto, no crees que forma parte de ti. Te excluyes a ti mismo al juzgar que eres diferente de aquel sobre el que proyectas. Puesto que también has juzgado contra lo que proyectas, continúas atacándolo porque continúas manteniéndolo separado dé ti. Al hacer esto de manera incons­ciente, tratas de mantener fuera de tu conciencia el hecho de que te has atacado a ti mismo, y así te imaginas que te has puesto a salvo.
La proyección, sin embargo, siempre te hará daño. La proyec­ción refuerza tu creencia de que tu propia mente está dividida, creencia ésta cuyo único propósito es mantener vigente la separa­ción. La proyección no es más que un  mecanismo del ego para hacerte sentir diferente de tus hermanos y separado de ellos. El ego justifica esto basándose en el hecho de que ello te hace pare­cer "mejor" que tus hermanos, y de esta manera empaña tu igual­dad con ellos todavía más. La proyección y el ataque están inevitablemente relacionados, ya que la proyección es siempre un medio para justificar el ataque. Sin proyección no puede haber ira. El ego utiliza la proyección con el solo propósito de destruir la percepción que tienes de ti mismo y de tus hermanos. El proceso comienza excluyendo algo que existe en ti, pero que repudias, y conduce directamente a que te excluyas a ti mismo de tus hermanos.
Hemos aprendido, no obstante, que hay una alternativa a la proyección. Todas las capacidades del ego se pueden emplear para un propósito mejor, ya que sus capacidades las dirige la mente, que dispone de una Voz mejor. El Espíritu Santo extiende y el ego proyecta. Del mismo modo en que los objetivos de ambos son opuestos, así también lo son sus resultados.
El Espíritu Santo comienza percibiendo tu perfección. Como sabe que esa perfección es algo que todos comparten, la reconoce en otros, y así la refuerza tanto en ti como en ellos. En vez de ira, esto suscita amor tanto en ellos como en ti porque establece el estado de inclusión. Puesto que percibe igualdad, el Espíritu Santo percibe en todos las mismas necesidades. Esto invita auto­máticamente a la Expiación porque la Expiación es la necesidad universal de este mundo. Percibirte a ti mismo de esta manera es la única forma de hallar felicidad en el mundo. Eso se debe a que es el reconocimiento de que tú no estás en este mundo, pues el mundo es un lugar infeliz”.

La proyección siempre ve nuestros deseos en otros. Si elegimos separarnos de Dios, eso es lo que pensaremos que otros están haciendo con nosotros.

La proyección da lugar a la percepción, y no podemos ver más allá de ella. Hemos atacado a nuestro hermano una y otra vez porque vimos en él una sombría figura de nuestro mundo privado. Y así, no podemos sino atacarnos a nosotros mismo primero, pues lo que atacamos no está en los demás. La única realidad de lo que atacamos se encuentra en nuestra propia mente, y al atacar a otros estamos literal­mente atacando algo que no está ahí.

Antes de poner un punto y final a esta exposición, me gustaría presentar las ideas que se recogen en las Lecciones del Libro de Ejercicios, relacionadas con la idea de la oscuridad:

LECCIÓN 44
Dios es la luz en la que veo.

1. Hoy continuamos con la idea de ayer, agregándole otra dimen­sión. 2No puedes ver en la oscuridad, y no puedes fabricar luz. 3Puedes fabricar oscuridad y luego pensar que ves en ella, pero la luz refleja vida, y es, por lo tanto, un aspecto de la creación. 4La creación y la oscuridad no pueden coexistir, pero la luz y la vida son inseparables, pues no son sino diferentes aspectos de la crea­ción.

LECCIÓN 69
Mis resentimientos ocultan la luz del mundo en mí.

1. Nadie puede ver lo que tus resentimientos ocultan. 2Debido a que tus resentimientos ocultan la luz del mundo en ti, todo el mundo se halla inmerso en la oscuridad, y tú junto con ellos. 3Pero a medida que el velo de tus resentimientos se descorre, tú te liberas junto con ellos. 4Comparte tu salvación con aquel que se encontraba a tu lado cuando estabas en el infierno. 5Él es tu her­mano en la luz del mundo que os salva a ambos.

LECCIÓN 73
Mi voluntad es que haya luz.

3Mi voluntad es que haya luz. 4La oscuridad no es mi voluntad.

LECCIÓN 91
Los milagros se ven en la luz.

Para ti, pues, la luz es crucial. 2Mientras sigas en la oscuridad no podrás ver el milagro. 3Por lo tanto, estarás convencido de que no está ahí. 4Esto se deriva de las mismas premisas de las que procede la oscuridad. 5Negar la luz hace que te resulte imposi­ble percibirla. 6No percibir la luz es percibir la oscuridad.

“Una sola azucena de perdón, puede transformar la oscuridad en luz”.