domingo, 10 de julio de 2016

UCDM. Libro de Ejercicios. Lección 192

LECCIÓN 192

Tengo una función que Dios quiere que desempeñe.

1. La santa Voluntad de tu Padre es que tú lo completes, y que tu Ser sea Su Hijo sagrado, por siempre puro como Él, creado del Amor y en él, preservado, extendiendo amor y creando en su Nombre, por siempre uno con Dios y con tu Ser. 2Mas ¿qué sen­tido puede tener tal función en un mundo de envidia, odio y ataque?

2. Tienes, por lo tanto, una función en el mundo de acuerdo a sus propias normas. 2Pues, ¿quién podría entender un lenguaje que está mucho más allá de lo que buenamente puede entender? 3El perdón es tu función aquí. 4No es algo que Dios haya creado, ya que es el medio por el que se puede erradicar lo que no es verdad. 5Pues, qué necesidad tiene el Cielo de perdón? 6En la tierra, no obstante, tienes necesidad de los medios que te ayudan a abando­nar las ilusiones. 7La creación aguarda tu regreso simplemente para ser reconocida, no para ser íntegra.

3. Lo que la creación es no puede ni siquiera concebirse en el mundo. 2No tiene sentido aquí. 3El perdón es lo que más se le asemeja aquí en la tierra. 4Pues al haber nacido en el Cielo, carece de forma. 5Dios, sin embargo, creó a Uno con el poder de traducir a formas lo que no tiene forma en absoluto. 6Lo que Él hace es forjar sueños, pero de una clase tan similar al acto de despertar que la luz del día ya refulge en ellos, y los ojos que ya empiezan a abrirse contemplan los felices panoramas que esos sueños les ofrecen.

4. El perdón contempla dulcemente todas las cosas que son desco­nocidas en el Cielo, las ve desaparecer, y deja al mundo como una pizarra limpia y sin marcas en la que la Palabra de Dios puede ahora reemplazar a los absurdos símbolos que antes estaban escri­tos allí. 2El perdón es el medio por el que se supera el miedo a la muerte, pues ésta deja de ejercer su poderosa atracción y la culpa­bilidad desaparece. 3El perdón permite que el cuerpo sea perci­bido como lo que es: un simple recurso de enseñanza del que se prescinde cuando el aprendizaje haya terminado, pero que es incapaz de efectuar cambio alguno en el que aprende.

5. La mente no puede cometer errores sin un cuerpo. 2No puede pensar que va a morir o ser víctima de ataques despiadados. 3La ira se ha vuelto imposible. a¿Dónde está el terror ahora? 4¿Qué temores podrían aún acosar a los que han perdido la fuente de todo ataque, el núcleo de la angustia y la sede del temor? 5Sólo el perdón puede liberar a la mente de la idea de que el cuerpo es su hogar. 6Sólo el perdón puede restituir paz que Dios dispuso para Su santo Hijo. 7Sólo el perdón puede persuadir al Hijo a que contemple de nuevo su santidad.

6. Una vez que la ira haya desaparecido, podrás percibir que a cambio de la visión de Cristo y del don de la vista no se te pidió sacrificio alguno, y que lo único que ocurrió fue que una mente enferma y atormentada se liberó de su dolor. 2¿Es esto indesea­ble? 3¿Es algo de lo que hay que tener miedo? 4¿O bien es algo que se debe anhelar, recibir con gratitud y aceptar jubilosamente? 5Somos uno, por lo tanto, no renunciamos a nada. 6Y Dios cierta­mente nos ha dado todo.

7. No obstante, necesitamos el perdón para percibir que esto es así. 2Sin su benévola luz, andamos a tientas en la oscuridad usando la razón únicamente para justificar nuestra furia y nues­tros ataques. 3Nuestro entendimiento es tan limitado que aquello que creemos comprender no es más que confusión nacida del error. 4Nos encontramos perdidos en las brumas de sueños cam­biantes y pensamientos temibles, con los ojos herméticamente cerrados para no ver la luz, y las mentes ocupadas en rendir culto a lo que no está ahí.

