miércoles, 31 de agosto de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 244

LECCIÓN 244

No estoy en peligro en ningún lugar del mundo.

1. Tu Hijo está a salvo dondequiera que se encuentre porque Tú estás allí con él. 2Sólo con que invoque Tu Nombre recordará su seguridad y Tu Amor, pues éstos son uno. 3¿Cómo puede temer, dudar o no darse cuenta de que es imposible que pueda sufrir, estar en peligro o ser infeliz cuando él te pertenece a ti, es bienamado y amoroso, y está por siempre a salvo en Tu Paternal abrazo?

2. Y ahí es en verdad donde nos encontramos. 2No hay tormenta que pueda venir a azotar el santuario de nuestro hogar. 3En Dios estamos a salvo, 4pues, ¿qué podría suponer una amenaza para Dios, o venir a asustar a lo que por siempre ha de ser parte de Él?

¿Qué me enseña esta lección?


El miedo y el temor son fabricaciones del ego y su origen se encuentra en la falta de amor.

Cuando hago referencia al Amor, estoy invocando el Principio de la Unidad. El Ser que Somos es Uno con su Creador.

El Hijo de Dios se manifiesta en el mundo con conciencia dual. De este modo, es como fabrica el concepto del mal y el concepto del bien. El error al que ha dado lugar esa mente dual es la identificación con uno u otro de estos conceptos. Hasta tal punto ha sido esto así, que hemos identificado el mal con el pecado y el bien con la salvación.

Cuando nuestra mente se identifica con la Luz, nuestros pensamientos, sentimientos y acciones son portadoras de Amor. En cambio, cuando nuestra mente se identifica con las Tinieblas, nuestros pensamientos, sentimientos y acciones son portadoras de desorden, de caos y de dolor.

La verdad está por encima de la manifestación dual, pues su origen y su final, su Alfa y su Omega, se encuentra en la Unidad. En ese estadio, la dualidad se integra en el Uno.

Si el Amor es nuestra Fuente de Creación, ningún peligro podrá dañarme. 

Ejemplo-Guía: "Me han atacado, ¿debo poner la otra mejilla, debo defenderme?"

No puedo evitar evocar una sonrisa, cuando a mi mente llega el recuerdo de los consejos recibidos en mi infancia por mis padres. Uno de los consejos más usuales, era el que me incitaba a defenderme cuando alguien me atacase. Ese mensaje protector calaba en mi conciencia como un reto que debía conseguir, y en muchas ocasiones, estaba deseoso de ser atacado para ponerlo en práctica. Aquellos momentos felices de la infancia, se convertía, por momentos, en una selva donde lo importante era sobrevivir y donde imperaba la ley del más fuerte.

Mi experiencia particular, después de haber aplicado los consejos de mi infancia, es que la mejor defensa no es el ataque. Que todo ataque, alimenta la ira y que esa emoción es el efecto, el resultado, del miedo.

Nuestra conciencia actual, ya vislumbra que el mundo que la alimenta, el mundo de la percepción, no es la realidad, no es la verdad. Pero, mientras que permanezcamos en esa dimensión densa y al mismo tiempo ilusoria, le damos valor al las vivencias y a las experiencias, del mismo modo, que damos valor y significado a lo experimentado mientras soñamos.

Un Curso de Milagros nos enseña cómo debemos tratar el mundo de las ilusiones y nos alumbra en el manejo de las situaciones donde se despiertan las emociones del miedo y de la ira:

¿Cómo se superan las ilusiones? 2Ciertamente no mediante el uso de la fuerza o de la ira, ni oponiéndose a ellas en modo alguno. 3Se superan dejando simplemente que la razón te diga que las ilusiones contradicen la realidad. 4Las ilusiones se opo­nen a lo que no puede sino ser verdad. 5La oposición procede de ellas, no de la realidad. 6La realidad no se opone a nada. 7Lo que simplemente "es" no necesita defensa ni ofrece ninguna. 8Sólo las ilusiones necesitan defensa debido a su debilidad. 9Mas ¿cómo podría ser difícil recorrer el camino de la verdad cuando la debi­lidad es el único obstáculo? 10Tú eres el fuerte en este aparente conflicto 11y no necesitas ninguna defensa. 12Tampoco deseas nada que necesite defensa, pues cualquier cosa que necesite defensa te debilitará.

2. Examina para qué desea las defensas el ego, 2y verás que siempre es para justificar lo que va en contra de la verdad, lo que se esfuma en presencia de la razón y lo que no tiene sentido. 3¿Puede esto acaso estar justificado? 4¿Qué otra cosa podría ser, sino una invitación a la demencia para que te salve de la verdad? 5¿Y de qué se te salvaría, sino de lo que temes? 6La creencia en el pecado requiere constante defensa, y a un costo exorbitante. 7Es preciso combatir y sacrificar todo lo que el Espíritu Santo te ofrece. 8Pues el pecado está tallado en un bloque que fue arran­cado de tu paz y colocado entre el retorno de ésta y tú.

3. Sin embargo, ¿cómo iba a poder estar la paz tan fragmentada? 2La paz sigue aún intacta, pues no se le ha quitado nada. 3Date cuenta de que tanto los medios como aquello de lo que se compo­nen los sueños perversos no significa nada. 4En realidad tu her­mano y tú estáis unidos y no hay nada que se interponga entre vosotros. 5Puesto que Dios os lleva de la mano, ¿qué podría sepa­rar lo que Él ha unido Consigo Mismo como un solo Ser? 6Es de tu Padre de Quien te quieres defender. 7Sin embargo, sigue siendo imposible excluir el amor. 8Dios descansa contigo serena­mente, sin defensas y en total mansedumbre, pues sólo en esa quietud se encuentra la fuerza y el poder. 9Ahí la debilidad no tiene cabida porque ahí no hay ataque, y, por lo tanto, no hay ilusiones. 10El amor descansa en la certeza. 11Sólo la incertidum­bre se defiende. 12Y toda incertidumbre no es otra cosa que las dudas que tienes acerca de ti mismo. (C.22.V.1:12)

En verdad, cuando nos defendemos del ataque de los demás, lo que estamos haciendo es defendernos del ataque que nos estamos dirigiendo a nosotros mismos. No veríamos el ataque, si no creyésemos en él, si no nos lo aplicamos a nosotros mismos. Recodemos que damos lo que tenemos. Si damos ataque, es porque ese ataque forma parte de nuestra estructura mental. Atacar, aún cuando está justificado como defensa, está revelando que en nuestra mente anida y crece la creencia en la separación. Estamos viendo a nuestros hermanos como algo separado de nosotros mismos.

martes, 30 de agosto de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 243

LECCIÓN 243

Hoy no juzgaré nada de lo que ocurra.

