jueves, 19 de noviembre de 2015

Principio 50: "El milagro compara lo que tú has hecho con la creación..."

PRINCIPIO 50

El milagro compara lo que tú has hecho con la creación, aceptando como cierto lo que concuerda con ella, y rechazando como falso lo que no.



¿Quién no se ha preguntado, en alguna ocasión, si su comportamiento en el mundo de la ilusión es acorde a las Leyes de Dios?

¿Existe algún modo de saber si hemos adquirido consciencia de que somos el soñador del sueño o por el contrario, seguimos sumidos en la más profunda inconsciencia del sueño?

¿Nuestros pasos nos acercan hacia las puertas que nos conducen de retorno al Cielo, o por el contrario, permanecemos perdidos entre los múltiples ídolos con los que nos identificamos?

En otras palabras, ¿estamos permitiendo que los milagros se extiendan en nuestra vida llevándonos a ver con nitidez la diferencia existente a la hora de crear o fabricar, o lo que es lo mismo, haciéndonos co-creadores con nuestro Padre, como mensajeros de la Unidad, o por el contrario, seguimos sirviendo a la ilusión, manteniendo la irrealidad del mundo material?

Sí, cuando hemos superados la necesidad de ver el mundo con los ojos del juicio y hemos entregado al Espíritu Santo nuestra mente, es cuando se produce el milagro, pues dejamos de percibir un mundo separado y en su lugar, se nos muestra un mundo cuántico, donde el Todo está en la Unidad y la Unidad está en el Todo.
Nos refiere el título de este Principio, que el milagro compara todo aquello que hemos hecho en sintonía con la creación, es decir, con la Verdad y todas nuestras falsas creaciones, lo que el Curso llama “fabricaciones” y que están en sintonía con la falsedad.

Vamos a dedicar, este espacio, a analizar más de cerca los conceptos “crear” y “fabricar”.

La mente elige dividirse a sí misma cuando elige inventar sus propios niveles. Pero no puede separarse completamente del espíritu, ya que de éste es de donde deriva todo su poder para fabricar o para crear. Aun en la creación falsa la mente está afirmando su Origen, pues, de otro modo, simplemente dejaría de existir. Esto último, no obstante, es imposible, ya que la mente le pertenece al espíritu que Dios creó, y que, por lo tanto, es eterno.

Desde que se produjo la separación ha habido una gran confusión entre las palabras "crear" y "fabricar": Cuando fabricamos algo, lo hacemos como resultado de una sensación específica de carencia o de necesidad. Nada que se haya hecho con un propósito específico tiene la capacidad de poder generalizarse. Cuando hacemos algo para remediar lo que percibimos como una insuficiencia, estamos afirmando tácitamente que creemos en la separación.

El ego ha inventado un gran número de sistemas de pensamiento ingeniosos con ese propósito. Mas ninguno de ellos es creativo. La inventiva, aun en su manifestación más ingeniosa, es un esfuerzo en vano. Su naturaleza sumamente específica apenas se compara con la creatividad abstracta de las creaciones de Dios.

Pero, ¿qué es la creación? Para responder a esta cuestión, vamos a recordar lo expuesto en la introducción de la Lección 321 del Libro de Ejercicios de Un Curso de Milagros:

“La creación es la suma de todos los Pensamientos de Dios, en número infinito y sin límite alguno en ninguna parte. Sólo el Amor crea, y únicamente a Su semejanza. Jamás hubo tiempo alguno en el que todo lo que creó no existiese. Ni jamás habrá tiempo alguno en que nada que haya creado sufra merma alguna. Los Pensamientos de Dios han de ser por siempre y para siempre exactamente como siempre han sido y como son: inalterables con el paso del tiempo, así como después de que éste haya cesado.

Los Pensamientos de Dios poseen todo el poder de su Creador. Pues Él quiere incrementar el Amor extendiéndolo. Y así, Su Hijo participa en la creación, y, por lo tanto, no puede sino compartir con su Padre el poder de crear. Lo que Dios ha dispuesto que sea uno eternamente, lo seguirá siendo cuando el tiempo se acabe, y no cambiará a través del tiempo, sino que seguirá siendo tal como era antes de que surgiera la idea del tiempo.

La creación es lo opuesto a todas las ilusiones porque es la verdad. La creación es el santo Hijo de Dios, pues en la creación Su Voluntad es plena con respecto a todo, al hacer que cada parte contenga la Totalidad. La inviolabilidad de su unicidad está garantizada para siempre, perennemente a salvo dentro de Su santa Voluntad, y más allá de cualquier posibilidad de daño, separación, imperfección o de nada que pueda mancillar en modo alguno su impecabilidad.

Nosotros, los Hijos de Dios, somos la creación. Parecemos estar separados y no ser conscientes de nuestra eterna unidad con Él. Sin embargo, tras todas nuestras dudas y más allá de todos nuestros temores, todavía hay certeza, pues el Amor jamás abandona Sus Pensamientos, y ellos comparten Su certeza. El recuerdo de Dios se encuentra en nuestras mentes santas, que son conscientes de su unicidad y de su unión con su Creador. Que nuestra función sea únicamente permitir el retorno de este recuerdo y que Su Voluntad se haga en la tierra, así como que se nos restituya nuestra cordura y ser solamente tal como Dios nos creó.

Nuestro Padre nos llama. Oímos Su Voz y perdonamos a la creación en Nombre de su Creador, la Santidad Misma, Cuya santidad Su creación comparte con Él; Cuya santidad sigue siendo todavía parte de nosotros”.

Si te estás preguntando, qué puedes hacer con todo lo que has fabricado, permanece tranquilo, aquieta tu mente, pues lo que tú has fabricado siempre se puede cambiar porque cuando no piensas como Dios, en realidad no estás pensando en absoluto.
Nos indica el Curso, que las ideas ilusorias no son pensamientos reales, si bien podemos creer en ellas. Pero eso es un error. La función del pensamiento procede de Dios y reside en Dios. Puesto que formamos parte de Su Pensamiento, no podemos pensar separados de Él.

Considero importante saber, que la verdad no está ausente aquí, pero está velada. De hecho, no sabemos cuál es la diferencia entre lo que hemos fabricado y lo que Dios creó, y de este modo no sabemos cuál es la diferencia entre lo que hemos fabricado y lo que hemos creado. Creer que podemos percibir el mundo real es creer que podemos conocernos a nosotros mismo. Podemos conocer a Dios porque Su Voluntad es que se le conozca. De todo lo que hemos fabricado, el mundo real es lo único que el Espíritu Santo ha conservado para nosotros, y la salvación consiste en percibir únicamente eso, ya que es el reconocimiento de que la realidad es únicamente lo que es verdad.

El camino de la salvación, nos invita a que reconozcamos que hemos  fabricado el mundo que vemos, y que reconozcamos, igualmente, que no nos hemos creado a nosotros mismos, ya que ambas creencias tratan el mismo error.

Nada que nuestro Creador no haya crea­do puede ejercer influencia alguna sobre nosotros. Y si creemos que lo hemos hecho puede dictarnos lo que debemos ver y sentir, y tenemos fe en que puede hacerlo, estamos negando a nuestro Creador y creyendo que somos nuestros propios hacedores.

Hemos de tener presente, que las creaciones del Hijo son semejantes a las de su Padre. Mas al crearlas, el Hijo no se engaña a sí mismo pensando que él es independiente de su Fuente. Su unión con Ella es la Fuente de su capacidad para crear. Aparte de esto no tiene poder para crear, y lo que hace no significa nada, no altera nada en la creación, depende enteramente de la locura de su hacedor y ni siquiera podría servir para justificarla.

