martes, 28 de febrero de 2017

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 59

LECCIÓN 59

El repaso de hoy abarca las siguientes ideas:

1. (41) Dios va conmigo dondequiera que yo voy.

2¿Cómo puedo estar solo cuando Dios está siempre conmigo? 3¿Cómo puedo dudar o sentirme inseguro cuando en Él mora la perfecta certeza? 4¿Cómo puede haber algo que me pueda pertur­bar cuando Él mora en mí en paz absoluta? 5¿Cómo puedo sufrir cuando el amor y la dicha me rodean por mediación Suya? 6No he de abrigar ninguna ilusión con respecto a mí mismo. 7Soy perfecto porque Dios va conmigo dondequiera que yo voy.

2. (42) Dios es mi fortaleza. 2La visión es Su regalo.

3Hoy no recurriré a mis propios ojos para ver. 4Quiero estar dis­puesto a dejar de lado la lamentable ilusión de que puedo ver, e intercambiarla por la visión que Dios me da. 5La visión de Cristo es Su regalo y Él me lo ha dado. 6Hoy me valdré de este regalo de tal forma que este día me ayude a comprender la eternidad.

3. (43) Dios es mi Fuente. 2No puedo ver separado de Él.

3Puedo ver lo que Dios quiere que vea. 4No puedo ver nada más. 5Más allá de Su Voluntad sólo hay ilusiones. 6Son éstas las que elijo cuando pienso que puedo ver separado de Él. 7Son éstas las que elijo cuando trato de ver con los ojos del cuerpo. 8No obstante, se me ha dado la visión de Cristo para reemplazarlos. 9A través de esta visión es como elijo ver.

4. (44) Dios es la luz en la que veo.


2No puedo ver en la oscuridad. 3Dios es la única luz. 4Por lo tanto, si he de ver, tiene que ser por medio de Él. 5He tratado de definir lo que es ver y me he equivocado. 6Ahora se me concede poder entender que Dios es la luz en la que veo. 7Le daré la bien­venida a la visión y al mundo feliz que me mostrará.

5. (45) Dios es la Mente con la que pienso.

2No tengo pensamientos que no comparta con Dios. 3No tengo pensamientos aparte de los Suyos porque no tengo otra mente que la Suya. 4Puesto que soy parte de Su Mente mis pensamien­tos son Suyos, y Sus Pensamientos son míos.


¿Qué me enseñan estas afirmaciones?

Os dejo una batería de preguntas, a título de ejemplo, que nos pueden ayudar a reflexionar sobre cada uno de los apartados.

Dios va conmigo dondequiera que yo voy.
  • ¿Existe mayor dicha que sentir permanentemente la presencia de tu Padre, junto a ti? ¿Sentirás miedo ahora que sabes que tu Padre vela tus días? Dondequiera que estés, podrás disfrutar de su Presencia. Es más, cualquier pensamiento de soledad, es un pensamiento demente, Su Presencia está en ti por toda la Eternidad, pues eres una extensión de su Pensamiento.
Dios es mi fortaleza. 2La visión es Su regalo.
  • Saber quién eres es tu mayor fortaleza, pues te reconoces como Hijo de Dios, Hijo de la Luz. ¿Qué mayor regalo puedes recibir, que la verdadera visión de lo que eres? Reconocer tu condición divina en los demás, te permitirá compartir tu fortaleza con el mundo.
Dios es mi Fuente. 2No puedo ver separado de Él.
  • Tienes la capacidad de decidir qué mundo ver. Ahora bien, recuerda que aunque te identifiques con el Mundo de la Ilusión, no podrás negar la existencia del Mundo Real. De tu voluntad depende el que permanezcas ciego a la Luz o compartas tu visión con Ella. ¿Crees acaso que siendo parte de la mente de Dios, puedes crear separado de Él? ¿No será que te siente un ser especial? ¿No será que estás tratando de crear sin contar con la esencia del amor?
Dios es la luz en la que veo.
  • ¿Acaso puedes ver en la oscuridad? Te has identificado con los objetos que percibes en ese mundo oscuro, y has alimentado la creencia de que ese mundo es tu realidad. Sin embargo, sientes que ese mundo es precario y ello, te lleva a añorar las verdades eternas. Cuando despiertas a la verdadera luz, comprenderás que la oscuridad es la manifestación de su ausencia. ¿Por qué crees que el mundo que has inventado no te aporta felicidad y sí en cambio te produce un profundo temor? 
Dios es la Mente con la que pienso.
  • Fabricaste un pensamiento que te dio la autoconciencia y decidiste, que ese pensamiento era ajeno a tu Creador. Pero, tu percepción te llevó a alimentar un error; pensaste que a partir de ese momento estabas separado de Dios. ¿Acaso el pensamiento no pertenece a la Mente de donde emanó? Entonces, ¿cómo puedes pretender que tu pensamiento, esté separado del Pensamiento que te creó? 

lunes, 27 de febrero de 2017

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 58

LECCIÓN 58

El repaso de hoy abarca las siguientes ideas:

1. (36) Mi santidad envuelve todo lo que veo.