1. Hoy seré honesto conmigo mismo. 2No pensaré que ya sé lo que no puede sino estar más allá de mi presente entendimiento. 3No pensaré que entiendo la totalidad basándome en unos cuan­tos fragmentos de mi percepción, que es lo único que puedo ver. 4Hoy reconozco esto. 5así quedo eximido de tener que emitir juicios que en realidad no puedo hacer. 6De esta manera, me libero a mí mismo y a todo lo que veo, de modo que pueda estar en paz tal como Dios nos creó.

2. Padre, hoy dejo que la creación sea lo que es. 2Honro todos sus aspec­tos, entre los que me cuento. 3Somos uno porque cada aspecto alberga Tu recuerdo, y la verdad sólo puede derramar su luz sobre todos nosotros cual uno solo.

¿Qué me enseña esta lección?


Me zambullí en el agua. El contacto con mi cuerpo, me hizo sentir sensaciones contradictorias. Un tramo del agua me hizo apreciar su frescor y mi piel reaccionó de una manera especial; identifiqué en mi mente esa sensación con el concepto de frío. Sin embargo, al bracear unos metros, ese mismo cuerpo, despertó a otra sensación bien distinta. La calidez del agua me llevó a sentir un intenso placer; identifiqué en mi mente esa nueva sensación con el concepto de calor.

Me pregunté en ese instante, cómo hubiese reaccionado mi mente al no conocer los conceptos frío y calor. Sin darme cuenta, tenía asociado el frío con el malestar, mientras que el calor lo asociaba al placer. Me dije, que si tuviese la mente pura como la de un niño recién nacido, qué juicio extraería de aquella experiencia. Cómo reaccionaría ese niño al contacto con el frescor o calidez del agua. ¿Se sentiría molesto con el frío? ¿Se sentiría feliz con el calor?

Tomé consciencia del valor que tiene el juicio. Juzgamos, cuando nos dejamos llevar por la percepción. Es la percepción la que nos lleva a interpretar lo que experimentamos. Lo hace basándose en su fuente cognitiva, la dualidad. Es entonces, cuando valoramos lo agradable como bueno y lo desagradable como malo. Sin embargo, la percepción es unilateral y muy particular. Lo que es bueno para unos o malo para otros, puede ser valorado de manera diferente. Hemos ido más lejos, y hemos establecido costumbres y hábitos, en nuestra cultura, basadas en la percepción. A veces son tan firmes, que estamos dispuestos a defenderlas pese a quien pese.

El sesgo del juicio, nos lleva a ser arbitrarios, pues en verdad carecemos de la visión integral de aquello que estamos juzgando. Es más, el juicio que hacemos sobre lo externo es la proyección de lo que vemos en nuestro interior. Juzgamos lo que vemos externamente ante la negatividad de verlo internamente. Esta dinámica nos lleva a condenar en la medida que nos condenamos a nosotros mismos.

El despertar de la consciencia de la Unidad nos libera del hábito del juicio. Esa consciencia nos llevará a implantar la verdad más allá de la percepción y dará lugar a la mente recta.

Ejemplo-Guía: "Juzgar o no juzgar"

37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. (Lucas, 6:37)

1 No juzguéis para que no seáis juzgados. (Mateos, 7:1)

He rescatado estas dos citas del Nuevo Testamento, para introducir el tema que vamos a tratar con motivo de la Lección de hoy. Ambas citas, confirman uno de los mensajes que se repiten a lo largo de las enseñanzas de Un Curso de Milagros: dar es recibir. En la medida que hacemos uso del juicio, seremos juzgados, es decir, en la medida que sembramos, cosechamos.

Un Curso de Milagros, nos arroja mucha luz sobre el tema del juicio, y me gustaría extraer algunas referencias para ampliar nuestra visión sobre este interesante debate.

3Juzgar no es un atributo de Dios. (T.2.VIII.2:3)

Si aceptamos esta afirmación como verdadera, la cuestión que nos hemos planteado como ejemplo-guía, queda contestada de manera definitiva, pues si hemos sido creados a Imagen y Semejanza de Dios, no podemos ser diferentes a Él, lo que viene a significar, que juzgar no es un atributo que hayamos podido heredar.

Si Dios no juzga, el Hijo de Dios, tampoco. Entonces, ¿por qué juzgamos? Por la misma razón de que hemos olvidado lo que realmente somos y por haber elegido identificarnos con una imagen irreal de nosotros.

El juicio tiene su origen en el pensamiento que nos ha llevado a la percepción, a la separación. Como bien nos define el Texto, "la percepción, no puede tener lugar sin la creencia en "más" y en "menos". La percepción entraña selectivi­dad a todo nivel. Es un proceso continuo de aceptación y rechazo, de organización y reorganización, de substitución y cam­bio. Evaluar es un aspecto esencial de la percepción, ya que para poder seleccionar es necesario juzgar.
¿Qué le ocurre a la percepción en ausencia de juicios, o de nada que no sea perfecta igualdad? Percibir se vuelve imposible". 

Cuando la Biblia dice "No juzguéis y no seréis juzgados" lo que quiere decir es que si juzgamos la realidad de otros no podremos evitar juzgar la nuestra propia. 


La decisión de juzgar en vez de conocer es lo que nos hace perder la paz. Juzgar es el proceso en el que se basa la percep­ción, pero no el conocimiento. 

Los juicios siempre entrañan rechazo. Nunca ponen de relieve solamente los aspectos positivos de lo que juzgan, ya sea en nosotros o en otros. Lo que se ha percibido y se ha rechazado, o lo que se ha juzgado y se ha determinado que es imperfecto permanece en nuestra mente porque ha sido percibido. 