Nos señala el Curso, que nada que hayamos fabricado tiene poder alguno sobre nosotros, a menos que todavía queramos estar separados del Creador y tener una voluntad que se oponga a la Suya. Pues sólo si creemos que Su Hijo puede ser Su enemigo parece entonces posible que lo que hemos inventado sea asimismo enemigo nuestro.

Las imágenes que fabricamos no pueden prevalecer contra lo que Dios Mismo quiere que seamos. Por lo tanto, no debemos tener miedo de la tentación, sino reconocerla como lo que es: una oportunidad más para elegir de nuevo, y dejar que la fortaleza de Cristo impere en toda circunstancia y lugar donde antes habíamos erigido una imagen de nosotros mismo.

Para finalizar con este estudio, haré referencia al Capítulo 3 del Curso de Milagros  y más concretamente al capítulo VII, titulado “Crear en contraposición a fabricar una imagen propia”. En él, extraeremos algunas orientaciones que nos ayudarán a comprender cómo el pensamiento del ego, al igual que el pensamiento del Espíritu Santo, se convierten en los pilares de nuestro sistema de creencias por las que regimos nuestras vidas.

Todo sistema de pensamiento tiene que tener un punto de par­tida. Empieza ya sea creando o fabricando, diferencia ésta a la que ya hemos hecho referencia. La semejanza entre ambas cosas reside en el poder que tienen como cimientos. Su diferencia, en lo que descansa sobre ellas. Ambas son piedras angulares de sistemas de creencias por las que uno rige su vida. Creer que un sis­tema de pensamiento basado en mentiras es débil es un error. Nada que un Hijo de Dios haya hecho carece de poder. Es esen­cial que te des cuenta de esto, pues, de lo contrario, no podrás escapar de la prisión que tú mismo has construido.

No puedes resolver el problema de la autoridad menospre­ciando el poder de tu mente. Hacer esto es engañarte a ti mismo, y ello te hará daño porque realmente comprendes el poder de la mente. Comprendes también que no puedes debilitarla, de la misma manera en que tampoco puedes debilitar a Dios. El "dia­blo" es un concepto aterrador porque parece ser sumamente poderoso y sumamente dinámico. Se le percibe como una fuerza que lucha contra Dios por la posesión de Sus creaciones. El dia­blo engaña con mentiras, y erige reinos en los que todo está en directa oposición a Dios. Sin embargo, atrae a los hombres en vez de repelerlos, y éstos están dispuestos a "venderle" sus almas a cambio de regalos sin ningún valor. Esto no tiene ningún sentido.

Hemos hablado ya de la caída o separación, mas su significado tiene que comprenderse claramente. La separación es un sistema de pensamiento que si bien es bastante real en el tiempo, en la eternidad no lo es en absoluto. Para el creyente todas sus creen­cias son ciertas. En el jardín simbólico se "prohibió" la fruta de un solo árbol. Mas Dios no pudo haberla prohibido, o, de lo contra­rio, nadie la habría podido comer. Si Dios conoce a Sus Hijos, y yo te aseguro que los conoce, ¿cómo iba a ponerles en una situa­ción en la que su propia destrucción fuese posible? AI "árbol pro­hibido" se le llamó "el árbol del conocimiento". Sin embargo, Dios creó el conocimiento y se lo otorgó libremente a todas Sus creacio­nes. Este simbolismo se ha interpretado de muchas maneras, pero puedes estar seguro de que cualquier interpretación que con­ciba a Dios o a Sus creaciones como capaces de destruir Su Propio propósito es errónea.

Comer de la fruta del árbol del conocimiento es una expresión que simboliza la usurpación de la capacidad de auto-crearse. Solamente en este sentido no son Dios y Sus creaciones co-creado­res. La creencia de que lo son está implícita en el "auto-concepto", o sea, la tendencia del ser a forjar una imagen de sí mismo. Las imágenes sólo se pueden percibir, no conocer. El conocimiento no puede engañar, pero la percepción sí. Puedes percibirte como tu propio creador, pero lo que a lo sumo puedes hacer es creerlo. No puedes hacer que sea verdad. Y como dije anteriormente, cuando por fin percibas correctamente no podrás sino alegrarte de que así sea. Hasta entonces, empero, la creencia de que sí puedes es la piedra angular de tu sistema de pensamiento, y utili­zas todas tus defensas para atacar las ideas que podrían ponerla al descubierto. Todavía crees que eres una imagen que tú mismo fabricaste. Tu mente está en desacuerdo con el Espíritu Santo en este punto, y no hay posibilidad de resolver esto mien­tras te empeñes en creer lo que es literalmente inconcebible. Ésa es la razón de que no puedas crear y de que tengas miedo de todo lo que fabricas.

La mente puede hacer que la creencia en la separación sea muy real y aterradora, y esta creencia es lo que es el "diablo". Es una idea poderosa, dinámica y destructiva que está en clara oposición a Dios debido a que literalmente niega Su Paternidad. Examina tu vida y observa lo que el diablo ha hecho. Pero date cuenta de que eso que ha hecho se desvanecerá completamente a la luz de la verdad, ya que su cimiento es una mentira. El hecho de que Dios te haya creado constituye el único cimiento que no puede ser debilitado, ya que la luz se encuentra en él.   Mucho se ha visto desde entonces, pero en realidad no ha ocurrido nada. Tu Ser no ha dejado de estar en paz, a pesar de que tu mente está en conflicto. Todavía no has retornado lo suficiente, y de ahí que tengas tanto miedo. A medida que te acercas a tu Origen, expe­rimentas el miedo a la destrucción de tu sistema de pensamiento como si se tratase del miedo a la muerte. Pero la muerte no existe. Lo que existe es la creencia en la muerte.


La rama que no da fruto será cortada y se secará. ¡Alégrate de que sea así! La luz brillará desde la verdadera Fuente de la vida, y tu forma de pensar quedará corregida. No puede ser de otra manera. Tú que tienes miedo de la salvación estás eligiendo la muerte. Vida y muerte, luz y oscuridad, conocimiento y percepción, son conceptos irreconciliables. Creer que se pueden re­conciliar es creer que Dios y Su Hijo no pueden reconciliarse. Sólo la unicidad del conocimiento está libre de conflicto. Tu reino no es de este mundo porque te fue dado desde más allá de él. La idea de un problema de autoridad tiene sentido única­mente en este mundo. Al mundo no se le abandona mediante la muerte sino mediante la verdad, y la verdad sólo la pueden cono­cer aquellos para quienes el Reino fue creado, y por quienes espera”. (T.3.VII.1:6)

martes, 3 de noviembre de 2015

Principio 49: "El milagro no distingue entre diferentes grados de percepción errónea."

PRINCIPIO 49

El milagro no distingue entre diferentes grados de percepción errónea. Es un recurso para sanar la percepción que es eficaz independientemente del grado o dirección del error. En eso radica su verdadera imparcialidad.


Estamos, sin duda, ante la idea central de las enseñanzas del Curso: “no hay grado de dificultad en los milagros”, o dicho de otra manera, “no existe la dualidad”.

La lógica aceptada por el ego le lleva a la creencia de que todo cuanto ocurre en el mundo con el que se encuentra identificado es susceptible de manifestarse con diferentes grados de dificultad. Esto quiere decir que, habitualmente, solemos clasificar los problemas en grados y niveles. Una enfermedad, un conflicto, se mide en grados de gravedad. Nuestra respuesta no es la misma, si el diagnóstico médico es un resfriado, que si es una neumonía o si se trata de un cáncer de pulmón.
No reaccionamos igual ante una pelea callejera, que ante una ruptura matrimonial.