2De mi santidad procede la percepción del mundo real. 3Habiendo perdonado, ya no me considero culpable. 4Puedo aceptar la ino­cencia que es la verdad con respecto a mí mismo. 5Cuando veo el mundo con los ojos del entendimiento, sólo veo su santidad por­que lo único que puedo ver son los pensamientos que tengo acerca de mí mismo.

2. (37) Mi santidad bendice al mundo.

2La percepción de mi santidad no me bendice únicamente a mí. 3Todas las personas y todo cuanto veo en su luz comparten la dicha que mi santidad me brinda. 4No hay nada que esté excluido de esta dicha porque no hay nada que no comparta mi santidad. 5medida que reconozca mi santidad, la santidad del mundo se alzará resplandeciente para que todos la vean.

3. (38) No hay nada que mi santidad no pueda hacer.

2El poder curativo de mi santidad es ilimitado porque su poder para salvar es ilimitado. 3¿De qué me tengo que salvar, sino de las ilusiones? 4¿Y qué son las ilusiones sino falsas ideas acerca de mí? 5Mi santidad las desvanece a todas al afirmar la verdad de lo que soy. 6En presencia de mi santidad, la cual comparto con Dios Mismo, todos los ídolos desaparecen.

4. (39) Mi santidad es mi salvación.

2Puesto que mi santidad me absuelve de toda culpa, reconocer mi santidad es reconocer mi salvación. 3Es también reconocer la sal­vación del mundo. 4Una vez que haya aceptado mi santidad, nada podrá atemorizarme. 5Y al no tener miedo, todos comparti­rán mi entendimiento, que es el regalo que Dios me hizo a mí y al mundo.

5. (40) Soy bendito por ser un Hijo de Dios.

2En esto reside mi derecho a lo bueno y sólo a lo bueno. 3Soy ben­dito por ser un Hijo de Dios. 4Todo lo que es bueno me pertenece porque así lo dispuso Dios. 5Por ser Quien soy no puedo sufrir pérdida alguna, ni privaciones ni dolor. 6Mi Padre me sustenta, me protege y me dirige en todo. 7El cuidado que me prodiga es infinito y eterno. 8Soy eternamente bendito por ser Su Hijo.


¿Qué me enseñan estas afirmaciones?

Os dejo una batería de preguntas, a título de ejemplo, que nos pueden ayudar a reflexionar sobre cada uno de los apartados.

Mi santidad envuelve todo lo que veo.
  • Decido ver la realidad y mis ojos me muestran un mundo perfecto, libre de culpas; un mundo abundante y pleno; un mundo feliz y armonioso. Veo la santidad en cada uno de mis hermanos y reconozco mi propia santidad reflejada en sus rostros. ¿Qué harás hoy con tu abundancia? ¿Compartirás tus dones y talentos con los demás? ¿Extenderás tu santidad con el único propósito de liberar al mundo de la prisión de sus miedos y de sus culpas? 
Mi santidad bendice al mundo.
  • Recuerda que das lo que tienes…, si tus pensamientos son santos, expandirás santidad en cada uno de tus actos y el mundo será bendecido por ello. Comparte tus pensamientos santos con el resto de la filiación y estarás creando una con-fraternización de Amor. ¿Qué harás hoy para compartir con el mundo tus bendiciones? ¿Qué pensamientos sembrarás? ¿Qué sentimientos despertarás? ¿Qué verdades transmitirás? ¿Qué realidades construirás?
No hay nada que mi santidad no pueda hacer.
  • Tu despertar te mostrará quién eres y, entonces, te descubrirá como un Ser Santo. Esa Santidad es tu condición natural, siempre has gozado de ella, aunque decidiste olvidadlo. La salvación del mundo, es tu propia salvación. Sálvate tú, viviendo tu santidad y el mundo se liberará. ¿Qué te mantiene atado a la culpa? ¿Qué miedo paraliza tu corazón?
Mi santidad es mi salvación.
  • Recuperar tu verdadera identidad, te permitirá renunciar al mundo de perdición, donde tu visión se identifica con la ilusión. No eres un cuerpo; no estás sujeto a la temporalidad; libérate del temor de no tener; no te regocijes en el dolor, en el sufrimiento, en la enfermedad…, no le des el valor del castigo. Eres un Ser Santo y eres Perfecto, como Perfecto es el Pensamiento Divino. ¿Aún percibes desde la necesidad? ¿Aún crees que fuiste expulsado del Paraíso Terrenal por desobedecer a Dios? ¿Aún piensas que has pecado y que eres merecedor del castigo redentor?
Soy bendito por ser un Hijo de Dios.
  • ¡Qué así sea!. No creas que eres maldito por haberte identificado con tu cuerpo. No caigas en el error de otorgarle esa potestad al vehículo material. En cambio, dirige tu atención hacia tus pensamientos y libérate de la creencia errónea que te mantiene prisionero del cuerpo. Utilízalo para expandir tu santidad y bendícelo por los servicios prestados. No te apegues a él, creyendo que es tu morada. Eres Hijo de Dios y tu origen es Divino y Eterno, no terrenal y temporal. ¿Te sentirás feliz? ¿Te regocijarás al conocer que eres el bendito Hijo de Dios? ¿Qué harás con esa heredad? ¿En qué emplearás tu divinidad?