¿Has experimentado lo agotador que resulta estar permanentemente emitiendo juicios?

Un Curso de Milagros, nos dice a este respecto: "No tienes idea del tremendo alivio y de la profunda paz que resultan de estar con tus hermanos o contigo mismo sin emitir juicios de ninguna clase. Cuando reconozcas lo que eres y lo que tus hermanos son, te darás cuenta de que juzgarlos de cualquier forma que sea no tiene sentido. De hecho, pierdes el significado de lo que ellos son precisamente porque los juzgas. Toda incertidumbre procede de la creencia de que es imprescindible juzgar".

Tal vez te estés preguntando, cómo podemos sobrevivir en este mundo sin hacer juicios, sin valorar lo que es bueno o malo. La cuestión radica en que aún sabiendo que este mundo no es real, necesitamos saber lo que es falso o verdadero. 


En este sentido, hay que añadir un nuevo elemento al debate, me estoy refiriendo a la condenación. "La condenación es un juicio que emitimos acerca de nosotros mismo, y eso es lo que proyectamos sobre el mundo. Si lo vemos como algo condenado, lo único que veremos es lo que hemos hecho para herir al Hijo de Dios. Si contemplamos desastres y catástrofes, es que hemos tratado de crucificarlo. Si vemos santidad y esperanza, es que nos hemos unido a la Voluntad de Dios para liberarlo. Estas son las únicas alternativas que tenemos. Y lo que veamos dará testimonio de nuestra elección y nos permitirá reconocer cuál de ellas elegimos. El mundo que vemos tan sólo nos muestra cuánta dicha nos hemos permitido ver en nosotros y  aceptar como nuestra". 

Tal vez nos ayude saber, que los juicios, al igual que cualquier otra defensa, se pueden utilizar para atacar o para proteger, para herir o para sanar. Al ego se le debe llevar a juicio y allí declararlo inexistente. Sin nuestra lealtad, protección y amor, el ego no puede existir. 

He llegado a la conclusión, que mientras nos encontremos viviendo en el "sueño", el único juicio que debemos hacer, sin valor condenatorio, es negar la realidad del ego.


Un Curso de Milagros nos advierte, que "el primer paso hacia la libertad comprende separar lo falso de lo verdadero. Éste es un proceso de separación en el sentido cons­tructivo de la palabra, y refleja el verdadero significado del Apo­calipsis. Al final cada cual contemplará sus propias creaciones y elegirá conservar sólo lo bueno, tal como Dios Mismo contempló lo que había creado y vio que era bueno. A partir de ahí, la mente podrá comenzar a contemplar sus propias creaciones con amor por razón del mérito que tienen. Al mismo tiempo, la mente repudiará inevitablemente sus creaciones falsas que, en ausencia de la creencia que las originó, dejarán de existir. El único propó­sito del tiempo es "darte tiempo" para alcanzar ese juicio, el cual no es otra cosa que el juicio perfecto con respecto a tus propias creaciones perfectas. Cuando todo lo que retengas en la memo­ria sea digno de amor, no habrá ninguna razón para que sigas teniendo miedo. Ése es tu papel en la Expiación".

Ya sabemos cuál es nuestra función en este mundo, perdonar. El perdón es lo que sana la percepción de la separación. Es necesario que percibamos correctamente a nuestro hermano debido a que las mentes han elegido considerarse a sí mismas como entidades separadas.

lunes, 29 de agosto de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 242

LECCIÓN 242

Este día se lo dedico a Dios. Es el regalo que le hago.

1. Hoy no dirigiré mi vida por mi cuenta. 2No entiendo el mundo, por lo tanto, tratar de dirigir mi vida por mi cuenta es una locura. 3Mas hay Alguien que sabe qué es lo que más me conviene. 4Él se alegra de tomar por mí únicamente aquellas decisiones que me conducen a Dios. 5Pongo este día en Sus manos, pues no quiero demorar mi regreso al hogar, y es Él el que conoce el camino que me conduce a Dios.

2. Y así, ponemos este día en Tus Manos. 2Venimos con mentes comple­tamente receptivas. 3No pedimos nada que creamos desear. 4Concédenos tan sólo lo que Tú deseas que recibamos. 5Tú conoces nuestros deseos y necesidades. 6Y nos concederás todo lo que sea necesario para ayudarnos a encontrar el camino que nos lleva hasta Ti.


¿Qué me enseña esta lección?


Hoy dispongo, que mi única voluntad, sea hacer la Voluntad del Padre.

Hoy dispongo, que mi único deseo, sea lo que Dios desea para mí.

Hoy dispongo, que mi única creencia, sea Ser Uno con el Pensamiento de mi Padre.

Hoy dispongo, que todos mis actos, den testimonios del Amor.

Soy consciente, que mientras me encuentre transitando por el plano material, no entenderé las leyes que dan lugar a un mundo demente e ilusorio. Es por ello, que le dedico todos mis Pensamientos, deseos y actos a mi Padre, con el único propósito de que sea Él quién guíe mis pasos hacia el verdadero Hogar.

Con gratitud te entrego mi vida, Padre. 

Ejemplo-Guía: "Caminando en coherencia"

La coherencia, podemos definirla como la relación lógica entre dos cosas o entre las partes o elementos de algo de modo que no se produce contradicción ni oposición entre ellas. Decimos que una persona actúa en coherencia, cuando actúa en consecuencia con sus ideas o con lo que expresa.

Caminar en coherencia, siguiendo la lógica expuesta, nos invita a pensar, sentir y actuar en una misma dirección. Cuando esto no es posible, cuando pensamos, sentimos y actuamos de forma distinta, decimos que actuamos incoherentemente y uno de los efectos de este estado de desarmonía interior, da lugar, en el "sueño" que creemos estar experimentando y hacemos real, a la enfermedad.

El estado de la incoherencia, tiene su origen en el pensamiento original que llevó al Hijo de Dios a ver las cosas de manera diferente a Su Creador. Esa errónea visión dió lugar a la creencia en la separación y al adormecimiento de la consciencia Una, la cual quedó nublada por la percepción de una nueva dimensión.