Podríamos decir, que para cambiar esas creencias, requeriremos un nuevo enfoque, una nueva visión, o lo que es lo mismo, necesitamos trascender las leyes temporales, basadas en la clasificación de niveles y grados de dificultad.

Hoy vamos a ver cómo, independientemente de las mentiras que nos hayamos creído, para el mila­gro son irrelevantes, pues puede sanar cualquiera de ellas con la misma facilidad. El milagro no hace distinciones entre diferentes percepciones falsas. Su única finalidad es distinguir entre la ver­dad por un lado y el error por otro. Algunos milagros pueden parecer más difíciles de obrar que otros, pero no podemos olvidarnos del primer principio de este curso: no hay grados de dificultad en los milagros.

Para el Espíritu Santo no hay grados de dificultad en los mila­gros. A estas alturas, esto debería resultarnos ya bastante familiar, aunque no es algo que todavía estemos dispuestos a creer.

Las enseñanzas del Curso, nos revela, que es mucho lo que todavía nos queda por hacer en favor del Reino como para pasar por alto este concepto tan crucial. Es realmente una de las piedras angulares del sistema de pensamiento que nos enseña Jesús y que quiere que nosotros enseñemos. No podemos obrar milagros sin creer en él, ya que es una creencia en la perfecta igualdad. El único regalo idéntico que se les puede ofrecer a los Hijos idénticos de Dios, es apreciarlos completamente. Ni más ni menos. Sin una gama variable, la idea de grados de dificultad carece de sentido, y no debe haber gama alguna en lo que le ofrecemos a nuestro hermano.

Es importante recordar, que los milagros demuestran que el aprendizaje ha tenido lugar bajo la debida dirección, pues el aprendizaje es invisible y lo que se ha aprendido sólo se puede reconocer por sus resultados. Su generalización se demuestra a medida que lo ponemos en práctica en más y más situaciones. Reconoceremos que hemos aprendido que no hay grados de dificultad en los milagros cuando los apliquemos a todas las situaciones. No hay situación a la que los milagros no sean aplicables, y al aplicarlos a todas las situaciones el mundo real será nuestro.

Un desarrollo más completo de este Principio, nos exige profundizar en el Capítulo 14, más concretamente en el apartado X, titulado “La igualdad de los milagros”:

La igualdad de los milagros
Cuando ninguna percepción se interponga entre Dios y Sus creaciones, o entre Sus Hijos y las suyas, el conocimiento de la creación no podrá sino continuar eternamente. Los reflejos que aceptas en el espejo de tu mente mientras estás en el tiempo o bien te acercan a la eternidad o bien te alejan de ella. Pero la eternidad en sí está más allá del tiempo. Salte del tiempo y con la ayuda del reflejo de la eternidad en ti, extiéndete y tócala. Y pasarás del  tiempo a la santidad tan inevitablemente como el reflejo de la santidad exhorta a todos a dejar a un lado la culpabi­lidad. Sé un reflejo de la paz del Cielo aquí y lleva este mundo al Cielo, pues el reflejo de la verdad atrae a todo el mundo a ésta, y a medida que todos entran en ella, dejan atrás todos los reflejos.

En el Cielo la realidad no se refleja, sino que se comparte. Al compartir su reflejo aquí, su verdad se vuelve la única percep­ción que el Hijo de Dios acepta. De este modo aflora en él el recuerdo de su Padre, y a partir de ése momento nada más puede satisfacerle, excepto su propia realidad. Vosotros en la tierra no tenéis idea de lo que significa no tener límites, pues el mundo en el que aparentemente vivís es un mundo de límites. No es cierto que en este mundo pueda ocurrir algo que no conlleve grados de dificultad. El milagro, por lo tanto, tiene una función única, y lo inspira un Maestro único que trae las leyes de otro mundo a éste. Obrar milagros es lo único que puedes hacer que transciende la idea de grados de dificultad, pues los milagros no están basados en diferencias sino en la igualdad.

Los milagros no compiten entre sí, y el número de milagros que puedes obrar es ilimitado. Pueden ser legión y a la vez simultáneos. Esto no es difícil de entender una vez que concibes que son posibles. Lo que más cuesta entender es que la falta de grados de dificultad que caracteriza al milagro es algo que tiene que proce­der de otra parte y no de aquí. Desde el punto de vista del mundo, eso es imposible.

Tal vez te hayas dado cuenta de que tus pensamientos no com­piten entre sí, y de que, aunque estén en conflicto entre sí, pue­den ocurrir simultáneamente y con gran profusión. Puedes ciertamente estar tan acostumbrado a eso que ya apenas te sor­prenda. No obstante, estás acostumbrado también a clasificar algunos de tus pensamientos como más importantes o mejores que otros, como más sabios, productivos o valiosos. Esto es cierto con respecto a los pensamientos que se les ocurren a los que creen vivir separados. Pues algunos pensamientos son refle­jos del Cielo, mientras que otros los suscita el ego, el cual tan sólo aparenta pensar.

El resultado de todo esto es un patrón zigzagueante y variable que nunca descansa y jamás se detiene. Se mueve incesante­mente por todo el espejo de tu mente, y los reflejos del Cielo aparecen fugazmente para luego desvanecerse, a medida que la oscuridad los envuelve. Allí donde había luz, la oscuridad la elimina en un instante, dando lugar a que patrones que alternan entre la luz y la oscuridad atraviesen tu mente sin tregua. La poca cordura que aún te queda permanece ahí gracias a un sen­tido de orden que tú mismo estableces. Mas el hecho mismo de que puedas hacer eso y seas capaz de imponer orden donde reina el caos, demuestra que tú no eres un ego y que en ti tiene que haber algo más que un ego. Pues el ego es caos, y si eso fuese lo único que hay en ti, te sería imposible imponer ningún tipo de orden. No obstante, aunque el orden que le impones a tu mente limita al ego, también te limita a ti. Ordenar es juzgar y clasificar por medio de juicios. Por lo tanto, es una función que le corresponde al Espíritu Santo, no a ti.

Te parecerá difícil aprender que no tienes ninguna base para poner orden en tus pensamientos. El Espíritu Santo te enseña esta lección ofreciéndote los ejemplos deslumbrantes de los milagros, a fin de mostrarte que tu modo de ordenar es desacertado, pero que se te ofrece uno mejor. El milagro responde siempre de la misma manera ante cualquier petición de ayuda. No la juzga. Simplemente reconoce lo que es y responde consecuentemente. No se detiene a considerar qué petición es más importante, más urgente o más apremiante. Tal vez te preguntes por qué se te pide que hagas algo que no requiere que emitas ningún juicio, cuando todavía eres prisionero de los juicios. La respuesta es muy simple: el poder de Dios, no el tuyo, es el que engendra los milagros. El milagro en sí no hace sino dar testimonio de que el poder de Dios se encuentra dentro de ti. Ésa es la razón de que el milagro bendiga por igual a todos los que de alguna manera son partícipes en él, y ésa es también la razón de que todos sean partícipes en él. El poder de Dios es ilimitado. Y al ser siempre máximo, ofrece todo a cualquiera que se lo pida. No hay grados de dificultad en esto. A una petición de ayuda se le presta ayuda. (Cap. 14.X.1:6)


En verdad, cuando creemos que es imposible que no haya grados de difi­cultad en los milagros, lo único que estás diciendo es que hay algunas cosas que no queremos entregarle a la verdad. Creemos que la verdad no podría resolverlas debido únicamente a que preferimos mantenerlas ocultas de la verdad. Dicho llanamente, nuestra falta de fe en el poder que sana todo dolor emana de nuestro deseo de conservar algunos aspectos de la realidad y reservarlos para la fantasía. ¡Si tan sólo comprendiésemos cuánto afecta esto nuestra apreciación de la totalidad! Aquello que nos reservamos sólo para nosotros, se lo quitamos a Aquel que quiere liberarnos. A menos que se lo devolvamos, nuestra pers­pectiva de la realidad permanecerá inevitablemente distorsionada y sin corregir.


