lunes, 22 de agosto de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 235

LECCIÓN 235

Dios, en Su misericordia, dispone que yo me salve.

1. Tan sólo necesito contemplar todo aquello que parece herirme, y con absoluta certeza decirme a mí mismo: "La Voluntad de Dios es que yo me salve de esto", para que de inmediato lo vea desaparecer. 2Tan sólo necesito tener presente que la Voluntad de mi Padre para mí es felicidad, para darme cuenta de que lo único que se me ha dado es felicidad. 3Tan sólo necesito recordar que el Amor de Dios rodea a Su Hijo y mantiene su inocencia eterna­mente perfecta, para estar seguro de que me he salvado y de que me encuentro para siempre a salvo en Sus Brazos. 4Yo soy el Hijo que Él ama. 5me he salvado porque Dios en Su misericordia así lo dispuso.

2. Padre, Tu Santidad es la mía. 2Tu Amor me creó e hizo que mi ino­cencia fuese parte de Ti para siempre. 3No hay culpabilidad o pecado en mí, puesto que no los hay en Ti.


¿Qué me enseña esta lección?

La creencia en el pecado y la consecuencia derivada de dicha creencia, la culpa, nos condiciona y nos hace partícipes de un gran error: la necesidad de perpetuar la visión de que cada vez que damos, inscribimos una deuda pendiente en el libro del “Debe y del Haber”.

Si miramos a nuestro alrededor, el propio sistema social, es una declaración exacta de esa creencia, argumentada y defendida por el ego. Cuando damos, exigimos la devolución de lo que hemos dado, y en muchos contextos, exigimos, igualmente, los intereses de lo prestado.

Observemos nuestro comportamiento y descubriremos lo arraigado que se encuentra esa dinámica en nuestras creencias, sean estas consciente o inconscientes. Un amigo o un conocido nos obsequia con un regalo y de forma inmediata nos sentimos en “deuda” con él. Detrás de este sentimiento, se encuentra el rastro imborrable de las huellas de la culpabilidad. El origen de esta creencia se encuentra en la visión de que nos encontramos separados unos de otros. De hecho, el pecado original significa salid de un Estado de Unidad y pasar a un estado de separación.

Cada vez que nos relacionamos con nuestros hermanos, vemos el rostro del pecado y de la culpa en él, aunque en verdad, lo que realmente estamos haciendo es proyectar sobre ellos, nuestro propio sentimiento de pecabilidad y de culpa. Ese sentimiento, nos lleva a creer que cuando damos estamos perdiendo, de ahí que exijamos la devolución de lo que hemos dado.

La creencia en la “deuda” ha dado lugar a la creencia en la reencarnación. Volvemos una y otra vez a encarnarnos con la intención de pagar aquello que “debemos” y muchas veces no es necesario que el otro nos lo reclame, es suficiente que nosotros creamos que estamos en deuda. El miedo está sustituyendo al amor, pues de haber amor, no habría deuda.

Es hora de que liberemos nuestra consciencia de esa falsa creencia. Es hora de que amemos la misericordia que nuestro Padre nos dispensa, pues en ella, está nuestra salvación.

Es hora de que demos sin reclamar deuda alguna, pues dando a los demás, realmente estamos dándonos a nosotros mismos. Esa es la creencia en la Unidad.

Es hora de que veamos la Realidad: no hay pecado o culpabilidad en mí. Si hemos aceptado la idea de que Dios es nuestro Creador; Si hemos aceptado la verdad de que nos ha creado a Su Imagen y Semejanza, ¿cómo podemos ver culpabilidad en nosotros? Si así lo hacemos estamos aceptando que existe, igualmente, culpabilidad en Él.

Ejemplo-Guía: "Si la Voluntad de Dios es que seamos felices, ¿por qué sufrimos?

En la experiencia del "sueño" que creo estar experimentando, hago real el programa de ser padre. Digo esto, porque pienso que la conciencia que se adquiere en dicho papel nos puede ayudar a comprender la razón por la cual la Voluntad de Dios es que seamos felices.

Os puedo asegurar, que en conciencia de ego, mi felicidad pasa porque mi hijo sea feliz. Es importante hacer esa apreciación "en conciencia de ego", pues con ello estoy revelando que he recordado que soy el soñado del sueño, lo que me permite expresar que tengo la libre elección de elegir qué sueño protagonizar. Más allá de esta reflexión, soy consciente de que mi felicidad no depende de la felicidad de mi hijo. La felicidad es un estado que acompaña a la visión de la verdad de lo que somos. Tener la certeza de que somos un Ser Espiritual, en plena comunión con nuestro Hacedor, tan solo nos conduce a la felicidad.

Sí, mi voluntad es que mi hijo sea feliz, pero debe reconocer, que también he protagonizado el papel de hijo, y ello me lleva a reconocer, que a pesar de la guía incondicional y desinteresada de mi padre para que sea feliz y no sufra, no siempre he seguido su orientación, pues he preferido elegir por mi mismo. Esa libre elección, me ha llevado a experimentar dolor y sufrimiento y a reconocer que de haber seguido guía propuesta por mi padre me hubiese evitado esa experiencia.

En verdad, lo que nos invita este ejemplo es a reflexionar sobre el "libre albedrío". Si Dios pudiese intervenir en nuestras erradas decisiones, esa expresión propia de la voluntad, no se tendría. Podemos orientar, señalar el camino, pero no podemos andarlo por nadie. Desde esta visión, el error, aparece como una oportunidad de elegir de nuevo. Pero no siempre es así, y en muchas ocasiones cuando entendemos que hemos fallado, permitimos que la culpa ocupe nuestros pensamientos y emociones, llevándonos a condenarnos, privándonos así de la felicidad.

El Amor es el camino y Dios nos transmite Su Pensamiento desde la Fuente donde emana la Esencia del Amor. Todos somos Hijos del Amor y cuando esa esencia es ocultada por nuestros miedos, somos testigos de comportamientos dementes. La observación de este tipo de comportamiento nos lleva a condenar al actor de ellos. Me pregunto, qué pasaría si en vez de condenarlo, lo perdonásemos. Me pregunto, como me gustaría que me tratasen si en algún momento tengo un comportamiento reprochable. Todo acto que encuentre su causa en el miedo, la única manera de salvarlo es eligiendo una nueva causa, en este caso, la causa debe ser el Amor.

Aplicar lo que decimos en el mundo, exige un paso previo: perdonarnos. No podemos dar lo que no tenemos. No podemos liberar o cambiar nada, si nos estamos condenando a nosotros mismos. La transformación empieza por nosotros mismos.

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