Por lo tanto, la incoherencia, es la visión errónea de lo que somos. El olvido de que somos seres espirituales, dio lugar a la identificación con un envoltorio denso que tomó la forma del cuerpo físico. 

Cada vez que recordamos lo que realmente somos, recuperamos la visión Una, o lo que es lo mismo, la coherencia o estado de unidad con todo lo creado. En la coherencia, no existe conflicto de niveles. Podemos decir, que la coherencia es la manifestación de la mente recta, mientras que la incoherencia, es la expresión de la mente errada.

La Lección de hoy, nos invita a recuperar el estado de la coherencia y para ello, nos sugiere que dejemos de dirigir nuestra vida y le entreguemos el timón, de la misma, al Espíritu Santo, a la Voz que habla por Dios, para que el uso que hagamos del cuerpo y de este mundo, sea la extensión de la Voluntad de Dios.

Si nuestra mente se pone al servicio de la Luz y amamos esa Luz, la compartiremos en todas nuestras manifestaciones.

domingo, 28 de agosto de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 241


LECCION 241

En este instante santo llega la salvación.

1. ¡Qué alegría tan grande la de hoy! 2Éste es un día de una cele­bración especial. 3Pues este día le ofrece al mundo de tinieblas el instante que se fijó para su liberación. 4Ha llegado el día en que todos los pesares se dejan atrás y el dolor desaparece. 5La gloria de la salvación alborea hoy sobre un mundo que ha sido libe­rado. 6Éste es un tiempo de esperanza para millones de seres. 7Ahora ellos se unirán conforme tú los perdones a todos. 8Pues hoy tú me perdonarás a mí.

2. Ahora nos hemos perdonado los unos a los otros, y así podemos por fin regresar a Ti. 2Padre, Tu Hijo, que en realidad jamás se ausentó, retorna al Cielo y a su hogar. 3iQué contentos estamos de que se nos haya restituido la cordura y de poder recordar que todos somos uno!

¿Qué me enseña esta lección?


Nos hemos sentido culpables, desde el momento en que decidimos usar nuestro poder creador y fabricar un mundo distante y separado al de nuestro Padre. 

Decidimos abandonar el Hogar dispuesto por nuestro Creador para que creciésemos y nos desarrollásemos espiritualmente y, en cambio, dirigimos nuestra atención al mundo de la percepción, con el cual nos identificamos llegando a creer que el cuerpo es nuestra verdadera realidad.

Ese sentimiento de culpabilidad, por haber violado los preceptos de nuestro Padre, nos llevó a sentir Temor por Él, al creer que lo habíamos contrariado. Desde ese instante, decidimos crecer separados de las Leyes Divinas, lo que nos llevó a proclamar nuestras propias leyes. Sustituimos el Amor por el miedo, por el castigo, por el dolor y la Eternidad por el tiempo.

La culpa es la manifestación del pecado. Este es el pensamiento del ego. Nos creemos merecedores del castigo y de la venganza divina y, ello, nos hace esclavo del sufrimiento, de la muerte.

Cuando despertamos de ese amargo sueño, nuestro Ser añora su Libertad. El único camino que nos conduce a ser libres, es aquel que nos libera del peso del castigo y de la culpa: el camino del perdón.

Debemos perdonar nuestro pasado ancestral; debemos perdonar cualquier acción emprendida por nuestra voluntad que entendamos contraria a las Leyes de Dios; debemos perdonar a nuestros hermanos, en  los cuales proyectamos el reflejo de nuestra culpabilidad.

Nuestra única función en la Tierra es el perdón, pues, en verdad, es el verdadero camino que nos conduce a la Salvación, a la consciencia de Unidad, a la consciencia de Amor.


Ejemplo-Guía: "El instante santo"


¿Puedes imaginarte lo que sería no tener inquietudes, preocu­paciones ni ansiedades de ninguna clase, sino simplemente gozar de perfecta calma y sosiego todo el tiempo? 2Ése es, no obstante, el propósito del tiempo: aprender justamente eso y nada más. (T.15.1-2)

De este modo, da comienzo el Capítulo 15 de Un Curso de Milagros, titulado "El instante santo". Reproduciré alguno de sus párrafos, pero os recomiendo su lectura integral, pues su enseñanza es muy reveladora.

3El Maestro de Dios no puede sentirse satisfecho con Sus enseñanzas hasta que éstas no constituyan lo único que sabes. 4Su función docente no se consumará hasta que no seas un alumno tan dedi­cado que sólo aprendas de Él. 5Cuando eso haya ocurrido, ya no tendrás necesidad de un maestro, ni de tiempo en el que aprender. 
2. La razón del aparente desaliento del que tal vez padezcas es tu creencia de que ello toma tiempo y de que los resultados de las enseñanzas del Espíritu Santo se encuentran en un futuro remoto. 2Sin embargo, no es así, 3pues el Espíritu Santo usa el tiempo a Su manera, y no está limitado por él.

7El ego, al igual que el Espíritu Santo, se vale del tiempo para convencerte de la inevitabilidad del obje­tivo y del final del aprendizaje. 8Él objetivo del ego es la muerte, que es su propio fin. 9Mas el objetivo del Espíritu Santo es la vida, la cual no tiene fin.

6. ¡Cuán desolado y desesperante es el uso que el ego hace del tiempo! 2¡Y cuán aterrador! 3Pues tras su fanática insistencia de que el pasado y el futuro son lo mismo se oculta una amenaza a la paz todavía más insidiosa. 4El ego no hace alarde de su amenaza final, pues quiere que sus devotos sigan creyendo que les puede ofrecer una escapatoria. 5Pero la creencia en la culpabilidad no puede sirio conducir a la creencia en el infierno, y eso es lo que siempre hace. 6De la única manera en que el ego permite que se experimente el miedo al infierno es trayendo el infierno aquí, pero siempre como una muestra de lo que te espera en el futuro. 7Pues nadie que se considere merecedor del infierno puede creer que su castigo acabará convirtiéndose en paz. 