Mientras deseemos que esto siga siendo así, seguiremos albergando la ilusión de que hay grados de dificultad en los milagros. Pues habremos sembrado la idea de grados de realidad al darle una parte de ésta a un maestro, y la otra al otro. De este modo, aprendemos a tratar con una parte de la verdad de una manera, y con la otra de otra. Fragmentar la verdad es destruirla, pues ello la desprovee de todo significado. El concepto de grados de realidad es un enfoque que denota falta de entendimiento, un marco de referen­cia para la realidad con el que realmente no se la puede comparar en absoluto.

sábado, 3 de octubre de 2015

Principios 47 y 48 de Un Curso de Milagros

PRINCIPIOS 47 y 48

El milagro es un recurso de aprendizaje que reduce la necesidad del tiempo. Establece un intervalo temporal fuera de lo normal que no está sujeto a las leyes usuales del tiempo. En ese sentido es intemporal.

El milagro es el único recurso que tienes a tu inmediata disposición para controlar el tiempo. Sólo la revelación lo trasciende al no tener absolutamente nada que ver con el tiempo.



Reducir, controlar, trascender el tiempo. No es la primera vez que nos acercamos a la idea del tiempo. Ya lo hicimos al analizar el Principio 15, donde se recoge que el “tiempo es, por lo tanto, un recurso de enseñanza y un medio para alcanzar un fin. El tiempo cesará cuando ya no sea útil para facilitar el aprendizaje”.

En el Principio 19, veíamos como “los milagros reflejan, por lo tanto, las leyes de la eternidad, no las del tiempo”.

Y en el Principio 25, se nos revela, que “los milagros son parte de una cadena eslabonada de perdón que, una vez completa, es la Expiación. La Expiación opera todo el tiempo y en todas las dimensiones del tiempo”.

Cuando tuvimos ocasión de abordar esos tres Principios nos centramos, principalmente, en el estudio de los conceptos “milagro” y “expiación”. En esta ocasión, aprovecho la nueva oportunidad que nos ofrece los Principios 47 y 48 para dedicar un monográfico al concepto “tiempo”.

Para empezar, comparto una de las afirmaciones recogidas a lo largo de las enseñanzas de Un curso de Milagros que, sin duda, removerá esa zona de confort que nos proporciona nuestras creencias:

“El tiempo no existe realmente”. “Ni el espacio ni el tiempo tienen ningún sentido. Ambos son meramente creencias”.

Estas afirmaciones pueden despertar en nosotros diferentes reacciones. Desde la negación, más absoluta, hasta la participación consciente en hacerla real.
Me siento tentado a ofrecer referencias recientes, en el campo científico, que nos ayudarán a ver la cuestión del tiempo desde una perspectiva muy diferente, pero abordar este tema desde dicho enfoque nos exigiría ocupar un espacio, que dimensionaría excesivamente el propósito de este estudio, por lo que me conformaré con centrarme en las aportaciones procedentes de Un Curso de Milagros.
Simplemente, referir, que desde las teorías newtonianas, pasando por la de Einstein, hasta llegar al nuevo paradigma abordado por la Física Cuántica, el concepto tiempo ha evolucionado notablemente, hasta el punto, que se está muy cerca de la corroboración científica de que el tiempo no existe realmente.

¡Pero el tiempo es muy real! Es el argumento del ego, es su creencia, lo que le lleva a su aceptación sin reservas. Sin embargo, el único aspecto del tiempo que es eterno es el ahora.

Hablar de ego, es hablar de tiempo. Hablar de ego, es hablar de separación, luego, la creencia en la separación, nos lleva a la creencia en el tiempo. Podemos decir, que antes de la separación los actos eran innecesarios porque no existía la creencia en el tiempo ni en el espacio.

La creación falsa hizo que el tiempo fuese necesario como recurso de corrección.

¿Qué estado existía antes del que el tiempo existiese para el ego?

Es posible que esta pregunta forme parte de otras muchas que se despiertan en nuestra mente cuando se aborda el tema del tiempo. El Texto del Curso nos ofrece una respuesta, que no nos dejará indiferentes:

El presente existe desde antes de que el tiempo diese comienzo y seguirá existiendo una vez que éste haya cesado. En el presente se encuentran todas las cosas que son eternas, las cuales son una. La continuidad de esas cosas es intemporal y su comunicación jamás puede interrumpirse, pues no están separadas por el pasado. Sólo el pasado puede producir separación, pero el pasado no está en ninguna parte”.

El Padre de la Iglesia cristiana San Agustín escribió que el tiempo existe sólo dentro del universo creado, de manera que Dios existirá fuera del tiempo, ya que para Dios no existe pasado ni futuro, sino únicamente un eterno presente.

En contraposición a la anterior afirmación, diremos que el único propósito que el ego percibe en el tiempo, es que, bajo su dirección, haya continuidad entre pasado y futuro, y que el presente quede excluido a fin de que no se pueda abrir ninguna brecha en su propia continuidad. Su continuidad, por consiguiente, nos mantiene en el tiempo, mientras que el Espíritu Santo quiere liberarnos de él.

Para el ego, el pasado adquiere un especial sentido, pues al basar su sistema de creencia en la culpa, es mediante esa visión que se aferra al pasado. Pues la culpa­bilidad determina que seremos castigados por lo que hemos hecho, y, por lo tanto, depende del tiempo unidimensional, que comienza en el pasado y se extiende hasta el futuro. Nadie que crea esto puede entender lo que significa "siempre", y de este modo la culpabilidad le impide apreciar la eternidad. Somos inmortales por­que somos eternos, y "siempre" no puede sino ser ahora.

Los sentimientos de culpabilidad son los que perpetúan el tiempo. Inducen miedo a las represalias o al abandono, garanti­zando así que el futuro sea igual que el pasado. En esto consiste la continuidad del ego, la cual le proporciona una falsa sensación de seguridad al creer que no podemos escaparnos de ella. Pero no sólo podemos, sino que tenemos que hacerlo. Dios nos ofrece a cambio la continuidad de la eternidad. Cuando decidimos hacer este intercambio, reemplazamos simultáneamente la culpabilidad por la dicha, la crueldad por el amor y el dolor por la paz. ­

Hemos dicho, anteriormente, que el Espíritu Santo nos ayuda a liberarnos del tiempo, que es lo mismo que decir, que quiere liberarnos de la falsa creencia en la separación y en la culpa como única vía de redención.

El Espíritu Santo hace uso del tiempo, pero no cree en, él. Puesto que Él procede de Dios, usa todo para el bien, pero no cree en lo que no es verdad.

¿Cómo nos ayuda el Espíritu Santo a conseguir esa corrección?

A través de la Expiación. Este concepto ha sido desarrollado, ampliamente, en el estudio de otro Principio, por lo que no nos vamos extender más sobre su significado. Lo que sí haremos es indicar que la Expiación se instituyó dentro de la creencia en el tiempo y en el espacio para fijar un límite a la necesidad de la creencia misma, y, en última instancia, para completar el aprendizaje. La Expiación es la lección final.