domingo, 26 de febrero de 2017

Principio 25: Los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación.

PRINCIPIO 25

Los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación. La Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo.


Este Principio hace referencia, por primera vez en el Curso, al término Expiación y nos lo presenta como la meta hacia la que nos conduce nuestros actos de perdón. Como bien determina más adelante el Curso con relación a la Expiación, es la lección final.

Antes de adentrarnos en su desarrollo, creo necesario hacer un inciso para analizar una cuestión que, en la fase inicial del estudio, preocupa a los estudiantes, especialmente a aquellos que han adquirido una educación religiosa.

Expiación es la acción y efecto de expiar. Este verbo hace referencia a purificarse de las culpas mediante algún sacrificio, a cumplir con una pena impuesta por las autoridades o a padecer ciertos trabajos a causa de malas acciones.
En el ámbito de la religión, la expiación es una forma de satisfacción de un pecado, a través de la cual el sujeto queda absuelto de la culpa al cargar con su pena. El pecado es tomado como un obstáculo entre el hombre y Dios, y la expiación es aquello que permite eliminar dicha obstáculo para volver a clarificar la relación.
La teología explica que la expiación demuestra que Dios es benevolente (ofrece un camino al pecador) y justo (demanda un castigo por el pecado). Quien se somete a la expiación, limpia su pecado, accede al perdón de la culpa y se libera del castigo.
Dentro del ámbito religioso, tenemos que subrayar que también existe lo que se conoce como la expiación de Jesucristo. Se trata de un término que se utiliza para dejar patente el sacrificio que llevó a cabo esta figura con el claro objetivo de poder salvar a la humanidad de los pecados. En concreto, lo que hizo fue sufrir en su piel no sólo la tortura de una crucifixión sino también su propia muerte.

La anterior definición del término expiación, nos dibuja el perfil del ego, el cual trata de desvanecer la culpabilidad otorgándole primero realidad, y luego expiando por ella.

Otro error que recoge la definición aceptada por el ego de la expiación y que se encuentra inscrito en el inconsciente colectivo de la humanidad, es que la crucifixión estableció la Expiación. Un Curso de Milagros nos enseña que fue la resurrección la que lo hizo. Dejaremos este maravilloso tema para otra ocasión. Ahora expondremos las ideas que nos ofrece el Curso sobre la Expiación, ya que como tendremos ocasión de comprobar, se convierte en la piedra angular de las lecciones que debemos aprender.

La Expiación no existiría si no hubiese necesidad de ella. Si como hemos adelantado, la Expiación es la lección final, la consecuencia de haber sido capaces de perdonar todos nuestros errores, debemos decir, igualmente, que dicha labor no puede ser completada por nosotros mismos. No desaparecerán de nuestra mente sin la Expiación, remedio éste que no es obra nuestra.

El Curso nos indica, que el milagro se une a la Expiación al poner a la mente al servicio del Espíritu Santo. De este modo, se establece la verdadera función de la mente y se corrigen sus errores, que son simplemente una falta de amor.

La falta de amor, da lugar al miedo y todo miedo se reduce, en última instancia, a la básica percep­ción errónea de que tenemos la capacidad de usurpar el poder de Dios. Por supuesto, no podemos hacer eso, ni jamás pudimos ha­berlo hecho. En esto se basa el que podamos escaparnos del miedo. Nos liberamos cuando aceptamos la Expiación, lo cual nos permite darnos cuenta de que en realidad nuestros errores nunca ocurrieron.