7. El Espíritu Santo enseña, por lo tanto, que el infierno no existe. 2El infierno es únicamente lo que el ego ha hecho del presente. 3La creencia en el infierno es lo que te impide comprender el presente, pues tienes miedo de éste. 4El Espíritu Santo conduce al Cielo tan ineludiblemente como el ego conduce al infierno. 5Pues el Espíritu Santo, que sólo conoce el presente, se vale de éste para desvanecer el miedo con el que el ego quiere inutilizar el pre­sente. 6Tal como el ego usa el tiempo, es imposible librarse del miedo. 7Pues el tiempo, de acuerdo con las enseñanzas del ego, no es sino un recurso de enseñanza para incrementar la culpabili­dad hasta que ésta lo envuelva todo y exija eterna venganza.

8. El Espíritu Santo quiere desvanecer todo esto ahora. 2No es el presente lo que da miedo, sino el pasado y el futuro, mas éstos no existen. 3El miedo no tiene cabida en el presente cuando cada instante se alza nítido y separado del pasado, sin que la sombra de éste se extienda hasta el futuro. 4Cada instante es un nacimiento inmaculado y puro en el que el Hijo de Dios emerge del pasado al presente. 5Y el presente se extiende eternamente. 6Es tan bello, puro e inocente, que en él sólo hay felicidad. 7En el presente no se recuerda la oscuridad, y lo único que existe es la inmortalidad y la dicha. 


9. Esta lección no requiere tiempo para aprenderse. 2Pues, ¿qué es el tiempo sin pasado ni futuro? 3El que te hayas descarriado tan completamente ha requerido tiempo, pero ser lo que eres no requiere tiempo en absoluto. 4Empieza a usar el tiempo tal como lo hace el Espíritu Santo: como un instrumento de enseñanza para alcanzar paz y felicidad. 5Elige este preciso instante, ahora mismo, y piensa en él como si fuese todo el tiempo que existe. 6En él nada del pasado te puede afectar, y es en él donde te encuentras completamente absuelto, complemente libre y sin condenación alguna. 7Desde este instante santo donde tu santidad nace de nuevo, seguirás adelante en el tiempo libre de todo temor y sin experimentar ninguna sensación de cambio con el paso del tiempo.


11. Si sientes la tentación de desanimarte pensando cuánto tiempo va a tomar poder, cambiar de parecer tan radicalmente, pregún­tate a ti mismo: "¿Es mucho un instante?

13. ¿Cuánto dura un instante? 2Dura tan poco para tu hermano como para ti. 3Practica conceder ese bendito instante de libertad a todos aquellos que están esclavizados por el tiempo, haciendo así que para ellos éste se convierta en su amigo. 4Mediante tu dación, el Espíritu Santo te da a ti el bendito instante que tú les das a tus hermanos. 5Al tú ofrecerlo, Él te lo ofrece a ti. 6No seas reacio a dar lo que quieres recibir de Él, pues al dar te unes a Él. 7En la cristalina pureza de la liberación que otorgas radica tu inmediata liberación .de la culpabilidad. 8Si ofreces santidad no puedes sino ser santo.


14. ¿Cuánto dura un instante? 2Dura el tiempo que sea necesario para re-establecer la perfecta cordura la perfecta paz y el perfecto amor por todo el mundo, por Dios y por ti; 3el tiempo que sea necesario para recordar la inmortalidad y a tus creaciones inmortales, que la comparten contigo; 4el tiempo que sea necesario para intercambiar el infierno por el Cielo. 5Dura el tiempo suficiente para que puedas trascender todo lo que el ego ha hecho y ascender hasta tu Padre.


¡Feliz instante santo!

sábado, 27 de agosto de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 240

LECCIÓN 240

El miedo, de la clase que sea, no está justificado.

1. El miedo es un engaño. 2Da testimonio de que te has visto a ti mismo como nunca podrías ser y, por lo tanto, contemplas un mundo que no puede ser real. 3Ni una sola cosa en ese mundo es verdad. 4Sea cual sea la forma en que se manifieste, 5sólo da fe de tus ilusiones acerca de ti mismo. 6No nos dejemos engañar hoy. 7Somos los Hijos de Dios. 8El miedo no tiene cabida en nosotros, pues cada uno de nosotros es parte del Amor Mismo.

2. ¡Cuán infundados son nuestros miedos! 2¿Ibas acaso a permitir que Tu Hijo sufriese? 3Danos fe hoy para reconocer a Tu Hijo y liberarlo. 4Perdonémosle hoy en Tu Nombre, para poder entender su santidad y sentir por él el amor que Tú también sientes por él.

¿Qué me enseña esta lección?

8Había  plantado el Señor  Dios  desde  el principio un jardín delicioso, en que colocó al hombre que había formado 9y en donde  el Señor  Dios  había hecho  nacer  de  la  tierra   misma   toda   suerte   de árboles  hermosos a la vista,  y de  frutos  suaves  al paladar:  y también  el árbol de la vida en medio del paraíso, y el árbol de la ciencia del bien y del mal...
15Tomó, pues,  el Señor Dios  al hombre,   y púsole en el paraíso de delicias, para que la cultivase y guardase. 16Diole también este  precepto diciendo: Come si  quieres del fruto de  todos los  árboles  del paraíso:  17Más del fruto del árbol de la ciencia  del bien  y del  mal  no  comas, porque  en  cualquier día que  comieres de  él,  infaliblemente morirás..." (Génesis 2, 8-17).

He recurrido a esta cita del Génesis, en un intento de buscar el origen del miedo. Comer del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal, suponía, de manera infalible, la muerte.

Hasta ese momento, la Humanidad, el Hijo de Dios, siguiendo fielmente las directrices de su Padre, no conocía la muerte. Su consciencia era la eternidad. El hecho de alimentarse de un fruto “prohibido” nos indica las recomendaciones de nuestro Padre de hacer un uso adecuado de la mente. Nuestra inexperiencia en el uso de la mente nos llevó a utilizarla erróneamente, lo que originó que fabricásemos un mundo separado de la Divinidad. Pasamos de la eternidad a la temporalidad; de la Vida a la muerte, y ese sentimiento de separación, nos produjo la creencia en la desvinculación de la Fuente del Amor y la adscripción  al sentimiento del miedo.

El Temor a Dios, al que pensábamos habíamos traicionado, nos hizo partícipes de la creencia en que habíamos pecado y, como consecuencia de ello, éramos merecedores de los más dolorosos castigos y de los más trágicos sufrimientos.