La evolución es un proceso en el que aparentemente pasamos de una etapa a la siguiente. Corregimos los tropiezos previos yendo hacia adelante. Este proceso es realmente incomprensible en tér­minos temporales, puesto que retornamos a medida que avanzamos. La Expiación es el medio a través del cual podemos liberarnos del pasado a medida que avanzamos. La Expiación desvanece los erro­res que cometimos en el pasado, haciendo de este modo innecesario el que sigamos volviendo sobre nuestros pasos sin avanzar hacia nuestro retorno. En este sentido la Expiación ahorra tiempo, pero al igual que el milagro al que sirve, no lo abole. Es más, mientras siga habiendo necesidad de Expiación, seguirá habiendo necesidad de tiempo. Pero la Expiación, en cuanto que plan que ya se ha completado, tiene una relación única con el tiempo. Hasta que la Expiación no se complete, sus diversas fases evolucionarán en el tiempo, pero la Expiación en su totalidad se encuentra al final del tiempo. En ese punto el puente de retorno ya se ha construido.

El milagro no abole el tiempo, pero reduce al mínimo su necesidad, es decir, acelera el proceso de aprendizaje y corrección.

Un Curso de Milagros nos dice a este respecto: En el plano longitudinal u horizontal el reconocimiento de la igualdad de los miembros de la Filiación parece requerir un tiempo casi interminable. El milagro, no obstante, entraña un cambio súbito de la percepción horizontal a la vertical. Esto introduce un inter­valo del cual tanto el que da como el que recibe emergen mucho más adelantados en el tiempo de lo que habrían estado de otra manera. El milagro, pues, tiene la propiedad única de abolir el tiempo en la medida en que hace innecesario el intervalo de tiempo que abarca. No existe relación alguna entre el tiempo que un milagro tarda en llevarse a cabo y el tiempo que abarca. El milagro substituye a un aprendizaje que podría haber durado miles de años. Lo hace en virtud del reconocimiento implícito de la perfecta igualdad que existe entre el que da y el que recibe en la que se basa el milagro. El milagro acorta el tiempo al producir su colapso, eliminando de esta manera ciertos intervalos dentro del mismo. Hace esto, no obstante, dentro de la secuencia tem­poral más amplia”. (T.1.II.5:2)

La decisión básica del que se ha decidido por el camino de los milagros es no esperar en el tiempo más de lo necesario. EI tiempo puede causar deterioro y también puede desperdiciarse. El que obra milagros, por lo tanto, acepta gustosamente el factor de control del tiempo. Reconoce que cada colapso de tiempo nos acerca más a todos al punto en el que finalmente nos podemos liberar de él y en el que el Hijo y el Padre son uno.

Si un número suficiente de nosotros llega a alcanzar una mentalidad verdaderamente milagrosa, este proceso de acortar el tiempo puede llegar a ser virtualmente inconmensu­rable.

Tanto el tiempo como la eternidad se encuen­tran en nuestra mente, y estarán en conflicto hasta que percibamos el tiempo exclusivamente como un medio para recuperar la eterni­dad. Mientras el tiempo perdure en nuestra mente nos veremos obligados a elegir. El tiempo en sí es algo que hemos elegido. Si queremos recordar la eternidad, debemos contemplar sólo lo eterno. Si permitimos que lo temporal nos preocupe, estaremos viviendo en el tiempo. Nuestra elección estará determinada por lo que valoremos. El tiempo y la eternidad no pueden ser ambos rea­les porque se contradicen entre sí. Sólo con que aceptemos lo intem­poral como lo único que es real, empezaremos a entender lo que es la eternidad y a hacerla nuestra.

Nos dice el Curso, que debemos aprender que sólo la paciencia infinita produce resultados inmediatos. Así es como el tiempo se intercambia por la eternidad. La paciencia infinita recurre al amor infinito, y, al producir resultados ahora hace que el tiempo se haga innecesario. Como ya hemos dicho, el tiempo es un recurso de aprendizaje que será abolido cuando ya no sea necesario. El Espí­ritu Santo, que habla en favor de Dios en el tiempo, sabe también que el tiempo no tiene sentido.

¿Tiene alguna utilidad el tiempo?

Para responder a esta cuestión, voy a exponer parte del contenido que se recoge en el capítulo 15 del Curso de Milagros, titulado, “Los dos usos del tiempo”:

¿Puedes imaginarte lo que sería no tener inquietudes, preocu­paciones ni ansiedades de ninguna clase, sino simplemente gozar de perfecta calma y sosiego todo el tiempo? Ése es, no obstante, el propósito del tiempo: aprender justamente eso y nada más. El Maestro de Dios no puede sentirse satisfecho con Sus enseñanzas hasta que éstas no constituyan lo único que sabes. Su función docente no se consumará hasta que no seas un alumno tan dedi­cado que sólo aprendas de Él. Cuando eso haya ocurrido, ya no tendrás necesidad de un maestro, ni de tiempo en el que aprender.
La razón del aparente desaliento del que tal vez padezcas es tu creencia de que ello toma tiempo y de que los resultados de las enseñanzas del Espíritu Santo se encuentran en un futuro remoto. Sin embargo, no es así, pues el Espíritu Santo usa el tiempo a Su manera, y no está limitado por él. Él tiempo es Su amigo a la hora de enseñar. No causa deterioro en Él como lo hace en ti. Todo el deterioro que el tiempo parece ocasionar se debe únicamente a tu identificación con el ego, que se vale del tiempo para reforzar su creencia en la destrucción. El ego, al igual que el Espíritu Santo, se vale del tiempo para convencerte de la inevitabilidad del obje­tivo y del final del aprendizaje. Él objetivo del ego es la muerte, que es su propio fin. Mas el objetivo del Espíritu Santo es la vida, la cual no tiene fin”.

“(…) El infierno es únicamente lo que el ego ha hecho del presente. La creencia en el infierno es lo que te impide comprender el presente, pues tienes miedo de éste. El Espíritu Santo conduce al Cielo tan ineludiblemente como el ego conduce al infierno. Pues el Espíritu Santo, que sólo conoce el presente, se vale de éste para desvanecer el miedo con el que el ego quiere inutilizar el pre­sente. Tal como el ego usa el tiempo, es imposible librarse del miedo. Pues el tiempo, de acuerdo con las enseñanzas del ego, no es sino un recurso de enseñanza para incrementar la culpabili­dad hasta que ésta lo envuelva todo y exija eterna venganza”.
             
“El Espíritu Santo quiere desvanecer todo esto ahora. No es el presente lo que da miedo, sino el pasado y el futuro, mas éstos no existen. El miedo no tiene cabida en el presente cuando cada instante se alza nítido y separado del pasado, sin que la sombra de éste se extienda hasta el futuro. Cada instante es un nacimiento inmaculado y puro en el que el Hijo de Dios emerge del pasado al presente. Y el presente se extiende eternamente. Es tan bello, puro e inocente, que en él sólo hay felicidad. En el presente no se recuerda la oscuridad, y lo único que existe es la inmortalidad y la dicha.
Esta lección no requiere tiempo para aprenderse. Pues, ¿qué es el tiempo sin pasado ni futuro? El que te hayas descarriado tan completamente ha requerido tiempo, pero ser lo que eres no requiere tiempo en absoluto. Empieza a usar el tiempo tal como lo hace el Espíritu Santo: como un instrumento de enseñanza para alcanzar paz y felicidad. Elige este preciso instante, ahora mismo, y piensa en él como si fuese todo el tiempo que existe. En él nada del pasado te puede afectar, y es en él donde te encuentras completamente absuelto, complemente libre y sin condenación alguna. Desde este instante santo donde tu santidad nace de nuevo, seguirás adelante en el tiempo libre de todo temor y sin experimentar ninguna sensación de cambio con el paso del tiempo”.