8. ¿Quién puede nacer de nuevo en Cristo sino aquel que ha per­donado a todos los que ve, o en los que piensa o se imagina? 2¿Quién que mantenga a otro prisionero puede ser liberado? 3Un carcelero no puede ser libre, pues se encuentra atado al que tiene preso. 4Tiene que asegurarse de que no escape, y así, pasa su tiempo vigilándolo. 5Y los barrotes que mantienen cautivo al preso se convierten en el mundo en el que su carcelero vive allí con él. 6Sin embargo, de la liberación del preso depende que el camino de la libertad quede despejado para los dos.

9. Por lo tanto, no mantengas a nadie prisionero. 2Libera en vez de aprisionar, pues de esa manera tú quedas libre. 3Los pasos a seguir son muy sencillos. 4Cada vez que sientas una punzada de cólera, reconoce que sostienes una espada sobre tu cabeza. 5Y ésta te atravesará o no, dependiendo de si eliges estar condenado o ser libre. 6Así pues, todo aquel que aparentemente te tienta a sentir ira representa tu salvador de la prisión de la muerte. 7Por lo tanto, debes estarle agradecido en lugar de querer infligirle dolor.

10. Sé misericordioso hoy. 2El Hijo de Dios es digno de tu miseri­cordia. 3Él es quien te pide que aceptes el camino de la libertad ahora. 4No te niegues a ello. 5El Amor que su Padre le profesa te lo profesa a ti también. 6Tu única función aquí en la tierra es perdo­narlo, para que puedas volver a aceptarlo como tu Identidad. 7Él es tal como Dios lo creó. 8tú eres lo que él es. 9Perdónale ahora sus pecados y verás que eres uno con él.

  
¿Qué me enseña esta lección?

Me pregunto, ¿qué es la vida?

Desde que nací, he ido identificándome con las percepciones físicas que mi cuerpo me transmite. 

He sentido hambre y mi cuerpo me ha demandado alimento que sacie mi necesidad. 

Sí, he aprendido, desde muy pequeño, que el mundo en el que vivo y que estoy percibiendo como mi hogar, es un mundo de necesidad.

Mi cuerpo me demanda alimentos y mis sentimientos me demandan afectos. Sé que debo sonreír para despertar esa misma sonrisa en mis cuidadores, esto parece gustarles y se muestran más amables y felices cuando ven que yo también manifiesto felicidad. Con el tiempo, he aprendido a distinguir que no siempre puedo mantener ese sentimiento de felicidad y poco a poco, echo en falta las demostraciones de amor de mi familia.

Me enseñan que es preciso ser el mejor en todo; que siendo el mejor puedo llegar lejos; puedo labrarme un futuro de abundancia que me permitirá tener todo cuanto quiera. Yo no dejo de preguntarme, ¿qué puede ser más importante que la sonrisa de mis padres, el abrazo de una madre o el reconocimiento de un padre? Pero esas cosas, me dicen, no me darán de comer el día de mañana.

Sí, he crecido con ese propósito de ser el mejor. La verdad, es muy cansado intentar ser en todo momento el mejor, pues muchas cosas de las que hago, no me gustan, pero no me atrevo a decírselo a mis padres, pues se entristecerían y dejarían de reír.

Reconozco que ya no me río como antes. Algunas veces me cuesta trabajo recordar cuándo fue la última vez que reí. Ahora soy un “hombre de provecho”. Sí, he conseguido ser el mejor. Tengo cuanto quiero. Una hermosa casa; un magnífico coche. Soy director general en una de las empresas más importantes del país. Tengo todo lo que deseo, menos una cosa, que echo verdaderamente de menos, no tengo tiempo para reír.

Muchas veces me he hecho esta pregunta: ¿Ha merecido la pena pagar tan alto precio por perder aquello que más felicidad me aportaba? ¿Cuánto daría ahora por recuperar las ganas de reír?

La vida no puede simplificarse como un corto viaje entre el nacimiento y la muerte. Si así fuese, vivir no tendría sentido. Ese tránsito vital en el que el ego ha puesto sus más absurdas creencias, es tan sólo una ilusión.

La vida tiene otro sentido mucho más liberador, pero para hacer real esta visión debemos reconocer que el mundo físico no es real y su única función es permitirnos expresar los valores espirituales de los que somos portadores.

La más elevada función que podemos expresar en el este mundo es el perdón, pues esta expresión es la manifestación del Amor. Cuando perdonamos, estamos extendiendo el poder liberador del Amor. Cuando perdonamos, recuperamos la paz interior, la felicidad y, de nuevo, estamos en condiciones de reír y de expresar nuestra inocencia.