Hoy, esta lección me enseña cuan equivocados estamos. El miedo es el sustituto del Amor. Lo único que tenemos que hacer, es despertar al verdadero Ser que Somos y extender nuestra condición natural, amando a la humanidad, o lo que es lo mismo, amando nuestra divinidad.

Ejemplo-Guía: "La Liberación del miedo"


El Texto del Curso de Milagros, dentro de los 50 Principios de Milagros, dedica varios de ellos al tema del miedo. En esta ocasión os dejo las reflexiones que he recogido con relación al Principio 26:

"Los milagros representan tu liberación del miedo. 2"Expiar" significa "des-hacer". 3Deshacer el miedo es un aspecto esencial del poder expiatorio de los milagros"



Tener miedo significa que hemos actuado sin amor, al haber elegido sin amor. Ésta es precisamente la situación para la que se insti­tuyó la Expiación.

Pasemos a desmenuzar el significado del miedo, lo que nos llevará a comprender su origen y los efectos a los que da lugar en nuestras vidas. El párrafo anterior nos aporta una primera pista, al indicarnos que el miedo es la consecuencia de una elección. Es muy importante tomar consciencia de este matiz, pues nos permite reconocer, que el miedo no es algo que nos viene de afuera, no es algo que nos ataca y del cual debamos defendernos, tan solo es una elección. Yo añadiría que es una libre elección.

En la Introducción del Curso, podemos leer: Lo opuesto al amor es el miedo, pero aquello que todo lo abarca no puede tener opuestos”. Esta afirmación nos hace una primera presentación de lo que es el miedo, indicándonos que el miedo no puede pertenecer al Creador, pues Él no tiene opuestos, lo que nos lleva a pensar que el miedo es una fabricación de la mente del Hijo de Dios, surgiendo como una proyección de su mente dual, lo que dio lugar a los opuestos amor-miedo, o lo que es lo mismo, la materialización de la separación y el surgimiento del ego.

Tenemos pues, que el miedo es la fabricación del Hijo de Dios, el cual cometió el error de creer que podía usurpar el poder de Dios. Todo miedo se reduce, en última instancia, a esa básica percep­ción errónea.

Sólo nuestra mente puede producir miedo y sólo nuestra mente puede llevarnos a comprender que el miedo no es real, es una ilusión.

Como hemos adelantado, Dios no es el autor del miedo. El autor del miedo somos nosotros que hemos elegido crear en forma diferente a como crea Él. Esa elección, nos hace tener miedo de la Voluntad de Dios porque hemos usado la mente, que Él creó a semejanza de la Suya Propia, para crear falsa­mente. La mente sólo puede crear falsamente cuando creemos que no somos libres.

En esa falsa creencia se encuentran los mayores conflictos que alberga la mente humana. Dichos conflictos, traducidos en miedos, se dan cita en el inconsciente, donde se ocultan celosamente y desde donde se proyectan dando lugar a todo tipo de comportamientos dementes y condenatorios.

De hecho, los que creen en la separación tienen un miedo básico a las represalias y al abandono. Creen en el ataque y en el rechazo, de modo que eso es lo que perciben, lo que enseñan y lo que apren­den. Estas ideas descabelladas son claramente el resultado de la disociación y la proyección.

Podemos decir que el origen del miedo es una elección errónea y esta creencia ha pasado a formar parte del inconsciente colectivo de la humanidad. Cada vez que tenemos miedo es porque hemos tomado una decisión equivo­cada y esa es la razón por la que nos sentimos responsable de ello.

Si la causa del miedo es mental, es obvio que para superarlo tendremos que cambiar de mentalidad, no de comportamiento, y eso es cuestión de que estemos dispuestos a hacerlo. La corrección debe llevarse a cabo únicamente en el nivel en que es posible el cambio. El cambio no tiene ningún sentido en el nivel de las formas en los que se manifiesta el miedo,  donde no puede producir resultados.

El miedo es siempre un signo de tensión que surge cuando hay conflicto entre lo que deseamos y lo que hacemos. Asimismo, la presencia del miedo indica que hemos elevado pensa­mientos corporales al nivel de la mente.

Como hemos dicho, anteriormente, el uso incorrecto de la mente nos ha llevado a tener miedo de la Voluntad de Dios. Ese uso erróneo de la mente se ha traducido en los Textos Sagrados como un acto pecaminoso, el cual puso fin al estado de unicidad compartido por el Hijo de Dios y su Creador. Lo que se ha interpretado como “pecado”, como la violación de las Leyes de Dios, tuvo como consecuencia la creencia en la expulsión del Edén, de la Tierra Paradisiaca dispuesta por Dios para su Hijo, y lo que es lo más importante, nace el temor hacia el Creador, al creernos merecedores de su justicia vengativa.

Tener miedo de la Voluntad de Dios es una de las creencias más extrañas que la mente humana jamás haya podido concebir. Esto no habría podido ocurrir no ser que la mente hubiese estado ya tan profundamente dividida que le hubiese sido posible tener miedo de lo que ella misma es. La realidad sólo puede ser una "amenaza" para lo ilusorio, ya que lo único que la realidad puede defender es la verdad. El hecho mismo de que percibas la Volun­tad de Dios -que es lo que tú eres- como algo temible, demues­tra que tienes miedo de lo que eres. Por lo tanto, no es de la Voluntad de Dios de lo que tienes miedo, sino de la tuya”. (T-9.I.1:5)

Si advertimos la falsa creencia a la que dio lugar la elección del Hijo de Dios, descubriremos la identidad del ego, el representante de la mente dual, de la mente errónea. El ego pasó a ocupar el lugar de Dios y se erigió en  nuestra nueva identidad. Es del ego y no de Dios del que verdaderamente tenemos miedo.

Debemos reconocer que lo que menos quiere el ego es que nos demos cuenta de que le tenemos miedo. Pues si el ego pudiese producir miedo, menoscabaría nuestra independencia y debilitaría nuestro poder. Sin embargo, su único argumento para que le seamos leales es que él puede darnos poder. Si no fuera por esta creencia no le escucharíamos en absoluto. ¿Cómo iba a poder, entonces, seguir existiendo si nos diésemos cuenta de que al aceptarlo nos estamos empequeñeciendo y privándonos de poder?

