jueves, 29 de septiembre de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 273

LECCIÓN 273

Mía es la quietud de la paz de Dios.

1. Tal vez estemos ahora listos para pasar un día en perfecta calma. 2Sl esto no fuese posible todavía, nos contentaremos y nos sentiremos más que satisfechos, con poder aprender cómo es posible pasar un día así. 3Si permitimos que algo nos perturbe, aprendamos a descartarlo y a recobrar la paz. 4Sólo necesitamos decirles a nuestras mentes con absoluta certeza: "Mía es la quie­tud de la paz de Dios", y nada podrá venir a perturbar la paz que Dios Mismo le dio a Su Hijo.

2. Padre, Tu paz me pertenece. 2¿Qué necesidad tengo de temer que algo pueda robarme lo que Tú has dispuesto sea mío para siempre? 3No puedo perder los dones que Tú me has dado. 4Por lo tanto, la paz con la que Tú agraciaste a Tu Hijo sigue conmigo, en la quietud y en el eterno amor que Te profeso.


¿Qué me enseña esta lección?


La creencia en el pecado originó el temor a Dios y, con ello, la pérdida de la Paz de la que gozaba su Hijo.

Me pregunto, ¿qué hubiese pasado, si el Hijo de Dios, no hubiese interpretado su acción de ver el mundo de otra manera, como un acto pecaminoso?

En la etapa conocida como “Paraíso”, el Hijo de Dios seguía las enseñanzas de Su Padre, vía directa, gracias a la conexión mental existente entre Creador y lo Creado.

El acto de “independencia”, o lo que es lo mismo, elegir aprender por vía propia, llevó al Hijo de Dios, a buscar externamente un canal de aprendizaje, con lo cual, abrió sus ojos al mundo exterior y descubrió que tenía un cuerpo que respondía a los mandatos de su mente.

La vía de la percepción se convirtió en el canal de aprendizaje por el cual iba adquiriendo conocimiento de sí mismo. La identificación con el cuerpo, le llevó a olvidar su verdadero origen y a adquirir la falsa creencia de que su realidad dependía de ese envoltorio material.

La idea de que el pecado era posible, le llevó a despertar un profundo temor a Dios. Su naturaleza divina, quedó relegada al olvido, y su única verdad procedía del mundo externo. Ese temor, puso fin, igualmente, al Estado de Unidad, Coherencia y Paz del que gozaba.

Recuperar ese Estado Espiritual, nos invita a rectificar el error con el que nos encontramos identificados. Debemos dejar de servir al ego, al cuerpo y a la conquista del mundo material, para reconocer nuestra verdadera identidad, nuestro verdadero Ser y expresar nuestra voluntad de ver la Unidad que impera en la Oleada de Vida Humana.

Esa visión de Unidad se traducirá en experimentar el Estado de Paz, que es nuestra condición Espiritual: Mía es la quietud de la paz de Dios.

Ejemplo-Guía: "¿Qué elegirías entre la Paz y el conflicto?

Yo lo tengo claro: la Paz. Pero, no es tan fácil como parece, el mundo no favorece ese estado de quietud.

La primera parte de lo expuesto, pienso que todos coincidiríamos al elegirla. Pero la aportación posterior, ¡cuidado!, tiene trampa. Si creemos que nuestra paz, nuestra quietud, está en manos del mundo exterior, en manos de los demás, entonces, seguiremos proyectando fuera, sin darnos cuenta, que todo lo externo es el reflejo de lo que se encuentra en nuestro interior.

En este sentido, si nos decimos, que el mundo exterior no favorece nuestro estado de quietud, lo que estamos diciendo, realmente, es que en nuestro interior no gozamos de esa paz, pues si así fuese, la veríamos en el mundo que nos rodea.

Ese proceso, forma parte de nuestro despertar. Este proceso, sitúa nuestra mente en el instante en el que reconocemos que somos los soñadores del sueño, en el instante en que reconocemos que nada externos a nosotros puede dañarnos, salvo que le otorguemos ese poder, en el instante en el que reconocemos que somos los únicos responsables de todas nuestras "causas" y por lo tanto, de todos nuestros "efectos".

Si continuamos identificados con el máximo representante del ego, el cuerpo, tan sólo podremos dar un paso importante hacia el estado, que hemos llamado quietud, si le otorgamos la función que realmente tiene en el sueño: ser un comunicador. Desde esta perspectiva, el cuerpo en si mismo no tiene capacidad para ofrecernos paz o conflicto. El cuerpo, actúa según los dictados de la mente. Por lo tanto, el no tiene la capacidad para atacar si la mente no le da esa orden; ni tiene la capacidad de hacernos gozar de un instante de paz, si la mente no le ofrece ese estado interno. Luego, dejado claro ese punto, dediquémonos a la "fuente", a la mente. Es en ella, donde debemos llevar a cabo la corrección. Si nuestra mente alcanza la visión de lo que somos; si despierta a lo que es real y lo que es ilusorio, nos permitirá gozar de la quietud que ofrece la Paz de Dios.

Es muy simple. Si te ves como Dios te ha creado, te recordarás como el Hijo de Dios: Inocente, Impecable, Pleno, Abundante, Amoroso y Uno con todo lo creado. ¿Qué puede turbar tu paz ante gloriosa visión?

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