Ejemplo-Guía: "Respira perdón y sabrás lo que es la paz"

Puede que para alguno de los que leáis esta líneas, las juzguéis de una manera u otra, pero os aseguro, que son compartidas desde la certeza de que tan sólo dos de nosotros nos pusiésemos de acuerdo en practicar el ejercicio gratuito de respirar "perdón", estaríamos activando el interruptor sagrado que ha de dispensarnos la Luz necesaria para experimentar la verdadera vida.

Como bien sabemos, respirar, consiste en dos acciones, la de inspirar (inhalar) y la de espirar (exhalar). Cuando inspiramos, recibimos el oxígeno necesario para la vida física y cuando espiramos, expulsamos el dióxido de carbono. La vida en el mundo físico comienza con el acto de inspirar, sin embargo, ese ser que toma vida en el mundo con ese primer acto, ya se encontraba vivo en el interior de la madre y era alimentado directamente por su creador. 

Al salir al exterior, esa conexión directa se interrumpe y se produce una invitación a tomar por nosotros mismos el acto de vivir y para ello, tenemos que inspirar y espirar, es decir, tenemos que hacer uso del acto de respirar.

Mientras que permanecemos en el viente materno, nuestra madre, nos protege, nos alimenta y nos aporta lo necesario para que la vida se manifieste en nuestro ser. En ese estado, no se concibe miedo, culpa, temor, odio o rencor.

Cuando en nuestro ejemplo-guía hemos vinculado al acto de respirar el perdón, lo que pretendo dar a entender, es que, la vida, la verdadera vida, tan solo será posible cuando utilizando el mecanismo que empleamos para la vida física, la respiración, conseguimos que todo nuestro ser se impregne de la esencia que nos devuelve al estado original de comunicación con nuestro Creador: el perdón.

Estoy seguro, que tú, al igual que yo y al igual que el resto de nuestros hermanos, anhelamos experimentar la paz. En mi ingenuidad, me pregunto, ¿quién puede preferir la guerra, el ataque, el terror, a la paz y a la dicha?
Sin embargo, a pesar de que esta pregunta suele tener una misma respuesta, no estamos dispuestos a dar el paso definitivo para hacerla una realidad. Los motivos, se encuentran en la raíz que da origen al miedo, en la creencia en la separación.

Respirar perdón, exige de nosotros estar dispuesto, en primer lugar, a recibir el perdón, es decir, en llenarnos de él. Tan solo de esta manera, podemos compartirlo. No es fácil perdonarnos. Un niño, comete un error, se lo recriminamos y al poco tiempo ha olvidado la ofensa. Un adulto, un adolescente, recibe un agravio y lo guarda en su interior, colocando como carceleros, al orgullo, a la vanidad, al odio, al rencor, etc, para asegurar que estará bien custodiado. Sin embargo, la tendencia natural del prisionero es evadirse, salir al exterior, y cuando se produzca un descuido de sus carceleros, lo conseguirá. Mientras que esto ocurre, en un deseo de ser fieles a nuestra conducta interna, proyectamos nuestros juicios condenatorios sobre aquellos en los que apreciamos nuestra propia conducta reprobada. Pero un día, la vida nos sorprenderá viendo como nuestro prisionero interno se escapa y nos hace consciente de que durante todo ese tiempo habíamos ocultado nuestra verdadera personalidad.

La Lección de hoy nos recuerda una vez más que nuestra Función en este mundo es perdonar. No es posible gozar de la dicha de la Paz, mientras que no nos hayamos perdonados y mientras no perdonemos a los que hemos condenado.

Busquemos en nuestro interior, dónde se encuentra ese prisionero que nos priva de la libertad. No tienes que ir a ningún psicólogo, ni terapeuta, aunque si lo prefieres, puedes hacerlo. Recuerda que no nos encontramos separados de los demás. Cada uno de nosotros, somos para el/los otros un espejo donde poder identificarnos. Si tienes dificultad para encontrar aquello que debes perdonar, analiza tu comportamiento, tus puntos de vista sobre los demás. Cuando te descubras juzgando y condenando sus hábitos, su manera de ser, su comportamiento, toma nota de ellos, pues están hablando más de ti que de ellos. Bendícelos por ese acto de complicidad que te permite llevar a cabo la función que Dios te ha encomendado: perdonar.

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