El ego puede permitirnos, y de hecho lo hace, que nos consideremos altanero, incrédulo, frívolo, distante, superficial, insensible, des­pegado e incluso desesperado, pero no permite que nos demos cuenta de que realmente tenemos miedo. Minimizar el miedo, pero no deshacerlo, es el empeño constante del ego, y es una capacidad para la cual demuestra ciertamente gran ingenio. ¿Cómo iba a poder predicar separación a menos que la reforzase con miedo?, y, ¿seguiríamos escuchándole si reconociésemos que eso es lo que está haciendo?

La más seria amenaza para el ego es, pues, que nos demos cuenta de que cualquier cosa que parezca separarnos de Dios es única­mente miedo, sea cual sea la forma en que se manifieste e inde­pendientemente de cómo el ego desee que lo experimentemos. Su sueño de autonomía se estremece hasta su raíz cuando cobramos conciencia de esto. Pues si bien podemos tolerar una falsa idea de independencia, no aceptaríamos el costo en miedo que ello supone una vez que lo reconociésemos. Pero ése es su costo, y el ego no puede reducirlo. Si pasamos por alto el amor estamos pasándonos por alto a nosotros mismo, y no podremos sino tener miedo de la irrealidad porque nos habremos negado nosotros mismo. Al creer que nuestro ataque contra la verdad ha tenido éxito, creeremos que el ataque tiene poder. Dicho llanamente, pues, nos hemos vuelto temerosos de nosotros mismos. Y nadie quiere encontrar lo que cree que le destruiría.
Si se pudiese lograr el objetivo de autonomía del ego, el propó­sito de Dios podría ser truncado, y eso es imposible. Solamente aprendiendo lo que es el miedo podemos por fin aprender a distin­guir lo posible de lo imposible y lo falso de lo verdadero.

Sí, hemos mencionado que la elección del Hijo de Dios, fue interpretado, erróneamente, como un ataque contra la verdad. La cuestión que cabe plantearse es, ¿cómo corregir ese error?

Como nos indica el Curso, reconocer el miedo no es suficiente para poder escaparse de él, aunque sí es necesario para demostrar la necesidad de escapar.

Desde la mente errónea no podremos conseguir esa corrección. Debemos recurrir a la Voz que habla por Dios, el Espíritu Santo para que transforme el miedo en verdad.

“Si se te dejase con el miedo, una vez que lo hubieses reconocido, habrías dado un paso que te alejaría de la realidad en vez de acercarte a ella. No obstante, hemos señalado repetidamente la necesidad de reconocer el miedo y de confrontarlo cara a cara como un paso crucial en el proceso de desvanecer al ego. Considera entonces lo mucho que te va a servir la interpretación que hace el Espíritu Santo de los motivos de los demás. Al haberte enseñado a aceptar únicamente los pensamientos de amor de otros y a con­siderar todo lo demás como una petición de ayuda, te ha ense­ñado que el miedo en sí es una petición de ayuda. Esto es lo que realmente quiere decir reconocer el miedo. Si tú no lo proteges, el Espíritu Santo lo reinterpretará. En esto radica el valor prin­cipal de Aprender a percibir el ataque como una petición de amor. Ya hemos aprendido que el miedo y el ataque están inevitable­mente interrelacionados. Si el ataque es lo único que da miedo, y consideras al ataque como la petición de ayuda que real­mente es, te darás cuenta de la irrealidad del miedo. Pues el miedo, es una súplica de amor, en la que se reconoce inconsciente­mente lo que ha sido negado.

El miedo es un síntoma de tu profunda sensación de pérdida. Si al percibirlo en  otros aprendes a subsanar esa sensación de pérdida, se elimina la causa básica del miedo. De esa manera, te enseñas a ti mismo que no hay miedo en ti. Los medios para erradicarlo se encuentran en ti, y has demostrado esto al dárselos a otros. El miedo y el amor son las únicas emociones que eres capaz de experimentar. Una es falsa, pues procede de la nega­ción, y la negación depende, para poder existir, de que se crea en lo que se ha negado. Al interpretar correctamente el miedo como una afirmación categórica de la creencia subyacente que enmascara, estás socavando la utilidad que le has atribuido al hacer que sea inútil. Las defensas que son inservibles se abandonan auto­máticamente. Si haces que lo que el miedo oculta pase a ocupar una posición inequívocamente preeminente, el miedo deja de ser relevante. Habrás negado que puede ocultar al amor, lo cual era su único propósito. El velo que habías puesto sobre la faz del amor habrá desaparecido”. (T-12.I.8:9)

Tenemos más miedo de Dios que del ego, y el amor no puede entrar donde no se le da la bienvenida. Pero el odio sí que puede, pues entra por su propia voluntad sin que le importe la nuestra.

Hemos hecho referencia a una cuestión que no nos puede pasar inadvertida. Decíamos que nadie toleraría el miedo si lo reconociese. Sobre este particular, el Curso añade: Pero en tu trastornado estado mental no le tienes miedo al miedo. No te gusta, pero tu deseo de atacar no es lo que realmente te asusta. Tu hostilidad no te perturba seriamente. La mantienes oculta porque tienes aún más miedo de lo que encubre. Podrías examinar incluso la piedra angular más tenebrosa del ego sin miedo si no creyeses que, sin el ego, encontrarías dentro de ti algo de lo que todavía tienes más miedo. No es de la crucifi­xión de lo que realmente tienes miedo. Lo que verdaderamente te aterra es la redención.
Bajo los tenebrosos cimientos del ego yace el recuerdo de Dios, y de eso es de lo que realmente tienes miedo. Pues este recuerdo te restituiría instantáneamente al lugar donde te corresponde estar, del cual te has querido marchar. El miedo al ataque no es nada en comparación con el miedo que le tienes al amor. Estarías dispuesto incluso a examinar tu salvaje deseo de dar muerte al Hijo de Dios, si pensases que eso te podría salvar del amor. Pues éste deseo causó la separación, y lo has protegido porque no quie­res que ésta cese. Te das cuenta de que al despejar la tenebrosa nube que lo oculta el amor por tu Padre te impulsaría a contestar Su llamada y a llegar al Cielo de un salto. Crees que el ataque es la salvación porque el ataque impide que eso ocurra. Pues subya­cente a los cimientos del ego, y mucho más fuerte de lo que éste jamás pueda ser, se encuentra tu intenso y ardiente amor por Dios, y el Suyo por ti. Esto es lo que realmente quieres ocultar.
Honestamente, ¿no te es más difícil decir "te quiero” que "te odio"? Asocias el amor con la debilidad y el odio con la fuerza, y te parece que tu verdadero poder es realmente tu debilidad. Pues no podrías dejar de responder jubilosamente a la llamada del amor si la oyeses, y el mundo que creíste haber construido desaparecería. El Espíritu Santo, pues, parece estar atacando tu fuerza, ya que tú prefieres excluir a Dios. Mas Su Voluntad no es ser excluido”. (T-13.III.1:3)