Nuestra identificación con el miedo, con el temor a Dios, nos lleva a proyectar un mundo fuera de nosotros al cual culpar y atacar al recordarnos que hemos desobedecido a nuestro Padre. Ese ataque, en realidad,  es un mecanismo de defensa fabricado por el ego, para no ser consciente de su propia culpa, de su creencia en el pecado.

“La Expiación es la única defensa que no puede usarse destruc­tivamente porque no es un recurso que hayamos inven­tado. El principio de la Expiación estaba en vigor mucho antes de que ésta comenzara. El principio era el amor y la Expiación fue un acto de amor. Antes de la separación los actos eran innecesa­rios porque no existía la creencia en el tiempo ni en el espacio. Fue sólo después de la separación cuando se planearon la Expia­ción y las condiciones necesarias para su cumplimiento. Se nece­sitó entonces una defensa tan espléndida que fuese imposible usarla indebidamente, aunque fuese posible rechazarla. Su rechazo, no obstante, no podía convertirla en un arma de ataque, que es la característica intrínseca de otras defensas. La Expia­ción, pues, resulta ser la única defensa que no es una espada de dos filos. Tan sólo puede sanar.
La Expiación se instituyó dentro de la creencia en el tiempo y en el espacio para fijar un límite a la necesidad de la creencia misma, y, en última instancia, para completar el aprendizaje. La Expiación es la lección final”. (T-2.II.4-5:2)

Hemos interpuesto un obstáculo entre la Expia­ción y nosotros. Nadie puede tolerar el miedo si lo reconociese, aunque en nuestro trastornado estado mental no le tenemos miedo al miedo. No es nuestro deseo de atacar lo que realmente nos asusta. Nuestra hostilidad no nos perturba seriamente. La mantenemos oculta porque tenemos aún más miedo de lo que encubre. No es de la crucifi­xión de lo que realmente tenemos miedo. Lo que verdaderamente nos aterra es la redención.
Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tenemos miedo. Pues este recuerdo nos restituiría instantáneamente al lugar donde nos corresponde estar, del cual nos hemos querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tenemos al amor.

Cuando tenemos miedo, estamos reconociendo que estamos necesitados de la Expiación. Tener miedo significa que hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor. Ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación. La necesidad del remedio inspiró su estableci­miento. Mientras nos limitemos a reconocer únicamente la necesidad del remedio, seguiremos teniendo miedo. Sin embargo, tan pronto como aceptemos el remedio, habremos des-hecho el miedo. Así es como tiene lugar la verdadera curación.

La Expiación deshace todos los erro­res, y de esta forma extirpa las raíces del temor. Unirse a la Expiación es la manera de escapar del miedo. El Espíritu Santo te ayudará a reinterpretar todo lo que percibes como temible, y te enseñará que sólo lo que es amoroso es cierto.

Tanto la Expiación como el Espíritu Santo adquirieron protagonismo, como medió de protección, al producirse la separación. Antes de eso no había necesidad de curación, pues nadie estaba desconsolado. La Voz del Espíritu Santo es la Lla­mada a la Expiación, es decir, a la restitución de la integridad de la mente. Cuando la Expiación se complete y toda la Filiación sane, dejará de haber una llamada a retornar. El Espíritu Santo es la Mente de la Expiación. Representa un estado mental lo suficien­temente próximo a la Mentalidad-Uno como para que la transfe­rencia a ella sea finalmente posible.

El Espíritu Santo expía en todos nosotros des-haciendo y de esta manera nos libera de la carga que le hemos impuesto a nuestra mente. Al seguir al Espíritu Santo se nos conduce de regreso a Dios, que es donde nos corresponde estar.

El papel del Espíritu Santo y la Expiación es esencial en el estudio que estamos realizando. Un Curso de Milagros, dedica un Capítulo en el que profundiza sobre el Plan de perdón del Espíritu Santo.

La Expiación es para todos porque es la forma de desvanecer la creencia de que algo pueda ser únicamente para ti. Perdonar es pasar por alto. Mira entonces más allá del error, y no dejes que tu percepción se fije en él, pues, de lo contrario, creerás lo que tu percepción te muestre. Acepta como verdadero sólo lo que tu hermano es, si quieres conocerte a ti mismo. Percibe lo que él no es, y no podrás saber lo que eres porque lo estarás viendo falsa­mente. Recuerda siempre que tu Identidad es una Identidad compartida, y que en eso reside Su realidad.