“Si sientes la tentación de desanimarte pensando cuánto tiempo va a tomar poder, cambiar de parecer, tan radicalmente, pregún­tate a ti mismo: "¿Es mucho un instante?" ¿No le ofrecerías al Espíritu Santo un intervalo de tiempo tan corto para tu propia salvación? 3Él no te pide nada más, pues no tiene necesidad de nada más. Requiere mucho más tiempo enseñarte a que estés dis­puesto a darle a Él esto que lo que Él tarda en valerse de ese ínfimo instante para ofrecerte el Cielo, en su totalidad. A cambio de ese instante, Él está listo para darte el recuerdo de la eternidad.
Mas nunca le podrás dar al Espíritu Santo ese instante santo en favor de tu liberación, mientras no estés dispuesto a dárselo a tus hermanos en favor de la suya. Pues el instante de la santidad es un instante que se comparte, y no puede ser sólo para ti. Cuando te sientas tentado de atacar a un hermano, recuerda que su ins­tante de liberación es el tuyo. Los milagros son los instantes de liberación que ofreces y que recibirás. Dan testimonio de que estás dispuesto a ser liberado y a ofrecerle el tiempo al Espíritu Santo a fin de que Él lo use para Sus propósitos.
¿Cuánto dura un instante? Dura tan poco para tu hermano como para ti. Practica conceder ese bendito instante de libertad a todos aquellos que están esclavizados por el tiempo, haciendo así que para ellos éste se convierta en su amigo. Mediante tu dación, el Espíritu Santo te da a ti el bendito instante que tú les das a tus hermanos. Al tú ofrecerlo, Él te lo ofrece a ti. No seas reacio a dar lo que quieres recibir de Él, pues al dar te unes a Él. En la crista­lina pureza de la liberación que otorgas radica tu inmediata libe­ración .de la culpabilidad. Si ofreces santidad no puedes sino ser santo.
¿Cuánto dura un instante? Dura el tiempo que sea necesario para re-establecer la perfecta cordura la perfecta paz y el per­fecto amor por todo el mundo, por Dios y por ti; el tiempo que sea necesario para recordar la inmortalidad y a tus creaciones inmortales, que la comparten contigo; el tiempo que sea necesa­rio para intercambiar el infierno por el Cielo. Dura el tiempo suficiente para que puedas trascender todo lo que el ego ha hecho y ascender hasta tu Padre”.

Es una experiencia muy común, compartida por los estudiantes de Un Curso de Milagros, creer que liberarnos del tiempo, nos supondrá mucho tiempo. Sin embargo, el Texto del Curso nos invita a pensar de otra manera bien distinta cuando nos dice lo siguiente:

Dios te dio Su Maestro para que reemplazase al que tú inven­taste, no para que estuviese en conflicto con él. Y lo que Él ha dispuesto reemplazar ya ha sido reemplazado. El tiempo tan solo duró un instante en tu mente, y no afectó a la eternidad en absoluto. Y así es con todo el tiempo que ha pasado; y todo per­manece exactamente como era antes de que se construyese el camino que no lleva a ninguna parte. El brevísimo lapso de tiempo en el que se cometió el primer error -en el que todos los demás errores están contenidos- encerraba también la Corrección de ese primer error y de todos los demás que partieron de él. Y en ese breve instante el tiempo desapareció, pues eso es lo que jamás fue. Aquello a lo que Dios dio respuesta ha sido resuelto y ha desaparecido.

A ti que aún crees vivir en el tiempo sin saber que ya desapare­ció, el Espíritu Santo te sigue guiando a través del laberinto infi­nitamente pequeño e insensato que todavía percibes en el tiempo a pesar de que ya hace mucho que desapareció. Tú crees estar viviendo en lo que ya pasó. Cada cosa que ves la viste sólo por un instante, hace mucho, antes de que su irrealidad sucumbiese ante la verdad. No hay ni una sola ilusión en tu mente que no haya recibido respuesta. La incertidumbre se llevó ante la cer­teza hace tanto tiempo que es ciertamente difícil seguir abrigán­dola en tu corazón como si aún estuviese ante ti.

Este ínfimo instante que deseas conservar y hacer eterno, se extinguió tan fugazmente en el Cielo que ni siquiera se notó. Lo que desapareció tan rápidamente que no pudo afectar el conoci­miento del Hijo de Dios, no puede estar aún ahí para que lo pue­das elegir como maestro. Sólo en el pasado -un pasado inmemo­rial, demasiado breve como para poder erigir un mundo en respuesta a la creación- pareció surgir este mundo. Ocurrió hace tanto tiempo y por un intervalo tan breve que no se perdió ni una sola nota del himno celestial. Sin embargo, en cada acto o pensa­miento que aún no hayas perdonado, en cada juicio y en cada creencia en el pecado, se evoca ese instante, como si se pudiese volver a reconstruir en el tiempo. Lo que tienes ante tus ojos es una memoria ancestral. Y quien vive sólo de recuerdos no puede saber dónde se encuentra.

El perdón es lo que nos libera totalmente del tiempo y lo que nos permite aprender que el pasado ya pasó. Ya no se oye hablar a la locura. Ya no hay ningún otro maestro ni ningún otro camino. Pues lo que ha sido erradicado ha dejado de existir. ¿Y quién puede encontrarse en una ribera lejana, y soñar que está al otro lado del océano en un lugar y en un tiempo que hace mucho que desaparecieron? ¿Cómo iba a poder impedir este sueño que él esté donde realmente está? Pues donde él está es un hecho, y sus sueños, de la clase que sean, no pueden cambiarlo. Con todo, puede imaginarse que está en otro lugar y en otro tiempo. Lo que a lo sumo puede hacer es engañarse a sí mismo creyendo que eso es verdad y convertirlo de meras imaginaciones en creencias y en locura, completamente convencido de que donde prefiere estar es donde está.

Mas ¿podría eso impedirle estar donde está? ¿Es cualquier eco del pasado que él pueda oír un hecho en comparación con lo que se puede oír donde él está ahora? 3¿Y en qué medida pueden sus propias ilusiones con respecto al tiempo y al espacio cambiar el lugar donde él realmente está?

Lo que no se ha perdonado es una voz que llama desde un pasado que ya pasó para siempre. Y lo único que lo considera real es el deseo de que lo que ya pasó pueda volver a ser real y verse aquí y ahora, en lugar de lo que realmente se encuentra aquí y ahora. ¿Supone esto acaso un obstáculo para la verdad de que el pasado ya pasó y de que no se te puede devolver? ¿Y querrías conservar ese temible instante en el que el Cielo pareció desapa­recer y a Dios se le temió y se le convirtió en el símbolo de tu odio?

Olvídate de ese momento de terror que ya hace tanto tiempo que se corrigió y se des-hizo. ¿Podría acaso el pecado resistir la Voluntad de Dios? ¿Podría estar en tus manos poder ver el pasado y ubicarlo en el presente? No puedes volver a él. Y todo lo que señala hacia él no hace sino embarcarte en una misión cuya consecución sólo podría ser irreal. Tal es la justicia que tu Amoroso Padre se aseguró de que se hiciese contigo. Y te ha protegido de tu propia injusticia contra ti mismo. No puedes extraviarte porque no hay otro camino que el Suyo y no puedes ir a ninguna parte excepto hacia Él.