El temor del ego a la Voluntad de Dios, viene acompañado de un sentimiento corrosivo para la mente recta, me estoy refiriendo a la culpabilidad.
La atracción de la culpabilidad hace que se le tenga miedo al amor, pues el amor nunca se fijaría en la culpabilidad en absoluto. La naturaleza del amor es contemplar solamente la verdad ­-donde se ve a sí mismo- y fundirse con ella en santa unión y en compleción. De la misma forma en que el amor no puede sino mirar más allá del miedo, así el miedo no puede ver el amor. Pues en el amor reside el fin de la culpabilidad tan inequívocamente como que el miedo depende de ella. El amor sólo se siente atraí­do por el amor. Al pasar por alto completamente a la culpabili­dad, el amor no ve el miedo. Al estar totalmente desprovisto de ataque es imposible que pueda temer. El miedo se siente atraído por lo que el amor no ve, y ambos creen que lo que el otro ve, no existe. El miedo contempla la culpabilidad con la misma devo­ción con la que el amor se contempla a sí mismo. Y cada uno de ellos envía sus mensajeros, que retornan con mensajes escritos en el mismo lenguaje que se utilizó al enviarlos.

El Curso dedica el Capítulo 28 al “Des-hacimiento del miedo” y nos refiere sobre este particular:

Todos los efectos de la culpabilidad han desaparecido, pues ésta ya no existe. Con su partida desaparecieron sus consecuen­cias, pues se quedaron sin causa. ¿Por qué querrías conservarla en tu memoria, a no ser que deseases sus efectos? Recordar es un proceso tan selectivo como percibir, al ser su tiempo pasado. Es percibir el pasado como si estuviese ocurriendo ahora y aún se pudiese ver. La memoria, al igual que la percepción, es una facultad que tú inventaste para que ocupase el lugar de lo que Dios te dio en tu creación. Y al igual que todas las cosas que inventaste, se puede emplear para otros fines y como un medio para obtener algo distinto. Se puede utilizar para sanar y no para herir, si ése es tu deseo”.

Tenerle miedo a Dios es tenerle miedo a la vida, no a la muerte.

¿Qué verías si no tuvieses miedo de la muerte? ¿Qué sentirías y pensarías si la muerte no te atrajese? Simplemente recordarías a tu Padre. Recordarías al Creador de la vida, la Fuente de todo lo que vive, al Padre del universo y del universo de los universos, así como de todo lo que se encuentra más allá de ellos. con­forme esta memoria surja en tu mente, la paz tendrá todavía que superar el obstáculo final, tras el cual se consuma la salvación y al Hijo de Dios se le restituye completamente la cordura. Pues ahí acaba tu mundo. (T-19.IV.D)


Con relación a la curación y el miedo, el Curso nos refiere: “Toda curación es esencialmente una liberación del miedo. Para poder llevarla a cabo, tú mismo debes estar libre de todo miedo. No entiendes lo que es la curación debido a tu propio miedo”.

La curación es la liberación del miedo a despertar, y la substi­tución de ese miedo por la decisión de despertar. La decisión de despertar refleja la voluntad de amar, puesto que toda curación supone la sustitución del miedo por el amor.

¿Qué es la curación sino el acto de despejar todo lo que obstacu­liza el conocimiento? ¿Y de qué otra manera puede uno disipar las ilusiones, excepto examinándolas directamente sin proteger­las? No tengas miedo, por lo tanto, pues lo que estarás viendo es la fuente del miedo, y estás comenzando a darte cuenta de que el miedo no es real. Te das cuenta también de que sus efectos se pueden desvanecer sólo con que niegues su realidad. El siguiente paso es, obviamente, reconocer que lo que no tiene efectos no existe. Ninguna ley opera en el vacío, y lo que no lleva a ninguna parte no ha ocurrido. Si la realidad se reconoce por su extensión, lo que no conduce a ninguna parte no puede ser real. No tengas miedo de mirar al miedo, pues no puede ser visto. La claridad, por definición, desvanece la confusión, y cuando se mira a la oscuridad a través de la luz, ésta no puede por menos que disiparla.

Iniciamos este análisis describiendo que el miedo tiene como única causa la elección errónea de la mente. Bien, para poner punto y final, al mismo, diremos que el primer paso correctivo para deshacer ese error es darse cuen­ta, antes que nada, de que todo conflicto es siempre una expresión de miedo.  Debemos decirnos a nosotros mismo que de alguna manera tenemos que haber decidido no amar, ya que de otro modo el miedo no habría podido hacer presa en nosotros. A partir de ahí, todo el proceso correc­tivo se reduce a una serie de pasos pragmáticos dentro del pro­ceso más amplio de aceptar que la Expiación es el remedio. Estos pasos pueden resumirse de la siguiente forma:
  • Reconoce en primer lugar que lo que estás experimentando es miedo.
  • El miedo procede de una falta de amor.
  • El único remedio para la falta de amor es el amor perfecto.
  • El amor perfecto es la Expiación.
En el proceso de separar lo falso de lo verdadero, el milagro procede de acuerdo con lo siguiente:

El amor perfecto expulsa el miedo.
Si hay miedo, es que no hay amor perfecto.
Mas:
Sólo el amor perfecto existe.

Si hay miedo, éste produce un estado que no existe.