Tienes un papel que desempeñar en la Expiación, pero el plan de la Expiación en sí está más allá de ti. No sabes cómo pasar por alto los errores pues, de lo contrario, no los cometerías. Creer que no los cometes, o que los puedes corregir sin un Guía cuyo propósito es corregirlos, no sería más que otro error. Y si no sigues a ese Guía, tus errores no podrán ser corregidos. El plan no lo elaboraste tú debido a las limitadas ideas que tienes acerca de lo que eres. De esta sensación de limitación es de donde emanan todos los errores. La forma de deshacerlos, por lo tanto, no procede de ti, sino que es para ti.

La Expiación es una lección acerca de cómo compartir, que se te da porque te has olvidado de cómo hacerlo. El Espíritu Santo simplemente te recuerda el uso natural de tus capacidades. Al reinterpretar la capacidad de atacar como la capacidad de com­partir, Él transforma lo que tú inventaste en lo que Dios creó. Si quieres, alcanzar esto por medio de Él, no puedes contemplar tus capacidades a través de los ojos del ego, o las juzgarás como él lo hace. El daño que puedan ocasionar reside en el juicio del ego. El beneficio que puedan aportar reside en el juicio del Espíritu Santo”. (T-9.IV.1-3:6)

¡Uauu! ¡Qué maravilla! Perdonad esta licencia.

Tenemos un papel que desempeñar en la Expiación, nos revela el punto anterior. Dicho papel ha de llevarnos a aceptar la inocencia de nuestro hermano, de esta manera estaremos viendo la Expiación en él. Al proclamarla en él hacemos que sea nuestra. Podemos decir, que su inocencia es nuestra Expiación.

Todo el mundo tiene un papel especial en la Expiación, pero el mensaje que se le da a cada uno de ellos es siempre el mismo: El Hijo de Dios es inocente.

Nos enseña el Curso, que “la única responsabilidad del obrador de milagros es aceptar la Expia­ción para sí mismo. Esto significa que reconoces que la mente es el único nivel creativo, y que la Expiación puede sanar sus errores. Una vez que hayas aceptado esto, tu mente podrá solamente sanar”.

Con relación a la curación, el milagro es el medio, la Expiación el principio y la curación el resultado. Hablar de "una curación milagrosa" es combinar impropiamente dos órdenes de realidad diferentes. Una curación no es un milagro. La Expiación -el último milagro- es un remedio, y cualquier clase de curación es su resultado. Es irrelevante a qué clase de error se aplique la Expiación. Toda curación es esencialmente una liberación del miedo. Para poder llevarla a cabo, debemos estar libres de todo miedo. Un paso importante en el plan de la Expiación es deshacer el error en todos los niveles.

El valor de la Expiación no reside en la manera en que ésta se expresa. De hecho, si se usa acertadamente, será expresada ine­vitablemente en la forma que le resulte más beneficiosa a aquel que la va a recibir. Esto quiere decir que para que un milagro sea lo más eficaz posible, tiene que ser expresado en un idioma que el que lo ha de recibir pueda entender sin miedo. Eso no signi­fica que ése sea necesariamente el más alto nivel de comunica­ción de que dicha persona es capaz. Significa, no obstante, que ése es el más alto nivel de comunicación de que es capaz ahora. El propósito del milagro es elevar el nivel de comunicación, no reducirlo mediante un aumento del miedo.

¿Cómo debemos solicitar la Expiación?

Antes de pasar a dar una respuesta a esta cuestión, me gustaría aportar algunas pistas que nos servirán de orientación sobre este tema.

Reaccionar ante cualquier error, por muy levemente que sea, significa que no se está escuchando al Espíritu Santo. Él simple­mente pasa por alto todos los errores, y si nosotros le damos importancia, es que no lo estamos oyendo a Él. Si no lo oímos, es que estamos escuchando al ego, y mostrándonos tan insensato como el hermano cuyos errores percibimos. Esto no puede ser corrección. Y como resultado de ello, no sólo se quedan sus errores sin corregir, sino que renunciamos a la posibilidad de poder corregir los nuestros.