¿Cómo iba a permitir Dios que Su Hijo se extraviase por un camino que es sólo la memoria de un instante que hace mucho que pasó? Este curso te enseña sólo lo que es ahora. Un terrible instante de un pasado lejano que ha sido completamente corregi­do no es motivo de preocupación ni tiene valor alguno. Deja que lo muerto y lo pasado descansen en el olvido. La resurrección ha venido a ocupar su lugar. Y ahora tú eres parte de la resurrec­ción, no de la muerte. Ninguna ilusión del pasado tiene el poder de retenerte en un lugar de muerte: la bóveda en la que el Hijo de Dios entró por un instante, para ser instantáneamente restaurado al perfecto Amor de su Padre. ¿Y cómo iba a podérsele mantener encadenado cuando hace tanto tiempo que se le liberó de las cadenas, que éstas desaparecieron de su mente para siempre?

El Hijo que Dios creó sigue siendo tan libre como Dios lo creó. Renació en el mismo instante en que eligió morir en vez de vivir. ¿Y te negarías ahora a perdonarlo porque cometió un error en un pasado que Dios ni siquiera recuerda y que no existe? Estás ahora oscilando entre el pasado y el presente. A veces el pasado te parece real, como si fuese el presente. Oyes voces del pasado y luego dudas de que las has oído. Eres como alguien que aún tiene alucinaciones, pero que no está seguro de lo que percibe. Ésta es la zona fronteriza entre los dos mundos, el puente entre el pasado y el presente. Aquí todavía ronda la sombra del pasado; sin embargo, se vislumbra ya la luz del presente. Una vez que esta luz se ve, es imposible olvidarse de ella. Y esa luz te rescatará del pasado y te conducirá al presente, donde realmente te encuentras.

Las sombrías voces no alteran las leyes del tiempo ni las de la eternidad. Proceden de lo que ya pasó y dejó de existir, y no suponen ningún obstáculo para la verdadera existencia del aquí y del ahora. El mundo real es la contrapartida a la alucinación de que el tiempo y la muerte son reales, y de que tienen una existen­cia que puede ser percibida. Esta terrible ilusión fue negada en el mismo lapso de tiempo que Dios tardó en responder a ella para siempre y en toda circunstancia. Y entonces desapareció y dejó de experimentarse como algo que estaba ahí.

Cada día, y cada minuto de cada día, y en cada instante de cada minuto, no haces sino revivir ese instante en el que la hora del terror ocupó el lugar del amor. Y así mueres cada día para vivir otra vez, hasta que cruces la brecha entre el pasado y el presente, la cual en realidad no existe. Esto es lo que es toda vida: un apa­rente intervalo entre nacimiento y muerte y de nuevo a la vida; la repetición de un instante que hace mucho que desapareció y que no puede ser revivido. Y el tiempo no es otra cosa que la creencia demente de que lo que ya pasó todavía está aquí y ahora.

Perdona el pasado y olvídate de él, pues ya pasó. Ya no te encuentras en el espacio que hay entre los dos mundos. Has seguido adelante y has llegado hasta el mundo que yace ante las puertas del Cielo. Nada se opone a la Voluntad de Dios ni hay necesidad de que repitas una jornada que hace mucho que con­cluyó. Mira a tu hermano dulcemente, y contempla el mundo donde la percepción de tu odio ha sido transformada en un mun­do de amor”.  (T.26.V.3:14)

Cada vez que repaso este capítulo del Curso, me ratifico más en pensar que su contenido corresponde a una de las lecciones más maravillosas, sobre metafísica, que he podido leer. Si logramos aplicar su mensaje, habremos dado un importante paso hacia la Salvación y hacia la Iluminación.

El tiempo parece ir en una dirección, pero cuando lleguemos a su final, se enrollará hacia el pasado como una gran alfombra extendida detrás de nosotros y desaparecerá. Mien­tras sigamos creyendo que el Hijo de Dios es culpable seguiremos caminando a lo largo de esa alfombra, creyendo que conduce a la muerte. Y la jornada parecerá larga, cruel y absurda, pues en efecto, lo es.

Cuando ninguna percepción se interponga entre Dios y Sus creaciones, o entre Sus Hijos y las suyas, el conocimiento de la creación no podrá sino continuar eternamente. Los reflejos que aceptamos en el espejo de nuestra mente mientras estamos en el tiempo o bien nos acercan a la eternidad o bien nos alejan de ella. Pero la eternidad en sí está más allá del tiempo.

Sigamos el consejo que nos comparte el Curso para alcanzar nuestro estado original, la eternidad:


Salte del tiempo y con la ayuda del reflejo de la eternidad en ti, extiéndete y tócala. Y pasarás del  tiempo a la santidad tan inevitablemente como el reflejo de la santidad exhorta a todos a dejar a un lado la culpabi­lidad. Sé un reflejo de la paz del Cielo aquí y lleva este mundo al Cielo, pues el reflejo de la verdad atrae a todo el mundo a ésta, y a medida que todos entran en ella, dejan atrás todos los reflejos”. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

Principio 46: "El Espíritu Santo es el medio de comunicación más elevado".

PRINCIPIO 46

El Espíritu Santo es el medio de comunicación más elevado. Los milagros no entrañan ese tipo de comunicación, debido a que son medios temporales de comunicación. Cuando retornes a la forma original de comunicación con Dios, por revelación directa, los milagros dejarán de ser necesarios.


Dios creó a cada mente comunicándole Su Mente, y estableciéndola así para siempre como un canal para Su Mente y Su Voluntad”.

“Tanto la existencia como el estado de ser se basan en la comuni­cación”.

Con estas dos afirmaciones, doy comienzo al estudio de un tema que considero de gran interés, la comunicación, cuya interpretación bajo las enseñanzas de Un Curso de Milagros, adquiere un significado muy diferente al que le otorga el saber convencional. A lo largo de este análisis tendremos ocasión de hablar de los distintos rostros de la comunicación.

La primera frase con la que hemos dado comienzo a este artículo, nos enseña que somos frutos de la comunicación, pues fue la vía elegida por nuestro Creador para dar lugar a nuestra existencia y a nuestro estado de ser.
Podemos decir, que el estado natural de relación con nuestro Creador es la comunicación directa o revelación.

Sin embargo, esa comunicación directa se interrumpió al inventar, el Hijo de Dios, otra voz.

Es importante que recordemos que Dios no está dentro de nosotros en un sentido literal, más bien, nosotros formamos parte de Él. Cuando elegimos abandonarlo nos dio una Voz para que hablase por Él, pues ya no podía compartir Su conocimiento con nosotros libre­mente. Esa Voz es el Espíritu Santo.
Dios no guía porque lo único que puede hacer es compartir Su perfecto conocimiento. Guiar entraña evaluación, ya que implica que hay una manera correcta de proceder y otra incorrecta, una que se debe escoger y otra que se debe evitar. Al escoger una, renunciamos a la otra. Elegir al Espíritu Santo es elegir a Dios.

El Espíritu Santo es nuestro Guía a la hora de elegir. Reside en la parte de nuestra mente que siempre habla en favor de la elección correcta porque habla por Dios. Él es el último nexo de comuni­cación que nos queda con Dios, comunicación que podemos inte­rrumpir, pero no destruir.

Hablemos de la comunicación desde la perspectiva del ego.