Cuando un hermano se comporta de forma demente sólo lo podemos sanar percibiendo cordura en él. Si percibimos sus errores y los aceptamos, estamos aceptando los nuestros. Si queremos entregarle nuestros errores al Espíritu Santo, tenemos que hacer lo mismo con los suyos. A menos que ésta se convierta en la única manera en que lidiamos con todos los errores; no podremos entender cómo se deshacen.
No nos podemos corregir a nosotros mismo. ¿Cómo íbamos a poder entonces corregir a otro?
Nuestra función no es cambiar a nuestro hermano, sino simplemente acep­tarlo tal como es. Percibir errores en alguien, y reaccionar ante ellos como si fueran reales, es hacer que sean reales para nosotros.
Los errores que nuestro hermano comete no es él quien los comete, tal como no somos nosotros  quienes cometemos los nuestros. Si consideramos reales sus errores, nos estaremos atacando a nosotros mismo. Cualquier intento que hagamos por corregir a un hermano significa que creemos que podemos corregir, y eso no es otra cosa que la arrogancia del ego. La corrección le corresponde a Dios, Quien no conoce la arrogancia.

Aquí todos estamos unidos en la Expiación, y no hay nada más en este mundo que pueda unirnos. Así es como desaparecerá el mundo de la separación, y como se restablecerá la plena comunicación entre Padre e Hijo.

Otras de las referencias del Curso, nos revela: “La Expiación no te hace santo. Fuiste creado santo. La Expia­ción lleva simplemente lo que no es santo ante la santidad, o, en otras palabras, lo que inventaste ante lo que eres”.

“La Expiación te enseña cómo escapar para siempre de todo lo que te has enseñado a ti mismo en el pasado, al mostrarte única­mente lo que eres ahora”.

Retomando la cuestión que nos habíamos planteado, respondemos a cómo podemos solicitar la Expiación:

Nuestro papel consiste simplemente en hacer que nuestro pensamiento retorne al punto en que se cometió el error, y en entregárselo allí a la Expiación en paz. Repitamos para nuestros aden­tros lo que sigue a continuación tan sinceramente como podamos, recordando que el Espíritu Santo responderá de lleno a nuestra más leve invitación:

Debo haber decidido equivocadamente porque no estoy en paz.
Yo mismo tomé esa decisión, por lo tanto, puedo tomar otra.
Quiero tomar otra decisión porque deseo estar en paz.
No me siento culpable porque el Espíritu Santo, si se lo permito  anulará todas las consecuencias de mi decisión equivocada.
Elijo permitírselo, al dejar que Él decida en favor de Dios por mí.


El título de este Principio nos advierte que la Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo. Desde este punto de vista, la creencia en la separación forma parte del tiempo pasado, identificándose como el origen, la causa que ha dado lugar al mundo de la ilusión y a la hegemonía del ego.

La Expiación es el medio a través del cual puedes liberarte del pasado, ya que desvanece los erro­res que cometiste en él, haciendo de este modo innecesario el que sigas volviendo sobre tus pasos sin avanzar hacia tu retorno. En este sentido la Expiación ahorra tiempo, pero al igual que el milagro al que sirve, no lo abole. Mientras siga habiendo necesidad de Expiación, seguirá habiendo necesidad de tiempo. Pero la Expiación, en cuanto que plan que ya se ha completado, tiene una relación única con el tiempo. Hasta que la Expiación no se complete, sus diversas fases evolucionarán en el tiempo, pero la Expiación en su totalidad se encuentra al final del tiempo. En ese punto el puente de retorno ya se ha construido.

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 57

LECCIÓN 57

El repaso de hoy abarca las siguientes ideas:

1. (31) No soy víctima del mundo que veo.


2¿Cómo puedo ser la víctima de un mundo que podría quedar completamente des-hecho si así lo eligiese? 3Mis cadenas están sueltas. 4Puedo desprenderme de ellas sólo con desearlo. 5La puerta de la prisión está abierta. 6Puedo marcharme en cualquier momento sólo con echar a andar. 7Nada me retiene en este mundo. 8Sólo mi deseo de permanecer aquí me mantiene prisio­nero. 9Quiero renunciar a mis desquiciados deseos y caminar por fin hacia la luz del sol.

2. (32) He inventado el mundo que veo.

2Yo mismo erigí la prisión en la que creo encontrarme. 3Basta con que reconozca esto y quedo libre. 4Me he engañado a mí mismo al creer que era posible aprisionar al Hijo de Dios. 5He estado terriblemente equivocado al creer esto, y ya no lo quiero seguir creyendo. 6El Hijo de Dios no puede sino ser libre eternamente. Es tal como Dios lo creó y no lo que yo he querido hacer de él. 8El Hijo de Dios se encuentra donde Dios quiere que esté y no donde yo quise mantenerlo prisionero.

3. (33) Hay otra manera de ver el mundo.

2Dado que el propósito del mundo no es el que yo le he asignado, tiene que haber otra manera de verlo. 3Veo todo al revés y mis pensamientos son lo opuesto a la verdad. 4Veo el mundo como una prisión para el Hijo de Dios. 5Debe ser, pues, que el mundo es realmente un lugar donde él puede ser liberado. 6Quiero con­templar el mundo tal como es y verlo como un lugar donde el Hijo de Dios encuentra su libertad.

4. (34) Podría ver paz en lugar de esto.

2Cuando vea el mundo como un lugar de libertad, me daré cuenta de que refleja las leyes de Dios en lugar de las reglas que yo inventé para que él obedeciera. 3Comprenderé que es la paz, no la guerra, lo que mora en él. 4percibiré asimismo que la paz mora también en los corazones de todos los que comparten este lugar conmigo.

5. (35) Mi mente es parte de la de Dios. 2Soy muy santo.

3A medida que comparto la paz del mundo con mis hermanos empiezo a comprender que esa paz brota de lo más profundo de mí mismo. 4El mundo que contemplo ha quedado iluminado con la luz de mi perdón y refleja dicho perdón de nuevo sobre mí. 5En esta luz empiezo a ver lo que mis ilusiones acerca de mí mismo ocultaban. 6Empiezo a comprender la santidad de toda cosa viviente, incluyéndome mí mismo, y su unidad conmigo.


¿Qué me enseñan estas afirmaciones?

Os dejo una batería de preguntas, a título de ejemplo, que nos pueden ayudar a reflexionar sobre cada uno de los apartados.

No soy víctima del mundo que veo.
  • Tienes la capacidad de elegir. No lo recuerdas, pero, elegiste ver el mundo a tu manera. Eliges ver el miedo. Eliges ver un mundo de separación. Eliges la culpa y eliges el dolor como vía de expiación. ¿Hasta cuándo seguirás eligiendo la vía del rigor? ¿Hasta cuándo estarás culpando a los demás de tus experiencias de sufrimiento y dolor?
He inventado el mundo que veo.
  • Ya lo recuerdas. Sí, elegiste ver el mundo a tu manera y fabricaste tu propia realidad, la misma que te lleva al sufrimiento y al padecimiento. Puedes hacerlo. Ahora sí conoces por qué te sientes víctima del mundo que has fabricado. Lo elegiste tú. Ahora eres consciente de que puedes ver las cosas de otra manera y liberarte del mundo de perdición con el que te habías identificado. ¿Qué valor darás al mundo que has inventado? ¿Te seguirás dejando seducir por los cánticos de sirena procedente del mundo que has inventado?
Hay otra manera de ver el mundo.
  • Has sembrado y has cosechado. Elegiste ver el mundo a tu manera y ese mundo te ha llevado a contemplar el riguroso rostro del dolor. ¿Seguirás sembrando la misma semilla? o ¿Eligirás ver el mundo con la visión que te legó Dios? Eres tú el sembrador. ¿Qué frutos deseas recolectar?
Podría ver paz en lugar de esto.
  • ¿Paz…?, ¿Es ese el fruto que deseas cosechar? Pues, siembra paz. ¿Unidad…?, ¿Es ese el fruto con el que te deseas alimentar? Pues, que tu pensamiento deje de ver la separación y en su lugar, vea unidad… ¿Amor…?, ¿Es ese el fruto que deseas compartir? Descúbrelo en tu interior, pues el Amor siempre ha formado parte de ti.
Mi mente es parte de la de Dios. Soy muy santo.
  • Eres Amor, pues el Amor forma parte del Pensamiento de Dios, y tú fuiste creado como una emanación de Su Mente. Experimentar ese Amor te permitirá reconocer y conciliarte con tu santidad. Cuando tu cuerpo se manifieste en la totalidad de tu santidad, de ti emanará la dulce fragancia de un perfume que atraerá a todo aquel que necesite ser reconfortado. ¿Seguirás sintiendo miedo a pesar de que conoces que tu mente es parte de la de Dios? ¿Negarás tu santidad?

sábado, 25 de febrero de 2017

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 56

LECCIÓN 56

El repaso de hoy abarca las siguientes ideas:

1. (26) Mis pensamientos de ataque atacan mi invulnerabilidad.


2¿Cómo puedo saber quién soy cuando creo estar sometido a con­tinuos ataques? 3El dolor, la enfermedad, la pérdida, la vejez y la muerte parecen acecharme. 4Todas mis esperanzas, aspiraciones y planes parecen estar a merced de un mundo que no puedo controlar. 5Sin embargo, la seguridad perfecta y la plena realiza­ción constituyen mi verdadera herencia. 6He tratado de despojarme de mi herencia a cambio del mundo que veo. 7Pero Dios la ha salvaguardado para mí. 8Mis pensamientos reales me enseña­rán lo que es mi herencia.