El ego es aquella parte de la mente que cree que lo que define nuestra existencia es la separación. Lo único que el ego percibe es un todo separado, desprovisto de las relaciones que presupone el estado de ser. El ego, por lo tanto, está en contra de la comunicación, excepto cuando se utiliza para establecer separación en vez de para abolirla. El sistema de comunicación del ego se basa en su propio sistema de pensa­miento, al igual que todo lo demás que él impone. Su comunica­ción está controlada por la necesidad que tiene de protegerse, e interrumpirá la comunicación siempre que se sienta amenazado. Esta interrupción es una reacción hacia una o varias personas determinadas. El carácter específico de la manera de pensar del ego da lugar, entonces, a generalizaciones falsas que no son realmente abstractas en absoluto. El ego simplemente responde, de ciertas formas específicas, a todo lo que percibe como relacionado.

Decíamos al principio, que tanto la existencia como el estado de ser se basan en la comunicación. La existencia, sin embargo, es específica en cuanto a qué, cómo y con quién vale la pena entablar comunicación. El estado de ser carece por completo de estas distinciones. Es un estado en el que la mente está en comunicación con todo lo que es real. En la medida en que permitamos que ese estado se vea coartado, en esa misma medida estaremos limitando la idea que tenemos acerca de nuestra propia realidad, la cual se vuelve total únicamente cuando reconocemos a toda la realidad en el glorioso contexto de la verdadera relación que tiene con nosotros.

Podemos leer en el Texto de UCDM  con respecto a Dios, que a menos que desempeñemos el papel que nos corresponde en la creación, Su gozo no será total porque el nuestro no lo es. Y Él ciertamente sabe esto. Lo sabe en Su Propio Ser y en la experiencia que Su Ser tiene de la experiencia del Hijo. El constante fluir de Su Amor se obstruye cuando Sus canales están cerrados, y se siente solo cuando las mentes que Él creó no se comunican plenamente con Él.

La revelación no es suficiente porque es una comunicación de Dios hacia nosotros solamente. Dios no tiene necesidad de que se le devuelva la revelación, lo cual sería claramente imposible, pero sí desea que se transmita a otros. Esto no se puede hacer con la revelación en sí, pues su contenido no puede ser expresado debido a que es algo sumamente personal para la mente que lo recibe. No obstante, dicha mente la puede extender a otras men­tes, mediante las actitudes generadas por la sabiduría que se deriva de la revelación.

Para el ego, la comunicación es separación, pues separa mediante el cuerpo, el único referente de su identidad. El Espíritu Santo, en cambio, utiliza el cuerpo para llegar a otros a través de él.

Para el Espíritu Santo el cuerpo es únicamente un medio de comunicación. Al ser el nexo de comunicación entre Dios y Sus Hijos separados, el Espíritu Santo interpreta todo lo que hemos hecho a la luz de lo que Él es.
No percibimos a nuestros hermanos tal como el Espíritu Santo lo hace porque no creemos que los cuerpos sean únicamente medios para unir mentes.

¿Qué características tiene las vías de comunicación fabricadas por el ego?

Hablamos haciendo uso de símbolos turbios y engañosos y no entendemos el lenguaje que hemos inventado. No tiene sentido, pues su propósito no es facilitar la comunicación, sino interrum­pirla. Si el propósito del lenguaje es facilitar la comunicación, ¿cómo puede tener sentido dicha lengua? Mas incluso este extraño y tergiversado esfuerzo de querer comunicar no comunicando, contiene suficiente amor como para hacer que tenga sen­tido si su intérprete no es su hacedor. Nosotros que la inventamos sólo estamos expresando conflictos, y el Espíritu Santo quiere liberarnos de ellos.

Por lo tanto, pongamos en Sus manos lo que queremos comunicar. Él lo inter­pretará con perfecta claridad, pues sabe con Quién estás en per­fecta comunicación.

Otra peculiaridad es que no sabemos lo que decimos, y, por lo tanto, no sabemos lo que se nos dice, pero nuestro Intérprete se da cuenta de lo que queremos decir en nuestro extraño lenguaje. Él no intentará comunicar lo que no tiene sen­tido, sino que separará todo lo que lo tiene, descartando el resto, y les transmitirá a aquellos que verdaderamente quieran comunicarse con nosotros lo que en verdad queremos comunicarles. Hablamos dos lenguajes al mismo tiempo, lo cual no puede sino ser algo ininte­ligible. Mas si uno de ellos no tiene sentido y el otro lo tiene, sólo este último puede utilizarse para la comunicación. El otro no haría sino obstruirla.

La comunicación desde la perspectiva del milagro.

El milagro es en gran medida como el cuerpo, en el sentido de que ambos son recursos de aprendizaje para facilitar un estado en el que finalmente se hacen innecesarios. Cuando se alcanza el estado original de comunicación directa con el espíritu, ni el cuerpo ni el milagro tienen objeto alguno. Es por ello, que el título de este Principio nos enseña que el milagro son medios temporales de comunicación.

Por otro lado, para que un milagro sea lo más eficaz posible, tiene que ser expresado en un idioma que el que lo ha de recibir pueda entender sin miedo. Eso no signi­fica que ése sea necesariamente el más alto nivel de comunica­ción de que dicha persona es capaz. Significa, no obstante, que ése es el más alto nivel de comunicación de que es capaz ahora. El propósito del milagro es elevar el nivel de comunicación, no reducirlo mediante un aumento del miedo.


La comunicación directa: la revelación.

La revelación produce una suspensión completa, aunque tem­poral, de la duda y el miedo. Refleja la forma original de comuni­cación entre Dios y Sus creaciones, la cual entraña la sensación extremadamente personal de creación que a veces se busca en las relaciones físicas.

La revelación nos une directamente a Dios.

La revelación es algo intensamente personal y no puede trans­mitirse de forma que tenga sentido. De ahí que cualquier intento de describirla con palabras sea inútil. La revelación induce sólo a la experiencia.

La revelación es literalmente inefable porque es una experiencia de amor inefable.

Las revelaciones son indirectamente inspiradas por Jesús debido a su proximidad al Espíritu Santo y a que se mantiene alerta para cuando, nosotros, sus hermanos estemos listos para recibir la revelación. De esta manera puede obtener para nosotros más de lo que podríamos obtener para nosotros mismos.

El Espíritu Santo es el mediador entre la comunicación superior y la inferior, y mantiene abierto para la revelación el canal directo de Dios hacia nosotros. La revelación no es recíproca. Procede de Dios hacia nosotros, pero no de nosotros hacia Dios.

Pongo punto final a este estudio compartiendo con todos vosotros el contenido que se recoge en las Lecciones del Libro de Ejercicios de UCDM:

La revelación de que el Padre y el Hijo son uno alboreará en toda mente a su debido tiempo. Sin embargo, ese momento lo determina la mente misma, pues es algo que no se puede enseñar.
Ese momento ya ha sido fijado. Esto parece ser bastante arbi­trario. No obstante, no hay nadie que dé ni un solo paso al azar a lo largo del camino. Todos lo han dado ya, aunque todavía no hayan emprendido la jornada. Pues el tiempo tan sólo da la impresión de que se mueve en una sola dirección. No hacemos sino emprender una jornada que ya terminó. No obstante, parece como si tuviera un futuro que todavía nos es desconocido”.
(Lección 158. Libro de Ejercicios)

Sea cual sea el momento que la mente haya fijado para la revelación ello es com­pletamente irrelevante para lo que no puede sino ser un estado constante, eternamente como siempre ha sido, y como ha de seguir siendo eternamente. Nosotros simplemente asumimos el papel que se nos asignó hace mucho, y que Aquel que escribió el guión de la salvación en el Nombre de Su Creador y en el Nombre del Hijo de Su Creador, reconoció como perfectamente realizado”. (Lección 169. Libro de Ejercicios)