2. (27) Por encima de todo quiero ver.

2Al reconocer que lo que veo es un reflejo de lo que creo ser, me doy cuenta de que mi mayor necesidad es la visión. 3El mundo que veo da testimonio de cuán temerosa es la naturaleza de la imagen que he forjado de mí mismo. 4Si he de recordar quién soy, es esencial que abandone esta imagen de mí mismo. 5medida que dicha imagen sea reemplazada por la verdad, se me conce­derá la visión. 6con esta visión contemplaré al mundo y a mí mismo con caridad y con amor.

3. (28) Por encima de todo quiero ver de otra manera.

2El mundo que veo mantiene en vigor la temerosa imagen que he forjado de mí mismo y garantiza su continuidad. 3Mientras siga viendo el mundo tal como lo veo ahora, la verdad no podrá albo­rear en mi conciencia. 4Dejaré que la puerta que se encuentra detrás de este mundo se abra, para así poder mirar más allá de él al mundo que refleja el Amor de Dios.

4. (29) Dios está en todo lo que veo.

2Tras cada imagen que he forjado, la verdad permanece inmuta­ble. 3Tras cada velo que he corrido sobre la faz del amor, su luz sigue brillando sin menoscabo. 4Más allá de todos mis descabe­llados deseos se encuentra mi voluntad, unida a la Voluntad de mi Padre. 5Dios sigue estando en todas partes y en todas las cosas eternamente. 6Y nosotros, que somos parte de Él, habremos de ver más allá de las apariencias, y reconocer la verdad que yace tras todas ellas.

5. (30) Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente.

2En mi propia mente, aunque oculto por mis desquiciados pensa­mientos de separación y ataque, yace el conocimiento de que todo es uno eternamente. 3Yo no he perdido el conocimiento de Quién soy por el hecho de haberlo olvidado. 4Ha sido salvaguardado para mí en la Mente de Dios, Quien no ha abandonado Sus Pensa­mientos. 5Y yo, que me cuento entre ellos, soy uno con ellos y uno con Él.

¿Qué me enseñan estas afirmaciones?

Os dejo una batería de preguntas, a título de ejemplo, que nos pueden ayudar a reflexionar sobre cada uno de los apartados.

Mis pensamientos de ataque atacan mi invulnerabilidad.
  • ¿Cómo podrás lograr la paz, si le das valor a la guerra? ¿Cómo podrás vivir la felicidad, si le das cobijo a la tristeza? ¿Cómo podrás experimentar la unidad, si albergas la creencia de la separación? Atacas, porque te percibes atacado. Perdona, y serás perdonado.
Por encima de todo quiero ver.
  • Cuando tienes apetito…, comes. Cuando estás sediento…, bebes. Cuando deseas ser libre…, te apegas a tus instintos. Cuando tus ojos creen ver…, vives la ilusión del que sueña. Tus necesidades claman ser satisfechas para así convencerte de que eres real, sin embargo, permaneces ciego a tu verdadera realidad. ¿Qué quieres ver tú?
Por encima de todo quiero ver de otra manera.
  • Es mi decisión. Elijo ver la Unidad. Elijo no dar significado al miedo, a la culpa, al castigo. Elijo dar y ser abundante. Elijo dar, no para tener, sino porque es mi condición natural. Elijo Amar y no poseer. Elijo desear y no querer. Elijo ver. Elijo Ser. ¿Cómo vas a ver las cosas en tu presente actual? 
Dios está en todo lo que veo.
  • Veo a Dios en mi hermano y, a través de él, en toda la Filiación. Veo a Dios, en cada amanecer; en cada inspiración y en cada espiración; lo reconozco en cada acto de amor; en cada expresión de gozo, de alegría, de salud, de comprensión, de perdón; lo veo en las miradas; en las palabras; en los escritos; en los símbolos y en la señales; veo a Dios en mí y lo reconozco como mi Creador. ¿Dónde no ves a Dios?
Dios está en todo lo que veo porque Dios está en mi mente.
  • Dios está en mi mente, pues he sido creado a su “imagen”, como una extensión de su Mente; como una emanación de su Pensamiento. Tengo la certeza de que soy Hijo de Dios y que mi heredad, me invita a ocupar su Trono cuando haya alcanzado mi mayoría de edad, cuando junto a mis hermanos de Filiación, hayamos conquistado la condición creadora. La Mente de Dios es Una y mi mente es Una con Dios y con su creación. ¿Ves a Dios en la mente de tu hermano? ¿Ves a Dios en la mente de aquel al que llamas enemigo?